En un país que necesita previsibilidad, la calidad estadística es parte central de la estabilidad. La transparencia no es una consigna, es una práctica concreta.
En un país que necesita previsibilidad, la calidad estadística es parte central de la estabilidad. La transparencia no es una consigna, es una práctica concreta.

Por Sergio Candelo, co-founder de Snoop Consulting
La inflación de enero fue de 2,9%. El dato quedó por encima de lo que anticipaban varias consultoras privadas y volvió a instalar la sensación de que cada décima importa.
En un contexto donde el proceso de desinflación es observado con lupa por el mercado y la sociedad, cualquier desvío genera inquietud. Sin embargo, el foco no debería estar solamente en el número final, sino en cómo se construye ese número.
La Argentina sigue midiendo la inflación con una estructura de ponderaciones basada en hábitos de consumo de 2004.
Es decir, el índice que hoy define expectativas, decisiones de inversión, paritarias y política económica se apoya en una fotografía de hace veinte años. En esa canasta, el rubro Alimentos y Bebidas representa el 26,9% del total. No se trata de minimizar la relevancia de los alimentos en el presupuesto familiar, sino de reconocer que la composición del gasto cambió de manera sustantiva en dos décadas.
La economía actual incorpora consumos que en 2004 tenían una incidencia marginal o directamente no existían. Servicios de conectividad, plataformas digitales, telefonía móvil, suscripciones y múltiples gastos asociados a la vida urbana contemporánea hoy ocupan una porción significativa del ingreso de los hogares.
Sin embargo, esa transformación estructural no está plenamente reflejada en la ponderación vigente del IPC.
En enero, los alimentos subieron 4,7%, muy por encima del promedio general. Dado su peso en la canasta actual, ese aumento tuvo un impacto decisivo en el resultado final de 2,9%. El dato no es incorrecto desde el punto de vista técnico. Es consistente con la metodología aplicada. Pero sí puede estar amplificando el efecto de un rubro cuyo peso relativo en el consumo real actual sería menor si se utilizara una estructura más actualizada, donde Alimentos y Bebidas pasan a representar 22,7%.
La discusión, entonces, no es política sino metodológica. Y ahí es donde aparece una oportunidad de gestión transparente y confiable. Una transición ordenada podría despejar dudas y fortalecer la credibilidad del sistema estadístico. Una alternativa razonable sería recalcular todo 2025 con la nueva canasta para contar con una serie homogénea y comparable.
Luego, durante 2026, publicar mensualmente ambos índices en paralelo, permitiendo que el mercado, los analistas y la ciudadanía observen con claridad las diferencias metodológicas. Finalmente, a partir de 2027, consolidar definitivamente el nuevo índice como referencia única.
Este esquema no implica alterar datos ni suavizar resultados. Implica, por el contrario, exponer toda la información disponible y dejar que la evidencia hable por sí sola. En economías que buscan consolidar confianza, la transparencia no es una consigna; es una práctica concreta.
La inflación es la que es. Pero si el instrumento de medición no refleja con precisión cómo gastan hoy las familias, la discusión pública termina apoyándose en una estructura desactualizada. En un país que necesita previsibilidad, la calidad estadística es parte central de la estabilidad.
Los datos no se negocian ni se ocultan. Se muestran completos, comparables y con reglas claras. Solo así el 2,9% deja de ser una controversia coyuntural y se convierte en información sólida para evaluar el rumbo económico.
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