Democracia, escuela y familia: en busca de los paraísos perdidos

Una mirada clara sobre los desafíos y el valor real de la democracia, la escuela y la familia en nuestra sociedad.

Nota de Opinión de La Redacción

por Osvaldo Dallera
Lic. en sociología y profesor de filosofía

 

No es ninguna novedad que el platonismo, con el paso de los siglos, caló hondo en la cultura occidental y, consecuentemente, en la conciencia de una inmensa mayoría de personas. Para que eso sucediera, no fue necesario que la gente haya leído o sentido nombrar los diálogos del filósofo griego. El platonismo se inoculó en la mente individual y colectiva como la presunción de que cada cosa (desde una silla hasta una República) tiene su perfección en una idea a la que hay que apuntar para conseguir que en la expresión concreta y empírica de lo que sea, se manifieste la verdad, la bondad y la belleza que habita en ese mundo inteligible que alberga y contiene la esencia ideal de todo lo que hay, existe, y puede existir (la silla perfecta, la república perfecta, verdadera, buena y bella).

Percibo con frecuencia, sobre todo entre personas pensantes y bien intencionadas, un interés genuino por perfeccionar platónicamente instituciones y sistemas que forman parte e influyen en gran medida en nuestra vida cotidiana; que orientan, a veces expanden, y otras veces limitan las potencialidades de los individuos que están dentro de la órbita de esas formaciones tan arraigadas en nuestra cultura. En concreto, escucho y leo a menudo que la democracia, la escuela y la familia, en nuestra época, presentan fallas, fisuras o defectos que no le son consustanciales, sino que afectan el funcionamiento de esos tres grandes componentes de la estructura y la sintonía social, por motivos coyunturales que pueden ser corregidos, haciendo los ajustes correspondientes y necesarios.

En otras palabras, según esta mirada, con las enmiendas apropiadas cada una de estas instituciones puede cumplir sus cometidos y su función de manera armónica, equilibrada, y para beneficio de todos y cada uno: de los ciudadanos en la democracia, de los alumnos y docentes en la escuela, y de los padres y los hijos en la familia.

Y aquí estamos nosotros penando porque, a pesar de las abundantes muestras de deficiencias que afectan el funcionamiento de las instituciones que nos ocupan, y de los efectos cada vez más preocupantes que padecen los miembros y usuarios de todas y cada una de ellas, muchos especialistas y opinadores en cuestiones políticas, pedagogos y expertos en cuestiones familiares siguen abordando los problemas y dificultades de sus propios territorios amparados bajo la sombra de un platonismo inconsciente del que emerge la idea de todas las ideas: que la verdad, la bondad y la belleza, es decir, los bienes ontológicos son, no sólo posiblemente alcanzables, sino también necesariamente realizables.

Respecto de la democracia, alguna vez se dijo que “con ella o en ella, se come, se cura y se educa”. He aquí el platonismo político moderno en su máxima expresión. Detrás de esa sentencia se esconde el deseo de hacer de la democracia una forma de gobierno cuya función y finalidad consiste en resolver problemas sociales.

Pero en la imperfección no platónica de la democracia se encuentra justamente su mérito y su objetivo que es, ni más ni menos, contener el conflicto social dentro de sus propios límites. Por lo tanto, la relación de la democracia con los problemas que se suceden y que provienen de la sociedad, la economía, la educación o el sistema de salud, no es una relación problema/solución.

Esto quiere decir que, a cada problema que se le plantea a la política, no le corresponde una hipotética solución que pueda ser generada con los recursos y los mecanismos de la democracia. Más bien, la relación entre la democracia y lo que pasa afuera de sus límites es una relación de alimentación temática que el mundo hace para que la democracia funcione, principalmente mediante disputas comunicacionales entre gobierno y oposición, y toma de decisiones para renovar indefinidamente el circuito conflicto-tematización-controversia oficialismo/oposición-toma de decisiones-nuevo conflicto… etc.

Esto significa que, por ejemplo, los problemas económicos y sociales lo único que hacen es darle de qué hablar a la política para que pueda seguir activa y, de ese modo, cumplir con su función social que no es otra que tomar decisiones (siempre riesgosas) que generan nuevas controversias, instalan nuevos temas, requieren la toma de nuevas decisiones y así indefinidamente, para seguir generando comunicación política dentro de los límites de la democracia.

