La historia de la señorita C, una maestra que fue mucho más que una educadora: un soporte fundamental en las infancias más vulnerables.
La historia de la señorita C, una maestra que fue mucho más que una educadora: un soporte fundamental en las infancias más vulnerables.

Si alguna niñez la veía caminando por la calle, la saludaba espontáneamente diciendo: – ¡Hola señorita C!. Ella representaba el guardapolvo blanco que acompañaba aprendizajes en situaciones de vulnerabilidad. La señorita C tenía familia, trabajo, debilidades y fortalezas; pero para cada uno de esos niños y niñas con grandes curiosidades, C era lo que hacía en la escuela: compartir saberes dentro del marco de la educación formal, mientras cuidaba a esos hijos e hijas que necesitaban una maestra que muchas veces hacía de madre. La señorita C sacó piojos del aula, llevó zapatillas para esas infancias descalzas que, además, muchas tardes se dormían en sus pupitres porque llevaban días sin comer.
La señorita C regalaba láminas maravillosas realizadas por dibujantes profesionales y pagaba esos recursos didácticos con dinero de su bolsillo docente porque procuraba un espacio de aprendizaje más colorido para esas sensibilidades de apenas seis, siete u ocho años. La señorita C creaba un “mundo de oportunidades” para esos “mundos sin cuadernos ni oportunidades”.
Recordando el primer artículo que escribí para este espacio en el que propuse compartir otra reflexión, pero tomé como ejemplo las distintas concepciones de “la infancia” en diferentes momentos históricos, es que vuelvo a la idea de “las infancias” para dar cuenta de la diferencia estructural en la manera de transitar la “niñez”. ¡Qué lejos están las niñeces con hambre, que siguen quedándose dormidas en las aulas, de acceder a las pantallas de los “nativos digitales”! Están lejos de crecer en hogares que puedan sostener dignidades, cuando la dignidad no se sabe bien a qué se refiere.
No pretendo señalar cuestiones vinculadas a banderas partidarias porque la inequidad nos interpela históricamente; pero justamente por eso, se me ocurre pensar al menos en una “justicia de las palabras” que nombre las cosas por su nombre para intentar un tipo de justicia entre tanta injusticia.
Y aunque el lenguaje nada resuelva en lo práctico, notarán que pongo el acento en la pluralidad al decir “las infancias” porque nuestra manera de nombrar historias, fenómenos y sucesos no debe dejar de contemplar la exclusión intrínseca de ciertos nombres que dicen nombrar cuando, en el acto de nombrar, dejan por fuera lo que no saben o no quieren llamar por su nombre. La “justicia de las palabras” debería poder representar a cada singularidad que sienta que lo injusto de algunas palabras restringe, oculta y/o condena identidades.
La señorita C no cuestionó el lenguaje porque ella creció y vivió en otra época, pero seguramente advirtió la precariedad de las palabras que enseñaba a leer y a escribir.
Afortunadamente, y gracias a la gestión de toda la comunidad educativa, la biblioteca de la E.P. N° 160 de la localidad de Gregorio de Laferrère (partido de La Matanza) lleva el nombre de la señorita C: Carmen Nélida Garavello. Su nombre llena rincones pequeños con grandes historias que van a celebrar y a recordar para siempre a su maestra que, además de colorear aulas sin tizas, fue una madre que abrazó singularidades hambrientas de visibilidad y de acompañamiento.
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