Hay bandas que golpean la puerta de la escena esperando que alguien las deje entrar. Hay otras que buscan una ventana. Y existen casos excepcionales que deciden construir un túnel por debajo de los muros. La historia de Fama y Guita parece pertenecer a esta última categoría. En palabras de Mariposa Trash, creadora del dúo formado junto a Ricardo Hache, Fama y Guita es una fiesta, un carnaval carioca, montonero, sadomasoquista, bajalínea, bardero y bailable.
Mientras buena parte de la música emergente busca validación en festivales, medios especializados o programadores culturales, el dúo eligió otro recorrido. Uno más desordenado, más incómodo y, con el diario del lunes, también más efectivo. Entraron por donde nadie miraba: los algoritmos, los memes, los reels, la cultura de internet, pero sobre todo la mezcla explosiva de performance, sátira política, fiesta popular y sensibilidad punk. Fama y Guita combinó sin querer el poder de los shows en vivo con la lógica de las plataformas.
A pocos días del final del proyecto, Mariposa mira hacia atrás y no duda en resumir la experiencia con una frase tan provocadora como coherente con el universo de la banda: “Fama y Guita fue lo más interesante de la época y el que se lo perdió es un pelotudo” y agrega: “Sin embargo, muy posiblemente, el que no vino nunca, igual algún reel vio en redes sociales”.
Así, Fama y Guita funciona como un virus que se coló en la cultura y apareció de formas tan bizarras como Ricardo Hache diciendo “Fru li fra” pelado como el Indio Solari, o la canción viral “Yankees de mierda” en el contexto del bombardeo de Estados Unidos a Venezuela.
La exageración forma parte de los dos personajes, pero también revela una certeza. Durante los últimos años, pocos proyectos lograron generar una identidad tan singular dentro de la música independiente argentina. “Fama y Guita es una fiesta, un carnaval carioca, montonero, sadomasoquista, bajalínea, bardero y bailable”, sentencia Mari.
Los cimientos
El fenómeno nació lejos de los grandes escenarios. Mariposa y Ricardo se conocieron en la efervescencia cultural que atravesó Buenos Aires después de 2018, cuando los centros culturales se consolidaron como uno de los principales espacios de producción artística de la ciudad. Allí convivían recitales, lecturas, teatro independiente, activismo y poesía performática. Fue precisamente en uno de esos circuitos donde se cruzaron.
Los slams de poesía, que atravesaban una nueva ola de popularidad, funcionaron como punto de encuentro para una generación que buscaba expresarse fuera de los canales tradicionales. En ese contexto apareció la sociedad creativa que luego derivaría en Fama y Guita.
Desde el principio hubo una búsqueda deliberada por romper formatos. Las canciones nacían de referencias inesperadas: una vieja serie australiana de cowboys, el hardbass ruso, clases de zumba o fantasías delirantes sobre agentes del FBI persiguiendo músicos en una Argentina convertida en territorio estadounidense.
La lógica era simple: si el espectáculo debía ser una fiesta, entonces había que inventar herramientas para que el público participara. Fama y Guita comienza como una performance de poesía, pasa a ser un producto audiovisual en medio de la pandemia y desemboca en el formato de dúo musical.
Sobre la base, Mariposa aclara que también tienen un equipo detrás, cuerpo de baile y que: “desde el principio trabajamos con el mismo productor musical: Javier Visñovezky, el guitarrista de Hiperimpulso, una de las bandas que tuvo Ricardo en los 90s, 2000s. Trabaja con nosotrxs desde el principio y no solo produjo nuestras canciones sino también el soundtrack de la miniserie web que hicimos en la cuarentena”.
Por eso aparecieron canciones como “La Ley del Látigo”, coreografías colectivas, consignas absurdas y una puesta en escena que muchas veces se parecía más a una intervención teatral que a un recital convencional. Todo eso puede observarse en redes sociales pero, atención, las últimas oportunidades de ver a Fama y Guita en acción virtual o, mejor aún, arriba de un escenario, serán durante junio. Fama y Guita se separa.
Con el final del proyecto se irá una banda que detrás del humor esconde una lectura bastante seria sobre la cultura contemporánea. Mariposa utiliza una imagen recurrente para describir el recorrido del grupo: la metáfora del castillo. Según su mirada, el ecosistema cultural funciona como una fortaleza con puertas visibles y puertas ocultas.
Las visibles suelen estar custodiadas por medios, programadores, productores e instituciones. Las ocultas son aquellas que permiten ingresar sin pedir permiso.
La metáfora del castillo
Las redes sociales fueron precisamente eso: una puerta trasera. Aunque la cantante venezolana critica con dureza el impacto de la digitalidad sobre la experiencia artística, reconoce que sin internet Fama y Guita jamás habría existido como fenómeno masivo.
“Las redes sociales son una cagada”, afirma, “porque muchas personas prefieren quedarse viendo reels antes que asistir a un espectáculo en vivo”.
