El nuevo IPC de Lavagna: menos peso para el pan y más para la luz

El Indec estrena este mes una canasta actualizada basada en consumos de 2018. El cambio metodológico otorga una incidencia mayor a las tarifas y reduce el impacto de la volatilidad en los alimentos.

Fachada de sede del INDEC

La renuncia de Marco Lavagna al Indec deja como herencia técnica la transformación más significativa del Índice de Precios al Consumidor (IPC) en las últimas dos décadas. A partir del dato de enero, que se publicará el próximo 10 de febrero, el organismo utilizará una canasta de bienes y servicios basada en la Encuesta Nacional de Gastos de los Hogares (ENGHo) 2017-2018, reemplazando la estructura de consumo de 2004 que había quedado obsoleta. Este ajuste, que era un compromiso pendiente con el FMI, busca reflejar con mayor precisión cómo gastan hoy los argentinos, priorizando los servicios y la tecnología por sobre la canasta básica alimentaria tradicional.

El cambio más disruptivo se observa en el rubro de Vivienda y Servicios Básicos (luz, agua y gas), cuya ponderación salta del 9,4% al 14,5%. Esto significa que cualquier ajuste tarifario tendrá ahora un impacto mucho más directo en la cifra final de inflación. Lo mismo ocurre con el Transporte, que sube al 14,3%, y las Comunicaciones, que casi duplican su peso hasta alcanzar el 5,1% debido al gasto masivo en internet y telefonía móvil. En términos políticos, esta nueva estructura otorga al Gobierno un control más quirúrgico sobre el índice: al tener las tarifas bajo su órbita, el manejo de los subsidios influirá de manera determinante en el número que se difunde mes a mes.

En la vereda opuesta, el rubro de Alimentos y Bebidas No Alcohólicas pierde protagonismo, cayendo del 26,9% al 22,7%. Para los analistas económicos, esta reducción es estratégica para la estabilidad del índice, ya que disminuye la sensibilidad del IPC ante los vaivenes estacionales o climáticos del agro y la volatilidad de los precios internacionales de las materias primas. Además, la nueva canasta captura un cambio de hábito sociocultural: se consume menos producto primario y más alimento procesado, donde el costo final depende más de la logística y la industria que del valor del grano en el mercado.

La implementación de este esquema coincide con un momento de desaceleración inflacionaria, con proyecciones privadas que ubican el dato de enero cerca del 2,3%. Especialistas advierten que la eficacia del nuevo IPC dependerá de la brecha entre bienes y servicios; si los servicios aumentan por encima de los productos físicos, la nueva metodología arrojará una inflación levemente superior a la que habría registrado el sistema anterior. Con la salida de Lavagna, el Indec entra en una etapa de prueba de fuego, donde la transparencia técnica deberá convivir con una fórmula que, por diseño, vuelve a las tarifas el nuevo gran motor de la estadística oficial.

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