El ocaso de los telares: la industria textil frente al libre comercio

La industria textil argentina atraviesa su peor crisis ante la apertura de importaciones y la caída del consumo. Según relató David Kim a El País, las fábricas operan al 20% de su capacidad mientras cierran pymes y se pierden miles de empleos.

AMESUD. Foto: amesud.com.ar

La apertura de las importaciones y el nuevo rumbo económico de Argentina han sumergido al sector textil en un escenario de parálisis productiva. En una entrevista exclusiva con El País, David Kim, directivo de la tejeduría Amesud, describe la situación actual como la crisis más severa en la historia de su firma familiar, superando incluso el colapso del año 2001. En su planta de San Martín, maquinaria alemana de última generación permanece inactiva y cubierta de polvo, reflejando una realidad donde la fabricación local de poliéster ha sido reemplazada por productos extranjeros. Actualmente, la fábrica opera apenas al 20% de su capacidad instalada, una cifra que ilustra el desplome de una industria que no logra competir con los costos del mercado asiático.

Desplome productivo y asimetrías competitivas

Las estadísticas oficiales confirman una tendencia preocupante para las manufacturas, con una caída del 8,2% mientras sectores extractivos como la minería o el agro muestran signos de crecimiento. Desde la Fundación ProTejer señalan que la combinación de un consumo interno debilitado y un incremento del 71% en las importaciones durante el último año ha trastocado la balanza del mercado: la ropa de origen nacional, que antes representaba la mitad de las ventas, hoy apenas alcanza el 30%. Kim advierte en El País que la competencia es desleal, ya que el Estado argentino no ofrece a sus industriales las facilidades tributarias o laborales que los gobiernos asiáticos brindan a sus exportadores.

El costo social de la reconversión económica

El Gobierno, por su parte, interpreta este fenómeno como un proceso necesario de “readecuación” hacia un equilibrio más estable y desregulado. Sin embargo, el impacto en el mercado laboral es inmediato y profundo. En los eslabones industriales del rubro textil ya se han destruido 18.000 puestos de trabajo registrados y más de 500 pequeñas y medianas empresas han bajado sus persianas. La preocupación de los empresarios radica en la imposibilidad de que los trabajadores desplazados se reinserten en sectores dinámicos como la minería, debido a la especialización técnica y la distancia geográfica de los nuevos polos de inversión.

Un horizonte de resistencia forzada

A pesar de la desolación en las naves industriales, la respuesta oficial sugiere que el beneficio del consumidor —a través de precios más bajos en indumentaria— justifica la pérdida de empleos en sectores protegidos. Ante la falta de un sistema financiero que financie una reconversión tecnológica, la estrategia de los textileros argentinos se limita a reducir sus estructuras al mínimo y consumir sus ahorros para sobrevivir. La industria textil apuesta hoy a la resistencia extrema, esperando que el nivel del agua baje para descubrir si todavía queda un lugar para la producción nacional en el nuevo orden económico del país.

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