La mansión porteña que ganó un premio en 1922 y fue rescatada del abandono en Recoleta

La Mansión Mihura, considerada en su época la segunda mejor fachada de Buenos Aires, pasó por décadas de deterioro hasta que un grupo hotelero la restauró y le devolvió su esplendor original.

En la avenida Las Heras, entre Callao y Rodríguez Peña, casi camuflada entre torres y edificios modernos, se esconde una de las fachadas más imponentes que sobrevivieron del Buenos Aires de principios del siglo XX. Una placa junto a su portal de doble hoja de madera lo certifica: en 1922, la propiedad recibió el segundo premio a la mejor fachada de la ciudad. El primero, ese año, fue declarado desierto.

Se trata de la Mansión Mihura, diseñada por el arquitecto e ingeniero civil Eduardo Lanús —quien también participó en proyectos como el Palacio Errázuriz, hoy Museo Nacional de Arte Decorativo— y construida por encargo de Francisco Mihura, hermano del ministro de Agricultura y Ganadería durante la presidencia de Marcelo T. de Alvear. Para su época, el edificio era una rareza: contaba con ascensor, escaleras de mármol y materiales de alta calidad, poco frecuentes en una vivienda particular.

El paso de los Anchorena y el deterioro

Hacia la década de 1940, tras la muerte de Francisco Mihura, la mansión fue adquirida por integrantes de la familia Anchorena, una de las más tradicionales de Buenos Aires. Según testimonios de descendientes de esa familia, la propiedad perteneció a la rama de los Molina Anchorena, y en sus últimos años estuvo habitada por tías de esa familia. Tras su fallecimiento, se puso en venta.

Con el paso del tiempo, la casona fue perdiendo mantenimiento de forma progresiva. La fachada se descascaraba, las ventanas permanecían cerradas, la humedad y el polvo se acumulaban. “Vivía alguien de la familia con movilidad reducida, en una habitación muy separada del resto de la casa, porque el resto estaba muy deteriorado. Una de las paredes principales tenía una grieta que se veía del otro lado”, describió Mauricio Secco, actual gerente general del complejo hotelero que hoy ocupa el lugar.

Una restauración de alta precisión

El Recoleta Grand Hotel compró el inmueble, lo restauró y lo integró a su edificio lindero. Para la tarea convocó al mismo equipo que trabajó en la Confitería del Molino, con la exigencia adicional de respetar la protección patrimonial de grado cuatro que pesa sobre la propiedad.

El criterio fue conservar todo lo posible. “Los listones de pinotea, por ejemplo, se retiraron, se numeraron y luego se volvieron a colocar en el mismo lugar”, explicó Secco. Debajo de las alfombras desgastadas de la escalera principal apareció mármol en perfecto estado, que decidieron dejar al descubierto. Las molduras de yeso de los techos —algunas intactas, otras destruidas— fueron replicadas con moldes para recuperar los diseños originales. La boiserie de los salones, los pisos de roble y las rejas también fueron restaurados o imitados para mantener la estética del conjunto.

Durante las obras se encontró una biblioteca prácticamente intacta de los antiguos propietarios. Los libros fueron donados a distintas instituciones. También circularon historias más difíciles de verificar: según cuentan quienes trabajaron en la restauración, un retrato de Francisco Mihura encontrado en la casa generaba “inconvenientes” cada vez que era movido de lugar. Por las dudas, lo dejaron fijo. Aseguran que desde entonces no hubo más problemas.

Un nuevo uso, el mismo espíritu

Hoy la Mansión Mihura integra la oferta del Recoleta Grand Hotel. El antiguo jardín interior se transformó en el restaurante Atrium, un patio cubierto con ventanales altos y piso damero. En el primer piso funcionan nuevos salones con nombres que homenajean la obra de Julio Cortázar: Serpent Club, La Maga y Rayuela. El Club de la Serpiente abrirá sus puertas el 26 de marzo.

Nota escrita por:
Te recomendamos...