Por Mariano Devoto, Profesor Asociado de Botánica General en la FAUBA e investigador independiente del CONICET.
Se apagaron las luces, te acomodaste en la butaca y en pocos minutos empezaron a aparecer plantas familiares, como el olivo de la puerta de tu casa. El estreno de La Odisea, de Christopher Nolan, devolvió a las carteleras el poema épico de la Grecia arcaica y, con él, un mundo vegetal más cercano de lo que podría parecer. El relato de Homero ofrece un amplio catálogo vegetal, con cientos de menciones a plantas que pueden atribuirse a distintas especies. Algunas de ellas, incluso, forman parte del arbolado de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Cada tanto, una historia escrita en la antigüedad vuelve a ser contemporánea, y esta vez fue de la mano de Christopher Nolan. El estreno de La Odisea trajo a Homero, Odiseo y Penélope a las conversaciones, las pantallas y las redes. Y quizá no debería sorprendernos demasiado: detrás de dioses caprichosos, monstruos y naufragios, el poema habla de cosas que conocemos bien, como el deseo de regresar a casa, los viajes que nos transforman, la memoria, la pérdida y la espera.
También hay algo familiar en el paisaje que enmarca esas historias. Aunque el Mediterráneo quede a miles de kilómetros de la llanura pampeana, algunos de sus árboles y frutos forman parte de nuestra vida cotidiana. El aceite de oliva y el vino, los higos y las granadas llegaron hasta nuestras mesas junto con tradiciones que cruzaron océanos y generaciones. Y la cercanía puede ser todavía más literal: algunas de las plantas que aparecen en el mundo de Homero las podemos encontrar en Buenos Aires.
El árbol que hacía olvidar Ítaca
En uno de los episodios más conocidos de La Odisea, algunos compañeros de Odiseo desembarcan en la tierra de los lotófagos. Allí, al probar el loto que comen sus habitantes olvidan aquello que los impulsaba a regresar a casa. Odiseo tiene que llevarlos por la fuerza hasta los barcos para continuar el viaje.
Nolan recupera la idea, aunque cambia la historia. Mientras que en el poema de Homero, Calipso y los lotófagos pertenecen a episodios diferentes, en la película es Calipso quien ofrece flores de loto a Odiseo para enturbiar sus recuerdos. Ambas versiones conservan el poder simbólico de una planta asociada al olvido.
¿Qué era exactamente aquel loto? En 2021, el botánico griego Thomas Sawidis publicó Flora Homerica, un trabajo en el que recorrió sistemáticamente los textos atribuidos a Homero buscando sus plantas. Encontró 466 registros vegetales que relacionó con 89 especies. Al loto de los lotófagos, por ejemplo, lo identificó como Celtis australis, un árbol conocido como almez. Otros investigadores sugirieron especies diferentes, de modo que sería exagerado afirmar que el misterio está resuelto.
Sin embargo, la hipótesis tiene un detalle atractivo para un lector porteño: C. australis forma parte del arbolado de Buenos Aires. Aunque almez suene poco familiar, es el nombre con el que CABA registró la especie. Con todas las precauciones que exige identificar una planta mencionada hace casi 3000 años, es posible que alguien se cruce camino al trabajo con un árbol candidato a ser aquel que hizo olvidar Ítaca a los compañeros de Odiseo.
Una planta contra la magia
Hay otra planta homérica aun más misteriosa que la película decidió dejar fuera. Cuando la hechicera Circe convierte a los compañeros de Odiseo en cerdos, Hermes aparece para ayudar al héroe. El dios arranca del suelo una planta y se la entrega como protección contra los hechizos. Homero ofrece, incluso, una descripción botánica: tiene una raíz negra y una flor blanca como la leche. Los dioses la llaman ‘moly’.
Desde hace siglos, los especialistas intentan averiguar qué planta pudo haber sido. Propusieron distintas especies de Allium —el mismo género al que pertenecen los ajos y las cebollas—, además de mandrágoras, eléboros y otras plantas. Aunque Sawidis se inclina por Allium nigrum, el debate sigue abierto y a lo largo del tiempo se propusieron otras identificaciones.
