Una tortilla babé: la receta de proyecto gómez casa para transformar la música, la calle y la cocina

Baterista incansable y pionero de la autogestión extrema, el líder de Proyecto Gómez Casa hizo de la sorpresa su verdadera obra. Desde repartir entradas a domicilio en un 3CV hasta cocinar en su propio bodegón interactivo.

Desde fabricar su primera batería con guías telefónicas en la sala de calderas de un edificio, hasta entregar entradas a domicilio en un Citroën 3CV y transformar su casa en un escenario interactivo. El creador de Proyecto Gómez Casa no es solo un músico: es un productor, gestor y performer que entiende el arte como un espacio irrenunciable para la incomodidad, la sorpresa y el roce humano.

En la industria musical contemporánea, la figura del artista que debe resolver múltiples frentes —componer, producir, comunicar, gestionar las redes y armar la logística— parece una imposición ineludible de la era digital y la autogestión. Sin embargo, para Rodrigo Gómez, creador, líder y usina creativa de Proyecto Gómez Casa, la polifuncionalidad nunca fue un mandato del algoritmo, sino su estado natural de supervivencia y expresión.

Baterista autogestivo primero y luego de formación académica; mánager por instinto adolescente y agitador cultural por vocación, Gómez aborda el hecho musical desde una perspectiva 360°. Para él, una canción no termina en la mezcla de un disco; se expande hacia la performance física, la intervención sorpresiva del espacio público, la estética visual y, por sobre todas las cosas, la construcción cuerpo a cuerpo de una comunidad.

Las guías telefónicas y el maestro del riñón de Sandro

La historia de Rodrigo Gómez comenzó muy temprano y con una banda sonora peculiar. Criado hasta los trece años en la sala de máquinas de un edificio de departamentos de Barrio Norte, junto a la caldera donde vivían sus abuelos porteros, su primer contacto con la batería fue a los siete años y, ante la falta de recursos para comprar un instrumento real, armó su primera batería apilando guías de teléfono.

Fue en esa misma época cuando comenzó a tomar clases con Oscar Dauría, histórico baterista de Sandro, quien se convertiría en un padre musical, dándole clases casi gratis durante doce años. La devoción de Gómez por el instrumento era tal que, a los once años, puso en venta su bicicleta para comprar una batería. Dauría, en un gesto que lo marcaría para siempre, le compró la bicicleta para regalársela a su ahijado y le permitió a Gómez acceder a su primera batería Rex, a la que consideraba “el sonido puro”.

Proyecto Gómez Casa en San Telmo, este sábado desde las 20hs
Proyecto Gómez Casa en San Telmo, este sábado desde las 20hs

Del rigor clásico a la hiperactividad del mánager precoz

La hiperactividad de Gómez se manifestó rápido. A los 15 años ya trabajaba como músico sesionista y tocaba simultáneamente en siete bandas propias. Pero no solo tocaba: oficiaba de mánager para casi todos esos proyectos. “Esa forma es parte de mi formación. Hoy está estandarizado que el artista hace 800 cosas a la vez… Bueno, yo eso lo hago naturalmente desde muy chico porque siempre fue la forma que encontré de hacerlo”, explica.

Pero el frenesí del rock y la calle se equilibró con una rigurosa formación académica. A los 12 años ingresó a la Orquesta Estudiantil de Buenos Aires como percusionista (tocando timbales, marimba, xilofón). Durante cinco años, inmerso entre sesenta músicos interpretando a Beethoven, Mozart y Tchaikovsky, aprendió una de las lecciones más valiosas de su carrera: el valor del silencio.

“Por ahí entraba en el compás 104 de ‘La mañana’ de Grieg con un golpe de triángulo para la salida del sol. Eran 104 compases de silencio. Era un silencio fundamental para que salga el sol. Fue una data muy transformadora”. Posteriormente, profundizó en la composición contemporánea abstracta con Ricardo Capellano. Esta mezcla de calle, instinto de supervivencia, conservatorio y vanguardia es el ADN puro de lo que vendría después.

