Coudet, Vietnam y el eterno debate de qué es jugar bien

Las últimas declaraciones de Eduardo Coudet tras perder contra Boca y ganarle a Aldosivi pusieron sobre la mesa de la conversación pública un debate siempre vigente sobre los gustos en el fútbol, que, al fin de cuentas, son los de la vida misma.

Edu Chacho Coudet, técnico de Racing. FOTO NA: MARIANO SANCHEZ

Leonardo Peluso – Periodsita

Desde su llegada a River, Eduardo Coudet ganó 7 de los 9 partidos que jugó, obtuvo 21 sobre 27 puntos en juego, convirtió 15 goles y apenas recibió 5. Está dentro de los playoffs de la Liga, posiblemente como segundo; en la tabla anual que da un título es escolta de la Lepra mendocina y lidera la zona de la Copa Sudamericana. Tiene lo que muchos desean, pero igual el ciclo genera murmullos: porque lo que los números no dicen es que el equipo juega tan mal como hace casi dos años y ese pecado en River es imperdonable.

Hay algo de la estética, de los modos y de las emociones que hacen olvidar pronto el tema de las estadísticas. Reza un viejo mandamiento en River que después de un partido, además de contento por ganar, hay que irse felices por cómo se llegó a ese sentimiento. Esa parte del asunto, por ahora, el Chacho la tiene pendiente. Te da de comer, pero las porciones y el menú escasean en cantidad y sabor. Cuesta encontrar una actuación para quedarse de pie aplaudiendo y el único partido que se perdona, contra Boca, lo perdió.

Por eso el Coudet quiso hacer ruido con su boca y recordó Vietnam como punto de partida de su gestión. Quizá resulta una comparación exagerada, porque si River era Vietnam, qué le queda al resto de los clubes de Primera por decir, pero también es cierto que busca una valoración de cómo pudo salir de la corriente negativa que acabó haciendo volar al técnico más ganador de la historia, Marcelo Gallardo. Coudet defiende lo suyo y le sobran razones para advertir, abriendo el paraguas, que en lo que viene jugarán como puedan.

Pero cuando lo fueron a buscar sabía, porque lo vivió en carne propia como jugador, que no es de buen gusto cortar camino y pisar las flores del jardín, incluso cuando la urgencia de volver a ser es una mosca en la oreja y bolitas de acero en los botines. Posiblemente no imaginó que aterrizaría en “Vietnam”, como decidió caracterizar él mismo. Pero sí tenía en claro que debía ofrecer mucho más que puntos, buenas combinaciones de data factory y excelentes medidas de GPS.

Por eso, lo que no podrá el Chacho es cambiar la historia. Podrá pedir paciencia y tiempo, pero el tema cultural y de idiosincrasia lo seguirá de cerca. Porque nunca es lo mismo un gol que otro aunque valgan lo mismo, y porque nunca son lo mismo tres puntos de un triunfo que uno logrado a los ponchazos. Como en la vida, en el fútbol de River, la belleza cuenta y lo que desafina, desafina, aunque tenga millones de reproducciones. Por eso, si no hace jugar bien al equipo, el debate no se saldará como sucedió con Vietnam durante muchos años de posguerra.

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