Ese misterio muestra uno de los problemas más interesantes de leer La Odisea con ojos de botánico. Estamos intentando colocar nombres científicos modernos sobre plantas descriptas muchos siglos antes de que existiera nuestra manera de clasificar las especies. No siempre un nombre antiguo puede traducirse a un género y una especie en latín. En algunos casos, la duda forma parte inevitable de la historia.
Aferrarse a una higuera
Otras plantas sin poderes mágicos también pueden cambiar el curso de la aventura. Cuando Odiseo y su tripulación se enfrentan con Caribdis —el remolino que traga el mar—, pierden la embarcación. Flotando, el héroe encuentra una higuera y se aferra a sus ramas mientras espera que Caribdis devuelva los restos de la nave. Recién entonces puede soltarse y seguir su viaje.
Sawidis relaciona esa higuera silvestre con Ficus carica, la misma especie de las higueras que conocemos hoy. También en Buenos Aires hay un pequeño puente posible con Homero: en Plaza Sicilia, en el barrio de Palermo, crece un retoño de la higuera de Sarmiento, catalogado por la Ciudad como Árbol Histórico. No es ‘la higuera de Odiseo’, pero esa especie aparece una y otra vez en el paisaje mediterráneo y en el poema se interpone entre un hombre y su muerte.
Un jardín donde siempre es verano
La vegetación de La Odisea también sirve para imaginar lugares extraordinarios. Cuando Odiseo llega al país de los feacios, Homero describe el jardín del rey Alcínoo, donde crecen perales, manzanos, granados, higueras, olivos y vides. Hasta allí, nada imposible.
Pero aquellos árboles parecen haber escapado del calendario, ya que los frutos nunca se terminan: mientras unas uvas maduran, otras se cosechan y otras recién comienzan a crecer; las peras suceden a las peras, los higos a los higos y las manzanas a las manzanas durante todo el año. Es una fantasía construida con plantas bien reconocibles.
Tal vez por eso aquel jardín imaginado hace milenios todavía nos resulta cercano. Homero puede prescindir de frutos imposibles para representar la abundancia: le alcanza con imaginar una naturaleza conocida en la que nunca se acaba la cosecha.

El árbol que guarda un secreto
El olivo es una planta inseparable de la imagen del Mediterráneo y una presencia recurrente en La Odisea. Aparece como alimento, como refugio y como parte del paisaje. En Buenos Aires no es un completo extranjero: en Plaza Vicente López, en Recoleta, todavía vive un olivo centenario al que CABA declaró Árbol Notable.
El ejemplar más importante de la historia de Odiseo no está en una plaza ni en un campo, sino en su propia casa. Después de veinte años de ausencia, el héroe finalmente regresa a Ítaca. Sobrevivió a una guerra, tormentas, monstruos, hechizos y naufragios, y todavía le queda una última prueba: convencer a Penélope de que realmente es quien dice ser.
En el poema, ella pone a prueba al recién llegado. Con aparente inocencia le ordena mover el lecho matrimonial. Odiseo responde que eso es imposible, dado que muchos años antes él mismo había construido aquella cama; uno de sus pilares era el tronco de un olivo que crecía en el lugar y que todavía sigue enraizado en el suelo. Solo ellos dos conocen ese secreto, y es entonces cuando Penélope sabe que el hombre que tiene delante es su marido.
La película de Nolan eligió otra manera de resolver el reconocimiento, por lo que quien llegue a Homero después del cine encontrará una escena distinta. Y para una mirada botánica resulta difícil imaginar un final más apropiado: La Odisea es la historia de un hombre que durante años es empujado de una costa a otra tratando de encontrar el camino de regreso, y cuya identidad se define gracias a algo que permaneció siempre en el mismo lugar, arraigado a la tierra.