Mascotas como hijos: ciencia advierte riesgos

El Papa Francisco enfrentó una escena singular en 2015: una mujer pidió bendición para su bebé, pero mostró un perro. Esta anécdota ilustra la creciente humanización de mascotas, vista como familia por el 97% de dueños en Estados Unidos, según Pew Research Center. Expertos analizan beneficios y peligros de esta tendencia.

Foto: Web.

El perro como sustituto familiar

La relación entre humanos y caninos, forjada durante $35.000$ años, experimentó una transformación profunda.

Hoy, en el contexto de caída de la natalidad y aumento de hogares unipersonales, las mascotas, especialmente los perros, ocupan un rol intermedio: son humanizados, pero no humanos.

Este fenómeno, apodado ‘perrhijos’, refleja una necesidad innata de los humanos de cuidar a otros y recibir apoyo social. En países de la Unión Europea, mientras los nacimientos cayeron, la población canina se triplicó en una década.

En España, por ejemplo, los perros censados superan a los menores de $14$ años. En Estados Unidos, el $97\%$ de los dueños considera a sus animales como “familia“, y más de la mitad los percibe en igualdad de condiciones con un miembro humano, según datos del Pew Research Center.

La psicología refuerza esta conexión. Investigaciones citadas por la Harvard Gazette revelaron que, al observar fotos de su perro, se activan regiones cerebrales en las madres similares a las que se activan al ver a un bebé humano, evidencia del circuito del instinto de crianza.

Para muchas personas sin hijos, la mascota se convierte en un proyecto personal, llenando un vacío emocional y ofreciendo lo que los sociólogos denominan un “refugio” en una sociedad híper individualizada.

Las consecuencias de la antropomorfización extrema

El problema no reside en el vínculo emocional, sino en la antropomorfización, la tendencia a atribuir deseos, emociones y comportamientos humanos a otras especies. Diversos expertos, como la doctora en Bioética Jessica Pierce, sostienen que este amor, si bien motivado por el afecto, resulta perjudicial porque “no logramos satisfacer sus necesidades de comportamiento“.

El filósofo Roger Scruton fue más allá, calificando la sentimentalización extrema como un “amor simulado” que destruye la posibilidad de una relación cordial al imponer al animal roles que no puede comprender ni cumplir.

Desde la perspectiva del bienestar animal, los veterinarios detallan que estas prácticas dañan la salud física y emocional de las mascotas. Un estudio en el National Center for Biotechnology Information advirtió que ciertas prácticas pueden incluso producir deshidratación o choque térmico.

  • Riesgos Físicos: Dar alimentos humanos causa malnutrición y obesidad. El uso excesivo de ropa o cosméticos altera la termorregulación, pues los perros no sudan.
  • Riesgos Comportamentales: Transportar a los perros en carriolas o en brazos limita su libertad y movimiento, pudiendo causar atrofia muscular o ansiedad por separación. Asimismo, no permitir al perro expresar su comportamiento natural (oler el suelo, pasear libremente) genera estrés.

La vicepresidenta europea de PETA, Mimi Bekhechi, indicó que la prioridad es garantizar un hábitat adecuado, ejercicio y la posibilidad de expresar un comportamiento natural, en lugar de disfrazar a los animales o incluirlos en rutinas humanas para las que no están adaptados.

La paradoja del afecto y el abandono

Paradójicamente, la humanización excesiva y las expectativas irreales pueden llevar al extremo opuesto: el abandono. Muchos dueños que han adoptado una visión paternal de sus mascotas experimentan “culpa parental“, pero cuando el animal no cumple el rol esperado o la responsabilidad se vuelve demasiado grande, el vínculo se quiebra.

Según PETA, las razones principales de entrega a refugios incluyen: “es muy caro”, “me mudé a un lugar más pequeño” o “ya no es tan bonito”. En $2023$, más de $6.5$ millones de perros y gatos ingresaron a refugios solo en Estados Unidos, con cientos de miles de muertes reportadas.

El hecho de que la humanización se dé a la par de la millonaria industria de las mascotas refuerza la idea de que la tendencia responde a una necesidad humana de consumo y afecto, que no siempre prioriza la naturaleza real del animal.

El equilibrio entre cariño y naturaleza

Los sociólogos y especialistas coinciden en que este cambio cultural, si bien refleja la fragilidad de los vínculos humanos modernos, debe encontrar un límite. El catedrático Eduardo Bericat advierte que “el riesgo está en el exceso“.

La clave para un vínculo sano, según la médica veterinaria Karina Lezama, es “comprender la anatomía y fisiología de las mascotas ayuda a respetar su verdadera naturaleza“. El desafío para una sociedad que expandió la definición de familia es diferenciar entre el afecto, que es beneficioso para ambas partes, y la imposición de roles humanos, que finalmente daña al animal.

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