los estadounidenses le dicen “no” a otra guerra

A pesar del éxito mediático de la captura de Maduro, las últimas encuestas en Estados Unidos revelan un escaso apoyo social a una intervención militar prolongada en Venezuela. El electorado de Donald Trump, aunque celebra el golpe táctico, muestra señales de agotamiento frente a misiones de ocupación que revivan los fantasmas de Irak o Afganistán.

La euforia inicial en la Casa Blanca por el éxito de la “Operación Resolución Absoluta” parece haber chocado con un muro de pragmatismo doméstico. Según un análisis de sondeos de AP-NORC, Washington Post y Quinnipiac, la sociedad estadounidense no comparte el entusiasmo por una expansión del conflicto. Solo una cuarta parte de los ciudadanos sitúa la política exterior entre sus prioridades para 2026, mientras que temas como la atención médica y el costo de vida dominan la agenda pública. Venezuela, antes del operativo de extracción, ni siquiera figuraba en el radar de preocupaciones de la mayoría del electorado.

Incluso con Nicolás Maduro bajo custodia en Nueva York, el respaldo a la intervención armada es frágil. Una encuesta del Washington Post muestra a la población prácticamente partida al medio: un 40% aprobó el envío de fuerzas para la captura, frente a un 42% que se manifestó en contra. Sin embargo, la contundencia aparece al consultar sobre el futuro político del país caribeño. Casi la mitad de los encuestados (45%) rechaza que Estados Unidos tome el control de Venezuela, y una abrumadora mayoría de 9 de cada 10 estadounidenses sostiene que el nuevo liderazgo debe ser decidido exclusivamente por los venezolanos. 

La reflexión que imponen estos datos apunta a un desajuste entre la retórica de Donald Trump y su propia base electoral. Aunque el mandatario utiliza el combate al narcotráfico como bandera, solo uno de cada diez republicanos considera que el país debería involucrarse más en los asuntos del mundo. El votante que llevó a Trump al poder en 2024 lo hizo bajo la promesa de “Estados Unidos primero” y el fin de las “guerras eternas”. La idea de una misión de reconstrucción nacional en Sudamérica revive los fantasmas de Irak y Afganistán, escenarios que el ciudadano promedio no está dispuesto a reeditar.

Desde el punto de vista analítico, el escenario revela que el éxito táctico de la captura no se traduce automáticamente en un cheque en blanco político. La reticencia social obliga a la administración republicana a moverse con cautela: cualquier intento de establecer un gobierno tutelado por Washington podría erosionar la popularidad de Trump justo cuando busca consolidar su hegemonía interna. Para la sociedad norteamericana, la prioridad sigue siendo la economía del bolsillo, y el despliegue militar en el Caribe es visto más como una distracción costosa que como una solución a los problemas reales de seguridad.

En definitiva, las encuestas trazan un marco claro: existe un margen para operaciones quirúrgicas de captura, pero no hay consenso para una ocupación de largo aliento. Si la Casa Blanca decide ignorar estas señales y profundiza la intervención, corre el riesgo de enfrentarse a su propio electorado. En 2026, el “garrote” tiene un límite definido por la fatiga bélica y la urgencia de estabilidad doméstica, recordándole al poder político que la soberanía de los pueblos vecinos es un principio que, al menos en los sondeos, los estadounidenses prefieren respetar.

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