El país no puede ser un programa de televisión

La política argentina parece haber recuperado un viejo vicio de la televisión: elegir primero al conductor y pensar después qué programa hacer. El problema es que un país no puede construirse alrededor de un candidato.

Hay algo profundamente televisivo en la política argentina de estos tiempos.

No hablo de las cámaras, de las entrevistas ni de la presencia permanente de los dirigentes en los medios y las redes sociales. Hablo de una lógica bastante más antigua: buscar primero al conductor y después pensar qué programa hacer.

Durante años, la televisión tuvo ese problema. Antes de definir qué historia quería contar, qué público quería convocar o qué formato podía funcionar, muchas veces la pregunta era quién podía conducirlo. El nombre, la personalidad, el carisma y la capacidad de generar audiencia parecían ser el punto de partida. Después, casi como consecuencia, aparecía el programa.

La política argentina parece atravesar hoy una situación parecida.

Primero aparece el candidato. Después, si queda tiempo, la propuesta de país.

Buena parte de la discusión política se ha convertido en una conversación sobre nombres: quién puede ganar, quién mide mejor, quién tiene capacidad para liderar, quién puede derrotar al adversario, quién tiene más seguidores, quién logra instalar una frase o convertirse en protagonista de la conversación pública.

Son preguntas que tienen sentido en una elección.

Pero hay una pregunta anterior que muchas veces queda relegada: ¿para qué quiere gobernar ese candidato? Y ahí aparece el problema. La política corre el riesgo de convertirse en un casting permanenteEl candidato como producto

La televisión descubrió hace tiempo que un conductor reconocido podía sostener un programa. La política parece haber aprendido una lección parecida: un candidato con suficiente reconocimiento, personalidad o capacidad de comunicación puede convertirse en el centro de una construcción política.

Pero hay una diferencia fundamental. Un candidato no es un proyecto de país.

Puede representarlo. Puede liderarlo. Puede ser quien lo lleve adelante. Pero no debería reemplazarlo.Cuando la discusión política comienza por los nombres, inevitablemente termina reduciendo la complejidad de un país a las características personales de quienes aspiran a gobernarlo.

Entonces dejamos de discutir qué queremos hacer con la educación, el trabajo, la seguridad, la infraestructura, la producción, la salud, la pobreza o la inserción de la Argentina en el mundo.
Y empezamos a discutir quién tiene más posibilidades de ganar. La pregunta electoral termina ocupando el lugar de la pregunta política. ¿Quién puede ganar? No debería ser la primera pregunta.La primera debería ser: ¿qué queremos hacer con el país?

El peligro de elegir al protagonista antes que la historia

Imaginemos que una productora decide contratar primero al conductor de un programa y recién después intenta descubrir qué programa puede hacer con él. Es probable que termine construyendo el contenido alrededor de las características del conductor.

Si es humorista, habrá humor. Si es periodista, entrevistas. Si es un showman, espectáculo.

El formato queda subordinado a la persona.

Algo parecido puede ocurrir cuando un espacio político se construye alrededor de un dirigente y después intenta encontrar un programa que encaje con él. Las ideas empiezan entonces a acomodarse al candidato, cuando debería suceder exactamente lo contrario: el candidato debería estar al servicio de las ideas.

Este fenómeno tiene además una consecuencia más profunda. Las identidades políticas comienzan a construirse alrededor de personas. El votante ya no se pregunta solamente qué propone un dirigente, sino de qué lado está.

Y una vez definida esa pertenencia, las propuestas pueden pasar a segundo plano. Se defienden o se rechazan no necesariamente por lo que dicen, sino por quién las dice.  La política empieza a parecerse peligrosamente a una competencia entre audiencias.

Argentina necesita discutir el programa

El verdadero desafío argentino no es encontrar al candidato perfecto. Es construir un rumbo que pueda sobrevivir al candidato.

Porque los países no deberían depender exclusivamente de la personalidad de quien ocupa el Poder Ejecutivo. Necesitan instituciones, reglas, políticas públicas y objetivos que puedan sostenerse más allá de una elección.

Cada elección parece traer la posibilidad de una refundación. Un nuevo líder, una nueva épica, una nueva promesa y la sensación de que todo depende de la persona que llegue a la Casa Rosada.

Necesita saber qué quiere ser dentro de diez, veinte o treinta años. Qué matriz productiva quiere desarrollar. Qué educación quiere ofrecer. Cómo pretende generar empleo. Qué sistema tributario considera razonable. Cómo piensa reducir la pobreza. Qué infraestructura necesita. Qué lugar quiere ocupar en el mundo.

Y, sobre todo, necesita definir qué cosas deberían continuar aunque cambie el gobierno.El formato antes que el conductor. Tal vez la política argentina debería invertir aquella vieja lógica televisiva.

Primero el programa. Después el conductor.

Primero el diagnóstico.

Después las ideas.

Primero el proyecto de país.

Después el liderazgo capaz de llevarlo adelante.

Eso obligaría a hacer algo que hoy parece cada vez más difícil: discutir ideas sin convertir inmediatamente la discusión en una pelea de nombres.

También obligaría a los dirigentes a explicar con mayor claridad qué país quieren construir y cuáles son las decisiones necesarias para hacerlo posible. Porque decir que se quiere bajar la inflación, mejorar la educación, generar empleo o reducir la pobreza es apenas el comienzo de una discusión mucho más profunda.

La política debería recuperar justamente ese lugar: dejar de pensar solamente en quién puede ganar una elección y empezar a discutir qué hacer con el país cuando esa elección termine.

No necesitamos más conductores

La Argentina tiene dirigentes de sobra.

Lo que no siempre tiene son proyectos capaces de trascender a sus dirigentes.Y quizá esa sea una de las conversaciones que deberíamos recuperar.

No se trata de negar la importancia del liderazgo. Toda transformación política necesita personas capaces de conducirla. Pero el liderazgo debería ser la herramienta para ejecutar un proyecto, no el proyecto en sí mismo.

Un candidato puede entusiasmar. Puede emocionar. Puede representar un cambio. Puede encarnar una época. Incluso puede convertirse en una figura histórica.

Pero antes de preguntarnos quién va a conducir el próximo capítulo, deberíamos preguntarnos qué capítulo queremos escribir.

Porque si seguimos eligiendo primero al conductor y después buscando un programa que le quede bien, corremos el riesgo de terminar viendo siempre el mismo programa, aunque cambien los protagonistas.

Y quizá el problema argentino no sea que nos falten buenos conductores.

Quizá hace demasiado tiempo que estamos buscando conductor para una serie cuyo guion todavía no nos pusimos de acuerdo en escribir.

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