Qué se sabe de los buques petroleros incautados por EE.UU 

El Departamento de Seguridad Nacional confirmó la incautación de dos buques vinculados a la red de financiamiento de Nicolás Maduro. Tras una persecución cinematográfica de 14 días en el Atlántico Norte y un operativo silencioso en el Caribe, Washington envió un mensaje drástico a los aliados del régimen: “pueden huir, pero no pueden esconderse”.

La estrategia de asfixia financiera contra el entorno de Nicolás Maduro ha pasado de los decretos a la acción militar directa en aguas internacionales. La secretaria de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, Kristi Noem, informó que la Guardia Costera logró neutralizar dos eslabones críticos de la logística petrolera vinculada al Palacio de Miraflores: el Marinera (anteriormente registrado como Bella 1) y el M/T Sophia. Estas operaciones no solo representan un golpe económico, sino que marcan el inicio de una fase de “tolerancia cero” contra la denominada flota fantasma que opera bajo la sombra de potencias extranjeras.

El caso del Marinera reviste una gravedad particular por su conexión con Moscú. El buque, que navegaba bajo bandera rusa, protagonizó una huida de dos semanas a través de tormentas peligrosas en el Atlántico Norte. Según detalló Noem, la tripulación intentó maniobras de evasión desesperadas, que incluyeron el cambio de bandera en alta mar y el repintado del nombre en el casco para confundir a los radares. Sin embargo, el buque USCGC Munro mantuvo el asedio hasta lograr el abordaje. Esta captura ha desatado una crisis diplomática, con el Kremlin exigiendo un “trato humano y digno” para su tripulación y calificando el acto como una afrenta a su soberanía marítima.

En paralelo, la Guardia Costera ejecutó un operativo de menor perfil pero igual relevancia en el Mar Caribe. Allí fue interceptado el M/T Sophia, una embarcación que navegaba sin bandera y realizaba lo que Washington denomina “actividades ilícitas en aguas internacionales”. A diferencia del Marinera, el Sophia fue capturado sin incidentes y ya está siendo escoltado hacia territorio estadounidense para su disposición final. Para la inteligencia norteamericana, estos buques no solo transportaban crudo, sino que formaban parte de un esquema de narcoterrorismo destinado a evadir las sanciones y financiar estructuras de poder paralelas.

La retórica de la Casa Blanca ha subido de tono tras el éxito de estas misiones. Al calificar a los responsables como “criminales del mundo”, la administración Trump ratifica que su objetivo es interrumpir el flujo de divisas “dondequiera que se encuentre”. La mención explícita al patriotismo y la determinación de las tripulaciones de la Guardia Costera sugiere que este despliegue naval en el Atlántico y el Caribe no es una medida temporal, sino una presencia permanente que actuará como una aduana de facto para cualquier recurso proveniente de Venezuela.

La comunidad internacional observa con cautela esta escalada. Mientras Rusia y otros aliados de Maduro denuncian una violación del derecho internacional, Estados Unidos se ampara en la lucha global contra el crimen organizado para justificar el uso de la fuerza en alta mar. Lo que queda claro es que la batalla por el petróleo venezolano ya no se libra solo en los despachos diplomáticos o en las refinerías, sino en la capacidad de patrullaje de una superpotencia decidida a secar las fuentes de ingreso de sus adversarios ideológicos en la región.

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