En pocas palabras, el mérito y el objetivo de la democracia consiste en operar como una especie de amortiguador social convirtiendo los problemas reales en temas de comunicación que alimentan la convivencia entre gobierno y oposición en el escenario político.

Parece poco, pero con sólo imaginar (o recordar) qué es lo que pasa cuando los problemas, sobre todo sociales y económicos, se intentan resolver por afuera de la democracia, se entiende rápidamente lo valiosa que es esta forma de gobierno imperfecta, pero indispensable para la vida ciudadana.

Respecto de la educación, el problema de los pedagogos, de los funcionarios y de los especialistas en la materia es pensar que el sistema educativo, cada vez que exhibe sus fallas, se puede “reparar” modificando lo que salió mal o no dio resultados.

Desde la teoría de sistemas sociales se especula que la pedagogía moderna concibió el esquema reparador fracaso-reforma-fracaso-reforma…. y así indefinidamente. Cada fracaso del sistema educativo debe subsanarse con una reforma.

Perfección de los educandos, formación integral de la persona, capacidad de aprender, inclusión y equidad, son algunas de las fórmulas fracasadas que componen las bonitas páginas pedagógicas escritas en el transcurso de la modernidad.

Mal que les pese a los pedagogos, el sistema educativo no tiene arreglo, sencillamente porque el sistema se modifica y se transforma a sí mismo, mientras funciona, más rápidamente que nuestra capacidad de asimilación, y va en una dirección que apenas podemos conjeturar. Y eso es todo con lo que contamos.

Por eso la misma teoría recomienda seguir manteniendo vivo el funcionamiento del sistema educativo asumiendo que, tal como lo conocemos, es imperfecto, pero prescindir de sus servicios ocasionaría un costo social de tal envergadura que estaría muy por encima del empeño que se necesita para seguir contando con él, a pesar de sus fracasos.

Y en cuanto a la familia, todas las dificultades y patologías de los grupos familiares nacen de la forma en que se estructura la comunicación de los integrantes. Sin embargo, en cualquiera de sus formas o variantes es la institución social imprescindible de la que nadie puede prescindir para dar y recibir afecto.

Nuestra época terminó con las relaciones intrafamiliares verticales y rígidas y las reemplazó por vínculos entre los componentes del grupo más libres y desestructurados.

En cierto modo, esa libertad hizo de las familias modernas “sistemas sociales comunicativamente desinhibidos”. Esto quiere decir que cualquier miembro de una familia hoy puede decir (casi) cualquier cosa. Puede interpelar a otro miembro, puede hacer sugerencias, incluso también puede obrar sin tener que consultar o pedir permiso.

Cada miembro de la familia tiene su propio umbral de desinhibición porque, al observar que el otro o los otros también podrían decir o hacer según les plazca, ese potencial se neutraliza mutuamente.

Por eso, aunque está a su disposición, ningún miembro utiliza toda la desinhibición de la que es capaz. Cada uno sabe lo que puede y lo que no conviene decir frente a los otros, de tal forma que se expresa, pero al mismo tiempo se guarda lo que a su juicio puede exhibir los problemas familiares estructurales.

Dentro de este marco, cada uno cree que conoce más o menos bien a todos los demás. Con el paso del tiempo, uno empieza a darse cuenta de que los otros no son tan conocidos como nos parecían, pero claro, ya cada cual hizo de sus comunicaciones y de sus conductas para con los otros un estereotipo y entonces todos comienzan a comportarse como los demás esperan, porque de esa forma se evitan rispideces.

Desde luego, también pasa que las cosas no sean tan así y la conversación se transforme en pelea y la convivencia en huida.

Por todas esas cosas, a lo mejor, las familias tienen cada vez menos hijos, y cuando los tienen no saben muy bien qué hacer con ellos.

Y en esa coyuntura, ya sea porque se calla, se evita o se huye, unos y otros terminan pensando que lo mejor, para todos, es que cada uno tenga su propia mascota.

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