Los platitos metálicos regresan a las mesas porteñas con fuerza, generando una discusión apasionada entre chefs, proveedores y comensales. ¿Recurso económico, símbolo cultural o un problema para la experiencia gastronómica?
Los platitos metálicos regresan a las mesas porteñas con fuerza, generando una discusión apasionada entre chefs, proveedores y comensales. ¿Recurso económico, símbolo cultural o un problema para la experiencia gastronómica?

En los últimos años, las mesas de numerosos restaurantes en Buenos Aires han empezado a presentar un accesorio controvertido pero inolvidable: los platitos de chapa. Aunque muchos los asocian a la comida callejera o al origen carcelario de este tipo de vajilla, su presencia ya no es exclusiva de espacios informales. Hoy conviven en locales de renombre junto a los platos de porcelana tradicionales, despertando opiniones encontradas.
Para algunos chefs, estos platos de metal pueden ser parte de la identidad del restaurante y una elección consciente que responde a valores culturales o económicos. La chef Narda Lepes los defiende en espacios de street food donde la agilidad y practicidad son clave, pero admite que su uso para abaratar costos es evidente y poco favorecedor para la experiencia culinaria.
El director de Volf, Leandro Vainberg, critica duro esta tendencia, señalando que si bien pareciera económico, al final impacta negativamente en la percepción del comensal y en la valoración del plato que se sirve. Además, cortar en estos platitos genera un incómodo ruido que molesta a muchos clientes. La moda que emergió hace unos cinco años hoy parece dar señales de retirada, con un regreso notable hacia la vajilla de porcelana.
Más allá de estas miradas, el platito metálico es un objeto cargado de historias: desde restaurantes que lo utilizan en su cocina para cocinar o gratinar, hasta locales como Gran Dabbang que lo incorporan en su identidad vinculándolos con el sudeste asiático. En este sentido, se mezcla lo funcional, lo cultural y lo estético, reflejando incluso una paradoja entre lo exótico y lo cercano en Buenos Aires.
Por otro lado, está la percepción directa de los comensales, quienes entre manchas, rayones y sonidos metálicos, encuentran o rechazo o una forma genuina de acercarse a la cultura de la calle o a prácticas tradicionales argentinas. Un síntoma más de las tensiones entre funcionalidad, presentación y calidad de la experiencia gastronómica.
En definitiva, los platitos de chapa siguen siendo un tema vivo y vibrante, que invita a reflexionar sobre cómo la vajilla puede ser un símbolo mucho más allá de su utilidad, mostrando las transformaciones culturales y económicas de la gastronomía porteña contemporánea.
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