Las sedes mundialistas del fútbol han funcionado como cortinas de humo ante guerras y caos político en distintos países
Las sedes mundialistas del fútbol han funcionado como cortinas de humo ante guerras y caos político en distintos países

La historia de la Copa del Mundo de la FIFA no es solo una cronología de jugadas épicas y estadios monumentales; es, en gran medida, un catálogo de “lavado de imagen” o sportwashing. Desde sus inicios, el poder político ha entendido que un balón rodando es capaz de hipnotizar a las masas mientras, tras las tribunas, se ejecutan agendas que el mundo preferiría no mirar ¿Son las sedes mundialistas una recompensa deportiva o una herramienta para normalizar regímenes y desviar la mirada de conflictos bélicos? La respuesta parece esconderse en el césped.
El Mundial de Francia 1938 fue el ensayo general de la tragedia. Mientras el gobierno de Édouard Daladier intentaba desesperadamente sostener una paz ficticia mediante los Acuerdos de Múnich, el fútbol se convirtió en un campo de batalla ideológico.
La Italia de Mussolini llegó a Francia para defender su título no solo con goles, sino con uniformes negros y el saludo romano, bajo la consigna “Vencer o morir”. El torneo fue la última gran distracción antes de que la maquinaria de la Segunda Guerra Mundial devorara a Europa. La ausencia de Austria (anexionada por la Alemania nazi) fue el recordatorio más crudo de que la política ya se había devorado al deporte.
El ejemplo más macabro ocurrió en 1978. Mientras Mario Kempes celebraba los goles que darían a Argentina su primera estrella, a pocos metros del Estadio Monumental, en la ESMA, se torturaba a ciudadanos. La dictadura de Jorge Rafael Videla invirtió sumas astronómicas para proyectar una imagen de “orden” en un país desangrado por las desapariciones. El fútbol sirvió para que el mundo viera papelitos de colores en lugar de centros clandestinos de detención.
El Mundial de 2018 fue la pieza maestra de propaganda de Vladimir Putin. Rusia se presentó como una potencia moderna y amigable mientras el Kremlin ya consolidaba la infraestructura militar tras la anexión de Crimea en 2014. El torneo fue la “anestesia” perfecta para que la comunidad internacional relajara las sanciones, permitiendo a Rusia reinsertarse en el tablero global justo antes de desencadenar la invasión a gran escala de Ucrania.
Llegamos a este 2026, donde el torneo se expande por Norteamérica, con Estados Unidos como actor principal, pero con México y Canadá como sedes secundarias clave. La narrativa de “unidad continental” se estrella contra una realidad violenta y geopolíticamente densa. Mientras Washington utiliza el evento para reafirmar su hegemonía cultural y suavizar las críticas por su rol en conflictos armados y acciones militares en el extranjero, sus socios enfrentan crisis internas profundas. En México, el clima de seguridad ha implosionado tras la reciente muerte del capo narco “El Mencho”, desatando una oleada de violencia y guerras sucesorias entre carteles que ponen en jaque la logística del torneo. Por su parte, Canadá lidia con sus propias tensiones sociales, completando un cuadro donde el fútbol intenta, una vez más, servir de anestesia ante un continente marcado por la desigualdad, el narcotráfico y el intervencionismo militar.
¿Es posible separar el deporte de la política? La evidencia sugiere que no. La FIFA, bajo una supuesta neutralidad, ha permitido que el campo de juego sea el tapiz donde se ocultan crímenes y ambiciones imperiales. Mientras celebramos el próximo gol, debemos preguntarnos: ¿Qué es lo que este espectáculo no nos está dejando ver? El fútbol es pasión, pero en manos del poder, es también el silencio más ruidoso del mundo.
En diálogo exclusivo con LA NACION, el legendario líder de los Rolling Stones presentó su álbum Foreign Tongues. El cantante elogió la pasión del público local, anticipó una gira mundial para 2027 y recordó con melancolía la separación de The Beatles.
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