La prehistoria: El PH en Boedo y la caverna en el túnel

Aunque el primer disco oficial de Proyecto Gómez Casa —ya en formato de banda— data de 2009, la verdadera piedra angular del proyecto se remonta a los primeros años de la década de los 2000, bajo el nombre de “Proyecto Gómez”. En esta etapa, la polifuncionalidad de Gómez explotó hacia la intervención de los espacios.

En 2001, alquilaba un PH en Boedo. Para presentar sus discos (editados en casete o en CDs pintados a mano), vaciaba completamente su casa y convocaba a diversos artistas —performers, cineastas, vestuaristas, bailarines— para que intervinieran cada habitación, incluido el baño. La dinámica era un delirio social: abría las puertas a la calle y dejaba entrar tanto a invitados como a peatones aleatorios que pasaban por la Avenida Boedo. Llegaban a circular hasta 300 personas por su casa. Él no tocaba en vivo; solo preparaba tragos y observaba la interacción. De esas observaciones, sacó una lección fundamental: Hay que poner todos los recursos a disposición para que las cosas salgan bien. Esa necesidad de incomodar y ocupar espacios no convencionales evolucionó. Cuando decidió empezar a tocar en vivo solo con una loop station (tocando batería, bajo, guitarra y cantando), eligió un túnel peatonal que cruza por debajo de la Avenida Libertador. Allí montó una caverna plateada y dio un show con el público encerrado junto a él.

“El arte tiene que generar preguntas, no respuestas. Si genera respuestas, estamos en el horno”, asegura Gómez a sus 49 años. “Ir a un túnel, meterte en una fábrica para ver un show… no sabés qué carajo va a pasar. Esas instancias son las más valiosas”.

La banda, el idioma inventado y la estética del absurdo

Con la llegada de 2009, el proyecto mutó a un formato de banda, incorporando bajo, guitarra, la batería y voz de Gómez, y un elemento disruptivo clave: los Fluxlian. Estos operarios/performers realizaban acciones en vivo con trajes, espejos, amoladoras y lámparas. La estética siempre fue central para Gómez, quien se pinta las uñas desde el año 2000 (tras un encuentro poético en Córdoba con Margarita Roncarolo) y suele subir al escenario con mamelucos de trabajo o polleras azules eléctricas. Su sentido estético, se relaciona directamente con su consciencia sobre lo público: “De adolescente, iba caminando por la calle en forma random buscando negocios de ropa para entrar y probarme pilcha; mirarme al espejo hasta que encontrara algo que me dijera, che, esto es lo que quiero ser. Y eso también siempre fue la calle. Tienes que salir a la calle para que pasen algunas cosas” Para Rodrigo, la calle es el escenario definitivo, la zona de acción de quienes nunca tuvieron recursos

Y fue esa filosofía la que lo llevó a protagonizar una de las campañas de fidelización más increíbles de la escena independiente argentina. En 2016 adquirió un antiguo Citroën 3CV. Siguiendo su costumbre de poner cualquier objeto a disposición de la producción artística, le propuso a su mánager usarlo para hacer delivery de entradas físicas.

Durante cuatro años, Gómez repartió más de mil entradas por toda la Capital Federal y el Conurbano Bonaerense. Llegaba a Lomas de Zamora o a Villa Crespo, se sentaba a tomar mate, comía bizcochos con las abuelas de sus fans, tocaba la guitarra en sus sillones y conectaba a personas que vivían a pocas cuadras de distancia para que fueran juntas al show. Las jornadas duraban diez horas y terminaron forjando una comunidad de un nivel de lealtad inquebrantable.

El retorno de esa inversión de tiempo fue absoluto. Años después, durante la primera gira europea de la banda, el karma del 3CV le devolvió el favor. Al terminar un show en Berlín, el dueño de un restaurante del aeropuerto —a quien Gómez le había llevado una entrada a su casa en Buenos Aires años atrás— los invitó a comer gratis a toda la banda. Días después, en Madrid, al quedarse sin alojamiento por problemas logísticos, otro fanático que había recibido su entrada a domicilio le cedió su habitación. Lo mismo ocurrió con un chef en San Sebastián. “Esa cosa increíble que se generó de golpe volvía y estaba esa gente esperándome en sus casas de otros países”.

