— ¿Por qué cree que el sistema de inversión privada funcionaría en nuestro país?
— Porque Argentina tiene el mejor “activo” del mundo: talento, identidad, formación, pasión y mercado exportador. Lo que falta es infraestructura, profesionalización y acceso a capital. Con un marco serio, inversión y control, se puede transformar: mejores canchas, mejores juveniles, mejores contratos, menos improvisación y más previsibilidad, mejores estadios y confort para los socios e hinchas. La inversión genera riqueza siempre.
— ¿Cuáles son los puntos a favor y en contra que detecta en este proyecto?
— Pros: Inversión en infraestructura, profesionalización con métricas, transparencia si se audita bien y mayor competitividad internacional. También poder resistir más tiempo a las figuras generando un mejor equipo deportivo y venderlas a un mejor valor de mercado por conveniencia y no por necesidad. Contras: Riesgo de malos inversores o “compradores de humo”, temor a perder identidad si no se protege y conflictos de interés si no hay regulación. Si se hace “a las apuradas”, sale mal.
— ¿A qué atribuye la resistencia de tantos socios e hinchas y de la dirigencia?
— Hay tres miedos mezclados: perder el club (identidad, voto, pertenencia); ser estafados por gente que promete y no cumple; y un tema que no se dice tanto: muchas dirigencias no quieren perder poder ni caja, porque con reglas profesionales y auditoría, se terminan los atajos. Por eso es importante una ley específica para el fútbol, ya que las SAD fueron creadas para el deporte en general.
— ¿Cómo analiza el caso del empresario Foster Gillett a la luz de cómo terminó el proyecto?
— Lo caracterizaría como un caso que demuestra dos cosas: primero, que hay interés internacional real por el fútbol argentino. Segundo, que sin marco jurídico, sin alineamiento entre actores, un proyecto se puede trabar aunque haya recursos. Foster Gillett invirtió 30 millones de dólares y desde la oposición política le iniciaron una causa penal por lavado de dinero que se está tratando en la justicia; jamás pudo haber sido lavado cuando salen las transferencias desde su cuenta personal en los Estados Unidos y con todos los impuestos pagos. Dicho esto, quedó demostrado que un club que acepta inversión privada como el caso de Estudiantes da resultados: sin esos 10 millones de dólares de préstamo que envió Foster, muy probablemente no hubieran podido retener algunos jugadores clave e incorporar a Medina.
— ¿Cuál es su postura frente a la gestión actual de la AFA y las denuncias recientes?
— AFA es el poder central del fútbol argentino y eso es un hecho. Mi mirada es que el fútbol necesita más transparencia, más competencia institucional y controles reales. Sobre denuncias puntuales, soy cuidadoso: hay cosas que deben probarse. Lo que sí digo es que cuando empiezan a aparecer muchas denuncias juntas, suele ser señal de que el sistema está en tensión y que hay intereses en disputa. La AFA no puede ser una especie de país independiente.
— ¿Qué tanto ha cambiado el negocio con las nuevas tecnologías?
— Cambió todo. Antes era “TV y cable”. Hoy es streaming, data, redes y monetización directa. El club que no entiende eso pierde plata y pierde audiencia joven. El fútbol en Argentina en términos de negocios está aún prematuro; tiene todo para crecer, es solo una decisión y convicción que podrán ver las próximas generaciones.
Con la claridad de quien ha gestionado contratos de alto nivel, Guillermo Tofoni cierra el diálogo dejando una certeza: el fútbol argentino se encuentra en una encrucijada histórica. Su figura, asociada a la eficiencia y a la apertura de nuevos mercados, se erige como un puente necesario entre la tradición de nuestros clubes y las exigencias de un mundo globalizado. Para Tofoni, el futuro no se espera, se construye con reglas claras y, sobre todo, con la audacia de permitir que el capital potencie el talento que ya nos sobra.