Emocionalmente, “arrancar el año” suele activar dos movimientos al mismo tiempo: ilusión y presión. Por un lado, la sensación de posibilidad; por el otro, una expectativa silenciosa de que ahora sí deberíamos tener claridad, energía y motivación. Y no siempre es así.
A veces el año empieza y nosotros todavía estamos aterrizando.
¿Está bien hacer una lista de objetivos o una visión board?
Sí. Y no.
Depende de dónde se haga.
Cuando una lista de objetivos o una visión board funcionan como inspiración, pueden ser herramientas valiosas. Ayudan a ordenar deseos, a poner en palabras lo que queremos explorar, a trazar una hoja de ruta posible. El problema aparece cuando dejan de ser una brújula y se convierten en una vara.
Porque no es lo mismo usar los objetivos como motor que como látigo.
El riesgo no está en escribir lo que uno quiere, sino en transformar esa lista en una exigencia de perfección. Cuando los objetivos empiezan a vivirse como “debería lograr”, “tendría que haber conseguido” o “si no cumplo, fracasé”, dejan de motivar y empiezan a generar ansiedad, frustración y, muchas veces, parálisis.
El problema no es la visión board.
El problema es cuando se transforma en un recordatorio permanente de lo que todavía no sos.