Hay una madre que un martes al mediodía prepara una vianda con los pocos pesos que junta la familia para el hijo y se la lleva a la puerta de la escuela. Le agradece a la maestra que no le de tanta tarea y lo deje salir un rato antes y al kiosquero que le dé fiado el alfajor.
Lo acompaña a la parada del colectivo que lo lleva al club y a veces cuando puede va con él y, sino, le hace una seña al chofer para que lo cuide o lo despierte en la parada del club. El nene con el botinero, que también usa de mochila de colegio, se sienta y dormita un rato y se baja tranquilo sabiendo que seguro se va a encontrar con los compañeros.
Llega a una sociedad de fomento que seguro tiene alguna fecha patria de nombre, que tiene unas pintadas murales de Diego y Messi y donde siempre hay una rifa para juntar platas. La señora del buffet le ofrece algo fresco, aunque sabe que no tiene plata, después arreglamos.
El entrenador aparece y le acaricia la cabeza, lo manda a correr y le avisa que el fin de semana juegan sábado y domingo, saca unos pesos de su bolsillo y le dice que se lo dé a la mamá para que puedan viajar y comprar algo para comer. Así será durante mucho tiempo y así será con tantos y tantos chicos que juegan a la pelota.
El esfuerzo es irracional e incomprensible pero tiene algo de sueño que hace imposible no repetirlo durante tantos años. Eso mismo sucedió en las vidas de Montiel, de Otamendi, de Lautaro Martínez o del Dibu. Ellos fueron esos chicos y así como en esos años soñaron con ser Maradona o Fillol, ahora son parte de los sueños de otros pibes.
El motor de todo siempre es el sueño y esa es la única razón para entender todo esto que sucede con Argentina. Es como si una ola gigante e invisible de madres, padres, abuelas, hermanos, buffeteros, choferes de bondi, entrenadores, kioskeros y maestras sostuvieran la Copa del Mundo, esta que puede ganar el domingo o aquella que ya ganó.
No son los millones de dólares que brotan entre publicidades y transferencias, no son los contratos, no son los dispositivos tácticos, menos los GPS. Es ese club de barrio que lo forma en el esfuerzo, es esa mamá que nunca se resigna, es esa señora del buffet que no mira la calculadora y no saca cuentas, es esa abuela que sueña, es ese viejito que hace de entrenador y da consejos de sabio, es el alfajor y el jugo, es el colectivero que lo deja pasar para que se guarde las monedas.
El fútbol es al fin de cuentas ese sueño que contó Maradona a los 12 años y que como se le cumplió a él, todos sienten el deseo irrefrenable que lo van a conseguir. Mientras más chicos sigan soñando, más campeones del mundo seguirán siendo.