Jazz y literatura: el legado eterno de Cortázar

París conmemora 42 años del fallecimiento de Julio Cortázar, el escritor que revolucionó la narrativa hispana mediante el swing musical. El autor de Rayuela dejó un legado de vanguardia que incluye el diseño de su propia sepultura.

Julio Florencio Cortázar Descubrió el jazz en la adolescencia por radio. Foto: Web.

El pulso de la improvisación

La literatura de Julio Cortázar nunca fue ajena a los sentidos. A 42 años de su partida, ocurrida el 12 de febrero de 1984, su obra permanece como el testimonio de un hombre que escribió con la estructura de un músico.

Nacido accidentalmente en Ixelles, Bruselas, el 26 de agosto de 1914, el autor argentino descubrió en el jazz una libertad que sus padres calificaban despectivamente. Aquella síncopa, que escuchó por primera vez a los catorce años en las radios de Buenos Aires, se convirtió en el eje de su proceso creativo.

Para el escritor, el texto carecía de valor si no poseía un latido interno. Durante diversas entrevistas, el autor de Bestiario explicó que su trabajo dependía de un ritmo ajeno a la rima, similar al swing del género afroamericano.

Esta influencia no solo fue temática, como se observa en su cuento “El perseguidor“, inspirado en el saxofonista Charlie Parker, sino estructural. Sus oraciones buscaban la libertad de una improvisación que, paradójicamente, exigía una precisión técnica absoluta.

De las aulas al “boom”

Antes de transformarse en una figura central del boom latinoamericano junto a Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, el joven docente ejerció la enseñanza en localidades del interior bonaerense.

Su paso como maestro rural en Chivilcoy, Saladillo y Bolívar cimentó una formación que luego se trasladaría a París en 1951. Allí, su producción literaria alcanzó hitos como Rayuela, novela que en 1963 rompió la linealidad de la lectura tradicional.

Vargas Llosa describió la escritura de su colega como un juego infantil, capaz de rozar lo trascendente mediante la fantasía y la irresponsabilidad creativa. Sin embargo, detrás de esa lúdica existía un compromiso político profundo con América Latina, manteniendo vínculos estrechos con procesos sociales en Nicaragua, Cuba y Argentina hasta sus últimos días.

El cronopio de Montparnasse

El final de su vida también fue objeto de su propia curaduría estética. Tras la muerte de su última esposa, la fotógrafa Carol Dunlop, en 1982, el escritor coordinó personalmente los detalles de la lápida que ambos compartirían en el cementerio de Montparnasse.

A través de cartas enviadas a su amigo, el artista plástico Julio Silva, el autor supervisó que el diseño evitara formalismos innecesarios y reflejara su identidad.

La tumba, ubicada en la tercera división del cementerio parisino, se distingue por una escultura de un cronopio realizada por Silva. En la actualidad, el sitio funciona como un santuario donde lectores de distintas generaciones depositan piedrecitas, cigarrillos y mensajes.

El mármol blanco, donde yacen los restos del hombre que murió a los 69 años, permanece como el último capítulo de una narrativa que siempre buscó abrir puertas inéditas a la condición humana.

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