Una voz que no adorna
Incutti escribe con una precisión que no se confunde con frialdad. Sus imágenes son concretas, cotidianas, porteñas: el bondi, la plaza Almagro, el subte, los pibes en la esquina de Pasco. Pero en esa cotidianeidad algo siempre se abre. El lector que haya perdido a alguien va a reconocer esa sensación particular de que el mundo sigue funcionando —los colectivos pasan, la gente compra en el súper— mientras adentro todo está quieto.
Hay ternura en cómo Candela trata su propio dolor. No se victimiza, pero tampoco se exige entereza. Se permite la selfie llorando, las preguntas desesperadas, la rabia. Y se permite también el amor: los amigos que te salvan la vida, la mano que guía para cruzar una avenida complicada.
Para leer en voz alta
Sin duelo no hay paraíso es un libro que pide ser leído en voz alta, que pide ser compartido. Que alguien más lo diga para que suene real. Afortunadamente, mañana, en el mítico Ay Cariño Bar, voces distintas le prestarán cuerpo a estos poemas que es, en realidad, la forma más coherente de presentarlo. Porque Candela Incutti escribió sobre la ausencia, sobre sus amigos, sobre Buenos Aires y sobre el duelo, pero escribió, en el fondo, sobre algo que es de todos: la necesidad urgente de hacer algo con lo que es de uno.