El pasado es solamente el pasado

Hoy, viendo crecer a sus hijos Galaxia (16) e Ik (13), ambos inmersos en la creación musical desde chicos, Gómez no compra el discurso pesimista de que el pasado fue mejor, ni demoniza la tecnología. Entiende que el scroll infinito es una consecuencia del mundo que los adultos construyeron, pero sostiene que la salvación está en la provocación del encuentro.

“Hay experiencias que son más tangibles y necesarias: el tocarse, el besarse, el olerse. El contacto real es lo que más complejo está después de la pandemia, que hizo que un montón de generaciones se escondan atrás de pantallas. Siento que la gran esperanza es que ese contacto directo nunca se pierda”, reflexiona con seguridad.

Para él, la polifuncionalidad del artista moderno no sirve de nada si se queda encerrada en una habitación mirando estadísticas. “Por eso salir a la calle es tan importante. No te queda otra que sentir el frío, sentir el calor, subirte al bondi, conocer a alguien. Que se te caiga algo, te levantes y conozcas al amor de tu vida”, concluye. Para él, la música es solo la excusa; el verdadero arte es lograr que, después de un show, alguien vuelva a su casa y tenga el valor de hacer esa llamada que le cambie la vida.

La cocina como una segunda banda

La expansión de este universo de encuentros y autogestión encontró recientemente un nuevo canal inesperado: la cocina. Para Rodrigo, el ritual de alimentarse y compartir una mesa es una extensión directa de su obra. “Gastronomía es un lugar esencial en mi vida, me encanta comer por lo que cocinar también. Si no me dedicara a la música me dedicaría a la gastronomía”, confiesa. Esta pasión tiene raíces profundas, ya que aprendió “de muy pibe mirando a mi abuela”. Para él, “sentarse a comer era el momento de charlar también, de contarle a tu mamá cómo estuvo tu día y que ella también te lo cuente, verla bien o verla mal se veía ahí; era como el noticiero de la familia”. Esa lógica de intimidad lo llevó hace años a invitar a su casa a figuras como Capusotto, Dillom, Luquitas Rodríguez o Narda Lepes. “Gente random que por ahí ni me conocía, pero que los llamaba como a un amigo y los invitaba a comer. Todos me respondieron ‘Sí obvio'”, recuerda. En esas veladas, como buen creador de conexiones, logró que figuras de universos opuestos se cruzaran: “Dillom y Capusotto, dos artistas completamente diferentes, se conocieron acá comiendo, la mejor manera de conocerse”. Para Gómez, esto no está alejado del arte: “Cocinar es algo artístico, lo que me ocurre cuando cocino es vinculante a lo que me ocurre cuando compongo: el tiempo, la preparación, la prueba”.

La necesidad de abrir esta experiencia al público, sin la estructura tradicional de un restaurante, derivó en un fenómeno performático y culinario llamado “Bodegómez”. Se alió con el dueño del bodegón Musetta, en Almagro, y armó una puesta en escena fiel a su estilo: “Le dije de tirar anafes con garrafa en el medio del salón y le copó la idea. Diseñé ese sistema un poco extraño en el que estoy en el medio del salón y marcho platos a más no poder. Mucha tortilla de papa y sánguches de carne al vino blanco con 6hs de cocción”. Las entradas vuelan en dos horas y la dinámica incluye invitados sorpresa (como Benito Cerati o Sakatumba) que van a comer a cambio de tocar un tema, e incluso el “Bingómez”, un bingo con cartones y porotos. “Empiezo a cocinar, la gente ve lo que estoy cocinando, hablamos todo el tiempo. […] Es una gran familia, se han formado parejas, se han hecho amigos”, relata fascinado sobre el ciclo que ya le piden llevar a España y otras provincias. “Es un espectáculo que no puedo creer, es como tener una nueva banda”, concluye Gómez, quien al buscar un paralelismo entre ambos mundos, define su obra máxima con una metáfora inmejorable: “Si fuera una comida, Proyecto Gómez Casa sería una tortilla súper babé”.

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