Erick Rojas tejió el poncho para el Papa León XIV

Erick Rojas, artesano de 28 años de la comunidad comechingona La Unión, tejió durante dos meses el poncho que Córdoba entregará al papa León XIV. La pieza reúne lana, algodón, símbolos del territorio y una herencia familiar que él busca mantener viva.

Erick Rojas exhibe el poncho papal junto a su familia. Foto: La Redacción.

El poncho de Erick: dos meses para abrazar al Papa

Erick Rojas tenía 16 años cuando hizo su primera faja en un telar. Era roja y negra. Le salió “gauchita”, según recordó, y la dejó inconclusa durante años.

“La abuela me decía que la terminara”, contó el artesano en diálogo con La Redacción. Aquella pieza quedó pendiente, pero marcó el comienzo de un oficio que hoy lo lleva desde un paraje de las sierras de Pocho hasta el encuentro con el papa León XIV, quien visitará Córdoba el 10 de noviembre.

Rojas vive entre los departamentos de Pocho y San Alberto, en el paraje de Panchango. Integra la Comunidad Indígena La Unión, conformada por siete parajes cercanos entre sí y perteneciente al pueblo comechingón.

Una herencia en las manos

El tejedor no comenzó solo. En su familia y en su comunidad, el oficio se transmitió de generación en generación. Al principio, los mayores no permitían que los niños tocaran el telar.

“Uno arruina la obra cuando es chico”, explicó. Por eso, su primera tarea fue vender hilo a sus tías, quienes lo usaban para terminar sus propias piezas.

Con el tiempo, comenzó a tejer. Sus trabajos se diferenciaron de los de su hermana y empezaron a ser reconocidos por quienes los veían. “Hay gente que busca las obras de mi hermana o hay gente que busca las mías”, relató.

Hoy, cuando trabaja frente al telar, siente que no está solo. Una parte de la estructura —el devolvedor y la pala— perteneció a una tía abuela de su padre.

“Siento que sí me acompañan y que la sabiduría de ellos me fortalece y me hace mejor a mí. Lo siento como una gracia que ellos me dan”, afirmó.

Elegir quedarse

A sus 28 años, Erick tomó una decisión que muchos jóvenes de su entorno no hicieron: permanecer en su territorio y vivir del tejido.

No fue un camino sencillo. Cuenta que en algunos momentos pasó hambre antes que vender una pieza por debajo de su valor. Decidió no regalar su trabajo y cobrar lo que consideraba justo. También dejó diversiones, salidas y encuentros. “Tenía que entregar un pedido”, resumió.

Su elección tuvo una razón profunda. Veía que el oficio se perdía y decidió aprovecharlo para salir adelante.

“Yo no me voy a ir a trabajar a llenarme los bolsillos, a deslomarme de albañil para los otros. Prefiero que me gane la reuma, que tarde o temprano nos va a dar, pero por hacer algo que mis antepasados hicieron”, aseveró. La frase que resume su decisión es contundente: “Prefiero morir en mi ley”.

El proceso antes del telar

El poncho destinado al Papa comenzó mucho antes de que Erick se sentara frente al telar. Todo inició con la esquila de ovejas y llamas.

Después vino el hilado. El artesano explica que el algodón y la llama requieren procesos distintos: tizar, hacer la “choca”, el “llusqui”, hilar en el huso, torcer el hilo, lavarlo, teñirlo y formar los ovillos. Solo entonces se arma el telar.

“Una vez que está el hilo en el telar, de acuerdo al poncho, capaz que en 15 o 20 días lo termino”, detalló. Pero el poncho del Papa le llevó unos dos meses.

El trabajo tiene un costo físico. Erick teje durante horas, de pie, y al final del día siente dolor en los riñones y los pies hinchados. “Por la noche no se puede hallar posición para dormir”, reconoció.

Lo que lleva el poncho

El encargo llegó del gobernador de Córdoba, Martín Llaryora. Erick no incorporó elementos nuevos: se basó en la simbología de su pueblo y en lo que le solicitaron.

Para él, la pieza contiene algo más que dibujos y colores. Lleva el sacrificio y el amor con el que su familia trabajó durante generaciones.

“Todo lo que he heredado es porque mis antepasados también le pusieron amor a los animales; por eso yo tengo ovejas”, dijo.

Recordó la casa de pirca y adobe donde se crió. No sabe qué antepasado la levantó, pero sabe que gracias a esa persona tuvo un techo.

“Eso vaya a saber cuál de mis antepasados lo levantó. Y gracias a ese antepasado yo tuve una casa”, reflexionó.

Una comunidad que acompaña

Erick también es representante de su comunidad. Antes de tomar decisiones, consulta a las familias.

Confiesa que temía una reacción negativa ante un encargo vinculado con la Iglesia. Pensaba que algunos podrían recordar el daño histórico sufrido por los pueblos originarios.

La respuesta fue distinta. “Me dijeron: ‘Mijo, métele, seguí adelante. A usted lo llamó el gobernador porque le reconocen su habilidad’”, relató.

Para su comunidad, el poncho representa algo más que un obsequio protocolar. Es la prueba de que, después de 500 años, siguen presentes.

“Representa que, aunque hayan pasado estos 500 años, nosotros seguimos con la misma fuerza, con la misma sabiduría”, transmitió Erick.

Despedirse de una creación

El poncho ya pasó a manos del área de Protocolo de la gobernación de la provincia de Córdoba. Erick no lo entregará personalmente.

Admitió que sentirse separado de la pieza le genera “una media cosita”. Para él, cada tela es como un hijo. “Han pasado tanto tiempo con uno que se termina encariñando”, reflexionó. Pero también entiende que cada obra tiene un destino.

“Uno tiene que entender que cada una tiene su rumbo y que fue tejida para cumplir una misión. Ahí hay que dejarlas continuar”, afirmó.

Lo que quedará

Cuando la visita termine y las cámaras se apaguen, Erick no espera un cambio inmediato. Dice que su comunidad ya logró lo principal: que su trabajo se visibilizara. “Tal vez el día de mañana las demandas de mi comunidad se hagan visibles”, agregó.

Su mirada final es serena. No habla de triunfo ni de reconocimiento personal, sino de gratitud.

“Hay que vivir agradecido día a día y entender que uno es una parte más de todo lo bonito”, concluyó.

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