La memoria como práctica democrática

Lo que una sociedad recuerda, y cómo lo hace, define sus horizontes de posibilidad. En un presente atravesado por la desinformación y la erosión del reconocimiento recíproco, la memoria emerge como una práctica central para reconstruir las condiciones de la democracia.

Por Vanina Lucchese, Directora de Comunicación de Potencia Argentina+

Hace 50 años, un 24 de marzo de 1976, Argentina despertó con un golpe de Estado cívico-militar en la Argentina que alteró de manera decisiva el curso de nuestra historia dejando heridas profundas en la sociedad. Con el tiempo, esta fecha se convirtió en un símbolo de la lucha por la memoria, la verdad y la justicia, y en una de las referencias que organizan el sentido de la vida democrática en el país. Cada 24 de marzo actualiza una pregunta: ¿qué hace una sociedad con ese pasado y cómo decide inscribirlo en su presente? Esa memoria implica organizar el pasado, atribuirle sentido y proyectarlo. En esa tarea, recordar compromete la forma en que una sociedad se comprende a sí misma y define sus horizontes de posibilidad.

La memoria, en este sentido, es una práctica social. Ordena acontecimientos, establece jerarquías y produce sentidos compartidos. Incluso el olvido interviene en esa dinámica, como parte de cómo las sociedades procesan su historia. Entre lo que se recuerda y lo que se desvanece se configura una forma de conciencia colectiva.

La memoria en tiempos acelerados

En este 24 de marzo, esa práctica se desarrolla en un entorno profundamente transformado, la temporalidad pública se ha comprimido: historias que duran 24 horas, conversaciones que se mide en segundos de atención, y relevancias traducidas en métricas. El ecosistema digital redefine quién habla, a quién alcanza esa voz y bajo qué condiciones, el tiempo de visualización, la tasa de clics o la cantidad de reacciones parecen ordenar la experiencia común.

Entonces, la memoria enfrenta una tensión estructural. Requiere tiempo, elaboración, espesor. La lógica de la inmediatez impulsa lo fragmentario, lo impactante, lo rápidamente consumible. Lo que emerge es una textura social con fisuras cada vez más visibles: las diferencias se endurecen, se vuelven posiciones cerradas sobre sí mismas, y la posibilidad de reconocer al otro como interlocutor válido pierde fuerza. Con ella, también se debilita una condición básica de la vida democrática. Volver sobre el 24 de marzo en este contexto es una decisión sobre cómo sostener una memoria que necesita densidad en una cultura que empuja hacia la superficie.

La memoria incide de manera directa en ese proceso, configura los puntos de vista desde los cuales los actores sociales y políticos se comprenden entre sí. Por eso, el ejercicio de recordar implica una dimensión ética: la ética del nombrar. Nombrar lo ocurrido, sostener la existencia de quienes fueron reducidos al silencio, restituirles un lugar en el relato común. La historia, cuando asume esa tarea, vuelve audibles voces que quedaron fuera de escena y le da entidad a trayectorias que la violencia buscó borrar. Ese trabajo requiere tiempo, elaboración y, por supuesto, incomodidad.

Vanina Lucchese

El 24 de marzo activa esa dimensión, convocándonos a sostener una relación con el pasado capaz de habilitar preguntas más exigentes. Cada acto de memoria implica una relectura y, al mismo tiempo, una proyección. Recuperar el pasado del olvido también implica imaginar futuros posibles, porque toda interpretación retrospectiva reorganiza lo que una sociedad considera viable.

Desarrollo de la democracia

La democracia, entendida como forma de organizar la vida en común, se despliega en ese mismo terreno. Sus instituciones establecen reglas, delimitan procedimientos y garantizan derechos. Ese andamiaje resulta imprescindible, aunque su vitalidad depende de condiciones menos visibles: la confianza pública, la credibilidad de la información, la disposición a sostener espacios de deliberación donde la palabra circule con sentido.

Hoy, esas condiciones enfrentan desafíos evidentes. La desinformación erosiona la noción de verdad compartida y la espectacularización desplaza la discusión hacia lógicas de impacto. En ese contexto, quienes nos sentimos convocados a reconstruir un ethos democrático debemos intervenir sobre esas condiciones: fortalecer el pensamiento crítico, promover mayor transparencia y ampliar los espacios donde el disenso pueda gestionarse como una controversia productiva.

Ahí, la memoria deja de ser únicamente evocación y se vuelve herramienta para comprender el presente y orientar la acción. Recordar implica asumir una responsabilidad activa frente a aquello que merece ser dicho, incluso cuando desafía los marcos establecidos.

El tiempo de la memoria

Este 24 de marzo plantea, entonces, una exigencia concreta, darle tiempo a la memoria en un entorno que acelera, sostener condiciones de escucha, de palabra y de reconocimiento que hagan posible la vida democrática. Sostener su espesor en un ecosistema que fragmenta, ejercer una ética del nombrar en medio de la saturación discursiva.

Hay, en esa tarea, una invitación abierta: sostener conversaciones que no se agotan en consignas, reconstruir los lazos mínimos de confianza que hacen posible la vida en común, formar liderazgos capaces de habitar el desacuerdo sin romper (más) el entramado social.

Recordar, este 24 de marzo, es también una forma de involucrarnos, es una decisión sobre qué voces traemos al presente, qué historias nos contamos como país y qué futuro queremos reimaginar. Esa memoria exige no callar ante aquello que no debe silenciarse, supone reconocer que los conflictos forman parte de la vida en común y que para resolverlos necesitamos más conversación pública, más responsabilidad y más democracia.

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