Un sondeo de la Consultora Datafolha proyecta un empate total del 50% entre Lula da Silva y Flávio Bolsonaro para el balotaje en Brasil. El oficialismo busca remontar el resultado con apoyos militares y denuncias de injerencia extranjera.
Un sondeo de la Consultora Datafolha proyecta un empate total del 50% entre Lula da Silva y Flávio Bolsonaro para el balotaje en Brasil. El oficialismo busca remontar el resultado con apoyos militares y denuncias de injerencia extranjera.

El clima político en el país vecino arde a horas de que abran los colegios electorales. En una definición que mantiene en vilo a todo el continente, los últimos estudios de la Consultora Datafolha encendieron las alarmas de la política brasileña al proyectar un empate perfecto en el cincuenta por ciento de los sufragios válidos entre el actual mandatario Lula da Silva y el senador conservador Flávio Bolsonaro de cara al balotaje. Esta paridad absoluta marca un giro drástico frente a los sondeos de semanas previas, donde el postulante de la derecha mantenía una luz de ventaja tras haberse impuesto en el primer turno comicial por casi dos millones y medio de boletas.
La matemática que manejan los cuarteles de campaña muestra lo complejo del escenario. Especialistas en análisis electoral explican que para concretar la hazaña histórica de dar vuelta un resultado adverso —algo inédito desde el retorno de la democracia en suelo brasilero—, el oficialismo necesita arrebatarle de forma directa más de un millón de simpatizantes al espacio opositor, ya que cada votante que cambia de bando resta en una planilla y suma en la otra. Ante este margen tan ajustado, la tensión psicológica se apoderó de ambos comandos partidarios, transformando las horas previas a las urnas en una guerra de nervios donde cada detalle puede torcer la balanza.
Para conseguir ese vuelco decisivo, la estrategia del Partido de los Trabajadores viró hacia una apelación directa al votante conservador moderado que no se siente representado por el perfil más radical del clan opositor. La gran bomba mediática del tramo final de la campaña fue la difusión de un spot publicitario protagonizado por el general Santos Cruz, exministro de la gestión de Jair Bolsonaro, quien sorprendió al calificar al espacio de la oposición como un extremismo engañoso y llamar abiertamente a votar por la fórmula del gobierno, resaltando la presencia del vicepresidente Geraldo Alckmin como una garantía para el electorado liberal no alineado con la izquierda.
En paralelo, la Cancillería brasileña elevó el tono y denunció maniobras de interferencia externa orientadas a beneficiar al candidato desafiante. Desde la conducción diplomática cuestionaron con dureza la conducta de grandes corporaciones tecnológicas como Meta por supuestas manipulaciones en los algoritmos de plataformas como WhatsApp e Instagram para limitar el alcance del mensaje oficialista. Asimismo, desde el Palacio de Itamaraty cruzaron duramente las declaraciones del presidente argentino Javier Milei, rechazando sus cuestionamientos sobre la transparencia del sistema de votación electrónica y catalogando las críticas vertidas desde Buenos Aires como agresiones injustificadas contra la institucionalidad del país.
Del lado de la oposición, la consigna pasa por contener la fuga de votos y golpear la gestión socioeconómica del Palacio del Planalto. La estrategia del bolsonarismo se centró en desgastar la figura del jefe de Estado en distritos donde antes reinaba de manera hegemónica, buscando capitalizar el malestar social acumulado en los sectores populares por el costo de vida. Frente a este panorama de máxima polarización, ambas fuerzas se juegan su última carta en el debate televisivo final, considerado la plataforma definitiva para persuadir a ese reducido dos por ciento de indecisos que hoy ostenta la llave de la presidencia.
Si finalmente se consolida el repunte del oficialismo este domingo, la jornada quedará marcada como una de las remontadas más impactantes en la historia política de la región. De lo contrario, el espacio conservador ratificará el avance territorial que inició en la primera vuelta. Con una brecha que se acorta minuto a minuto y un electorado fracturado en dos mitades idénticas, la contienda brasileña se definirá voto a voto en las mesas de escrutinio.
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