La pérdida de pelaje en los caninos representó históricamente un proceso biológico de adaptación al entorno. Este fenómeno, vinculado a las mudas estacionales, permitió que razas de doble manto renovaran su protección frente a cambios térmicos.
Sin embargo, cuando la caída resultó intensa, localizada o acompañada de lesiones cutáneas, la medicina veterinaria lo definió como alopecia, una condición que señaló fallos en el sistema inmunológico o metabólico del animal.
Factores patológicos y ambientales
Diversas investigaciones clínicas, como las registradas en el Manual Veterinario MSD, identificaron que la alopecia canina suele dividirse en tres orígenes: infecciones, alergias y desequilibrios internos.
La dermatofitosis, una infección fúngica conocida como tiña, provocó parches circulares y escamosos que, además, mostraron capacidad de contagio a seres humanos. Paralelamente, las infecciones bacterianas generaron inflamación y secreciones que debilitaron la raíz del cabello.
Por otro lado, las reacciones alérgicas a factores ambientales o componentes dietéticos dispararon cuadros de prurito intenso. El rascado constante dañó la barrera cutánea y aceleró la pérdida de volumen piloso.
Asimismo, trastornos endocrinos como el hipotiroidismo o el síndrome de Cushing se manifestaron a través de una pérdida de pelo simétrica, piel seca y cambios notables en el peso del ejemplar.