En pleno barrio de Palermo Hollywood, la figura de un niño pequeño, vestido con ropa sencilla y capucha, encajonado contra una pared, ha despertado curiosidad, temor y debates entre quienes la encuentran en la vereda de Fitz Roy al 1900. No se trata de un niño real, sino de una instalación artística realizada por Sebastián Andreatta, un creador local conocido por sus intervenciones urbanas y por generar obras que invitan a reflexionar sobre temas sociales.
El maniquí fue moldeado en cemento a partir de un muñeco niño, con sus piernas dobladas y la cabeza caída en señal de penitencia. Esta postura busca denunciar la marginalidad y la vulnerabilidad que viven muchos niños en las calles, una realidad que el artista, que se identifica como BIH, quiere visibilizar mediante el arte público.
La obra ha provocado reacciones diversas: desde el desconcierto hasta la admiración, pasando por el miedo y la violencia. Vecinos y transeúntes han llegado a confundir la figura con alguien real, incluso intentaron tocarla y ayudarla, solo para descubrir que es una escultura que genera inquietud por su realismo impactante.
El proyecto no está exento de controversias: el maniquí ha sido vandalizado en dos ocasiones, primero cuando estuvo instalado en Plaza Mafalda, donde fue arrancado y abandonado en un volquete, y luego en su actual ubicación, donde sufrió daños en un brazo. Ante esto, el artista reforzó su anclaje al suelo para evitar futuros atentados contra la obra y colocó cámaras de vigilancia para documentar las reacciones.
Andreatta explica que la obra no persigue estadísticas ni datos, sino que busca usar el espacio público para situar un símbolo de las infancias marginalizadas y provocar el debate sobre la exclusión y la falta de políticas para proteger a estos niños.
Este “niño en penitencia” recuerda a otros iconos del arte social argentino, como Juanito Laguna de Antonio Berni, y se ha convertido en un motivo de diálogo sobre los vínculos entre arte, sociedad y protesta urbana.