Con el dólar en alza y una caída histórica del consumo que ya golpea al AMBA, las petroleras activan el freno de mano. El detrás de escena de una industria que prioriza sanear sus balances antes que aliviar el bolsillo.
Con el dólar en alza y una caída histórica del consumo que ya golpea al AMBA, las petroleras activan el freno de mano. El detrás de escena de una industria que prioriza sanear sus balances antes que aliviar el bolsillo.

El desplome del precio del petróleo a nivel internacional abrió una luz de esperanza para los consumidores locales, pero la letra chica de la macroeconomía argentina acaba de sepultar cualquier expectativa de alivio inmediato. A pesar de que el barril de crudo Brent retrocedió con fuerza en los mercados globales, las pizarras de las estaciones de servicio no se moverán a la baja. La razón detrás de este freno no es caprichosa: las refinadoras locales arrastran meses de compresión en sus márgenes de ganancia y la reciente devaluación del peso terminó por absorber los beneficios de la caída del commodity. En este escenario, el sector privado consolidó una estrategia unánime de “wait and see” (esperar y ver), supeditada a un mercado interno cuya demanda se erosiona día a día.
La paradoja actual se explica a través de una compleja ecuación matemática donde compiten el valor del crudo y el pulso cambiario. Si se analiza la relación histórica del mercado, cuando el barril cotizaba en niveles elevados, el litro de nafta premium debía costar cerca de USD 1,75, lo que con un dólar a $1.400 representaba unos $2.450 en surtidor. Hoy, con el petróleo replegado en torno a los USD 70, ese valor teórico internacional desciende a USD 1,35. Sin embargo, el encarecimiento del tipo de cambio oficial desarmó el beneficio: con el billete estadounidense estabilizado cerca de los $1.500, el precio de paridad técnica debería rondar los $2.025. Dado que el valor real en boca de expendio promedia los $2.250, las empresas aducen que primero deben compensar el desfasaje financiero de los últimos meses antes de evaluar una reducción real en las tarifas, un proceso que, según analistas como Daniel Dreizzen, recién podría cristalizarse en septiembre de 2026.
A este escenario de sintonía fina financiera se le suma un factor alarmante para el sector: la caída de la demanda. Históricamente, el combustible se ha comportado como un bien de demanda inelástica, es decir, un producto que la población sigue consumiendo casi por obligación. Sin embargo, la recesión actual rompió la regla. El retroceso en las ventas, que comenzó a registrarse de manera pronunciada en el interior del país, ya se extendió formalmente al Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA).
Frente a este desplome generalizado del consumo, las petroleras privadas como Shell o Axion optaron por no convalidar nuevos aumentos pero tampoco arriesgar bajas. Las empresas centran su monitoreo en el tipo de cambio oficial, que sufrió una suba del 5% durante el mes de junio, encareciendo directamente los costos operativos pesificados de las plantas de refinación más allá de lo que dictamine la tendencia del Brent. Según fuentes de la industria, el mercado convivió durante al menos dos meses con valores hasta un 18% por debajo de la paridad de exportación, lo que obliga a las oficinas financieras a exigir un tiempo prudencial de facturación estática para equilibrar las cuentas pendientes.
El desfase de las petroleras quedó validado por datos de la consultora Empiria: el índice de rentabilidad de las refinadoras tocó un pico de 131 puntos en enero de 2026, pero se desplomó drásticamente hasta los 100 puntos en abril, evidenciando una severa contracción del negocio.
Esta postura defensiva del mercado coincide con el cierre de una etapa clave para la petrolera de bandera estatal. Con el fin de junio, caduca el sistema “buffer” implementado por YPF, compañía que domina más del 55% del mercado doméstico. Este mecanismo amortiguador nació el 1° de abril como un guiño al Gobierno nacional para contener el índice de inflación, logrando anclar el valor de la nafta súper en torno a los $2.000 durante todo un trimestre.
Cuando el sistema se puso en marcha, el barril cotizaba a USD 90 y la empresa absorbió internamente las pérdidas de importación para evitar trasladar el shock de la guerra en Irán al consumidor local. Tras una prórroga de 45 días dictada el pasado 14 de mayo, el esquema llega a su fin con un crudo global mucho más barato, que oscila los USD 75. Sin embargo, desde la conducción que preside Horacio Marin confirmaron que la prioridad absoluta de la firma ahora será saldar la brecha comercial acumulada en la primera fase del acuerdo. Las petroleras lograron en mayo una incipiente estabilización al equiparar el ritmo de la nafta con el petróleo en pesos, pero la orden en los pasillos corporativos es clara: el crudo barato servirá para recuperar rentabilidad y sanear balances, postergando el alivio en los surtidores hasta la llegada de la primavera.
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