La lógica detrás del aumento de la severidad climática en Argentina es física pura: a mayor energía en el aire, mayor es la potencia de las tormentas. Según la doctora Carolina Vera, exvicepresidenta del IPCC, el cambio climático funciona como un combustible que calienta la atmósfera, permitiendo que el aire húmedo ascienda con más rapidez y fuerza. Este proceso forma las denominadas cumulonimbus, nubes gigantescas donde el movimiento vertical del aire genera descargas eléctricas masivas y lluvias que, al caer de forma concentrada, colapsan la infraestructura urbana y rural.
El fenómeno presenta matices alarmantes según la región. En la Pampa Húmeda y el Litoral, la frecuencia de tormentas severas está provocando inundaciones recurrentes, incluso en zonas donde el promedio anual de lluvia no ha subido drásticamente. Por el contrario, en la Patagonia, el calor intenso hace que el agua se evapore antes de tocar el suelo, resultando en “tormentas secas”. La fricción dentro de las nubes genera rayos que, al caer sobre suelo reseco, se convierten en la principal causa de incendios forestales, como el que afectó recientemente al Parque Nacional Los Alerces.
La evidencia científica vincula este escenario directamente con la actividad humana. Datos de la NASA y el monitor europeo Copernicus confirman que la temperatura global ha aumentado 1,19 °C respecto a la era preindustrial, impulsada por una concentración de dióxido de carbono (CO₂) que ya alcanza las 427 partes por millón. Este incremento, aunque parezca mínimo, es el más veloz de los últimos 2000 años y altera las dinámicas térmicas del planeta, rompiendo récords de calor mes tras mes.
Para expertos como Friederike Otto, del Imperial College London, el impacto en Argentina ya es palpable y se manifiesta en una “triple amenaza”: sequías extremas, olas de calor y lluvias torrenciales. Los modelos de simulación indican que las olas de calor actuales tienen un 60% más de probabilidad de ocurrir debido al efecto invernadero. Mientras la matriz energética siga dependiendo de combustibles fósiles, el “techo” que retiene el calor en la atmósfera seguirá fortaleciéndose, haciendo que las tormentas extremas dejen de ser la excepción para convertirse en la nueva norma climática.