El Cine York se ha convertido en un fenómeno contracultural en la calle Alberdi. Mientras la taquilla nacional cerró marzo con una de las cifras más bajas de su historia (1.599.122 entradas), esta sala de barrio fundada en 1910 atrajo a casi 15.000 espectadores en el último año. El éxito de este emblema de Vicente López radica en haber recuperado el cine como un espacio de encuentro, lejos del aislamiento que proponen las plataformas digitales y los elevados precios de los complejos comerciales, que ya perforan los $15.000 por ticket.
Público Joven: Estudiantes de cine y diseño lideran las filas para ver clásicos en 35mm y 16mm.
Distinción UNESCO: El proyecto municipal Lumiton logró que la ciudad sea reconocida como Ciudad del Cine.
Curaduría única: Ciclos que van desde la Nouvelle Vague hasta la animación japonesa y el cine de autor.
Resistencia Nacional: La sala funciona como pantalla crítica para el cine argentino ante los recortes del INCAA.
Una mística que el algoritmo no puede predecir
La clave de este renacimiento es su “diversidad inteligente”. Bajo la dirección de Juan Manuel Domínguez, el York no ofrece productos, sino experiencias. La programación evita los tanques de Hollywood y apuesta por directores como Richard Linklater, David Lynch y Jean-Luc Godard. Esta decisión “romántica” ha generado una confianza ciega en el espectador, que asiste a la sala sabiendo que la calidad está garantizada. Aquí, la fila en la vereda, el debate posterior y el jazz antes de la función son parte esencial de un rito que se creía extinguido.
Para los jóvenes, el York es un portal analógico. En sus 270 butacas se vive un ambiente de unidad y acompañamiento que no existe en el cine comercial. Como destaca Raúl Barragán, proyeccionista con dos décadas en la cabina, es habitual que el público aplauda al final de cada película, un gesto que simboliza la gratitud hacia una gestión cultural que mantiene viva la llama del séptimo arte de manera libre y gratuita para toda la comunidad.
116 años de historia en pantalla gigante
El edificio, una joya de estilo italianizante, fue sede de los estrenos de los Estudios Lumiton, la primera productora de cine sonoro del país. Tras años de abandono, su restauración devolvió a Olivos un centro de formación informal de espectadores. En un contexto donde la industria nacional atraviesa su peor arranque en 30 años, con una caída del 22,9% interanual en enero, el York se erige como un baluarte de identidad y pertenencia para los vecinos y la industria local.
El reconocimiento internacional llegó de la mano de la UNESCO, pero el verdadero premio se ve cada noche bajo el letrero iluminado. El Cine York demuestra que, frente a la domesticación de las pantallas hogareñas, el público sigue buscando el aura de la arquitectura y la mística de la proyección colectiva. Es, en definitiva, un pequeño milagro barrial que prueba que el cine, cuando se cuida como arte y no como simple mercancía, sigue teniendo el poder de unir a la sociedad.