Pero al mismo tiempo admite que los algoritmos permitieron llegar a públicos que jamás habrían conocido al proyecto por los canales tradicionales.
La paradoja es central para entender el fenómeno: la misma tecnología que compite con los recitales fue la herramienta que les permitió crecer.
“Las redes y los algoritmos fueron la puerta trasera por la cual entramos a la escena”, resume.
Sin embargo, una vez dentro, el dúo no siempre quiso adaptarse a las reglas del castillo. En varias ocasiones eligieron cerrar puertas de manera deliberada.
Lo hicieron interpretando canciones incómodas frente a hijos de figuras mediáticas, cuestionando mecanismos de legitimación cultural o criticando prácticas habituales dentro del circuito independiente. La actitud, según Mariposa, tiene raíces profundamente punk.
“En casi todos los streamings de los que fuimos cantamos nuestro tema ‘Nepo Baby’, aunque hubiese Nepo Babies que nos cayeran bien. La que mejor me cayó fue la hija de Alfredo Casero, una capa, pero también lo hicimos delante del hijo de Majul y del hijo de Pergolini en Vorterix”, recuerda.
Y continúa: “Me acuerdo de una vuelta que fuimos al streaming de Sofía Gala, que me cae bien y mi intención no era bardearla. O sea, es un chiste. Si Sofía Gala es punk, se tenía que bancar el chiste. Aparte era un tema que estábamos presentando y cuando fuimos avisamos que queríamos tocarlo”.
Otra anécdota que resume el espíritu provocador del proyecto fue el recordado bait a Javier Milei. La artista modificó temporalmente el nombre visible de su cuenta de X para que apareciera como “La Derecha Diario” y luego publicó una falsa placa atribuida a ese medio.
En la imagen se leía: “Fama y Guita, la banda de travestis comunistas y falderos que reivindica el terrorismo islámico y recibe financiamiento de Maduro”. Aunque el usuario seguía siendo el original y la maniobra podía verificarse fácilmente, el contenido fue republicado por el Presidente, generando una fuerte repercusión en redes sociales.
Tras la viralización del episodio, Mariposa ironizó en su biografía: “Si llegaste hasta acá creyendo que este es el perfil de La Derecha Diario sos un boludazo, jaja. Escuchá acá ‘El Disco del Siglo’, lo nuevo de Fama y Guita”. Horas después, usuarios afines al oficialismo denunciaron la cuenta y esta terminó suspendida.
No tanto por la estética musical como por una forma de relacionarse con el poder cultural, esa posición terminó generando algo curioso: una audiencia extremadamente diversa.
Los primeros seguidores provenían mayoritariamente de sectores vinculados a las disidencias sexuales y de género. Pero con el tiempo comenzaron a aparecer públicos mucho más heterogéneos.
Veteranos del punk porteño encontraron en Fama y Guita una energía que les recordaba al Parakultural, Café Einstein y otras experiencias fundacionales del under argentino. Al mismo tiempo aparecieron jóvenes provenientes de mundos completamente distintos: estudiantes universitarios, usuarios intensivos de redes sociales, militantes políticos, trabajadores precarizados e incluso libertarios que disfrutaban los recitales pese a no compartir prácticamente ninguna de las ideas expresadas sobre el escenario.
Fama y Guita en el mundo
La contradicción parece divertirle a Mariposa. Quizás porque revela algo que considera fundamental: el arte no necesariamente debe organizarse alrededor de identidades cerradas. Esa idea conecta con una preocupación más amplia sobre el estado actual de la cultura.
Para la artista, durante los años posteriores a la pandemia existió una desconexión evidente entre gran parte de la música emergente y la realidad social. Mientras el mundo atravesaba crisis económicas, conflictos internacionales y el crecimiento de nuevas derechas, buena parte de la producción cultural seguía girando alrededor de relatos que parecían desconectados del contexto.
Por eso considera que Fama y Guita funcionó como una reacción. No necesariamente porque hiciera canciones partidarias, sino porque intentó hablar desde el presente.
Esa diferencia es importante. Mariposa rechaza la idea de que los artistas tengan la obligación de militar una posición política explícita. Lo que sí considera indispensable es que dialoguen con la época que les toca vivir.
La pregunta central no es por quién vota un artista. La pregunta es desde dónde y cómo habla.
Y ahí aparece quizás una de las claves más interesantes de Fama y Guita. El proyecto nunca intentó sonar universal ni buscó disimular su procedencia. Por el contrario, construyó una identidad profundamente situada en las contradicciones de la Argentina contemporánea, mezclando cultura de internet, precarización laboral, activismo, humor absurdo y referencias populares imposibles de exportar intactas.
Ahora que el proyecto llega a su final, la imagen del castillo vuelve a cobrar sentido. Durante años, Fama y Guita recorrió pasadizos ocultos, abrió algunas puertas, cerró otras de un portazo y construyó un camino propio dentro de una escena que muchas veces parecía demasiado previsible.