Detectar el dolor en un perro no siempre es tan evidente como un gemido o una cojera. Según una investigación liderada por Silvia Gardeweg, Dionne Picard e Ineke van Herwijnen, publicada en la revista Plos One, la mayoría de las personas tiene dificultades para notar los síntomas “ocultos”, lo que puede derivar en problemas crónicos de salud o conductas agresivas.
Señales sutiles que pueden indicar dolor:
Cambios de ánimo: Menos ganas de jugar o mostrarse “apático” o “perezoso”.
Aislamiento: El animal busca estar solo más de lo habitual.
Gestos inusuales: Lamerse la nariz frecuentemente, bostezar fuera de contexto o “olfatear el aire” de forma repetitiva.
Dudas al moverse: Levantar una pata con inseguridad antes de apoyarla.
La trampa de la “pereza”
La profesora Van Herwijnen explicó que estos signos suelen malinterpretarse como aburrimiento o desobediencia. “Si se interpreta erróneamente que el perro está aburrido, suele haber menos paciencia. Entender que siente dolor permite ver su comportamiento de otra manera”, enfatizó la científica.
El estudio comparó a 530 dueños de perros con 117 personas que no conviven con animales. Los resultados mostraron que ambos grupos fallan casi por igual ante síntomas leves, como los provocados por la panosteítis (inflamación ósea pasajera). Solo quienes habían tenido una experiencia previa directa con un perro que sufrió dolor mostraron una mayor capacidad de detección.
Prevención y consulta veterinaria
Para Javier Brynkier, veterinario y docente de la UBA, estos cambios sutiles pueden ser indicadores tempranos de enfermedades graves como cáncer u osteoartritis. “La educación continua del entorno del animal hoy es clave”, señaló el especialista a Infobae, destacando que el reconocimiento temprano no solo evita el sufrimiento prolongado, sino que previene agresiones vinculadas al malestar físico.
Las científicas de Utrecht concluyeron que es fundamental entrenar a los tutores para observar a sus mascotas con una mirada clínica. Un perro que deja de saltar al sillón o que prefiere no jugar a la pelota no siempre está “creciendo” o “tranquilo”; muchas veces, simplemente está intentando no sufrir.