Pemberton, ex oficial del Ejército Confederado con una adicción a la morfina tras la Guerra Civil, buscaba un tónico medicinal que combinara extractos de coca y nueces de cola. El resultado fue inicialmente el “Pemberton’s French Wine Coca”, pero la ley seca en Atlanta lo obligó a eliminar el alcohol, transformándolo en un jarabe endulzado para diluir con agua con gas. Fue su contable, Frank Robinson, quien acuñó el nombre y diseñó el logotipo en cursiva que hoy es un ícono global.
Aunque Pemberton no vivió para ver el éxito masivo, el empresario Asa Candler compró la marca por solo 2.300 dólares en 1888. Bajo su mando, y posteriormente con el lanzamiento de la icónica botella contorneada en 1915, la bebida pasó de ser un remedio de venta libre a 5 centavos el vaso a un fenómeno cultural.
Un activo “eterno” en Wall Street
Más allá de su impacto en la cultura pop —incluyendo la consolidación de la imagen moderna de Papá Noel en 1931—, Coca-Cola se ha erigido como un pilar de estabilidad financiera. Cotizando desde 1919, una inversión inicial de 100 dólares en aquel entonces representaría hoy un capital aproximado de 1,8 millones de dólares, sin contar la reinversión de dividendos.
Esta solidez es la que cautivó a Warren Buffett. El “Oráculo de Omaha”, a través de Berkshire Hathaway, comenzó su histórica compra de acciones tras el desplome de 1987. Buffett, que posee cerca del 9% de la compañía, define a Coca-Cola como una “empresa eterna” debido a su capacidad de mantener rentabilidad constante frente a los cambios de siglo.