La Ley de Glaciares está en el centro de una batalla política, ambiental y económica que define buena parte de la agenda legislativa de 2026. El Senado aprobó el proyecto del Ejecutivo con 40 votos afirmativos, 31 negativos y una abstención, y el debate pasa ahora a la Cámara de Diputados, donde la oposición ya logró frenar el cronograma acelerado que pretendía el Gobierno y empujó el tratamiento a mediados de abril. Para entender por qué importa tanto, hay que empezar por el principio.
La ley vigente data de 2010 y define como glaciar a toda masa de hielo, estable o que fluye lentamente, con o sin agua en su interior. En alta montaña, también protege el ambiente periglacial: las áreas con suelos congelados que actúan como reguladores del recurso hídrico. La norma prohíbe expresamente en esas zonas la exploración y explotación minera e hidrocarburífera, la instalación de industrias, la construcción de obras de infraestructura que puedan alterar la dinámica natural del hielo y el almacenamiento de sustancias tóxicas.
Para individualizar esas reservas, la ley creó el Inventario Nacional de Glaciares, a cargo del Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales (IANIGLA), organismo del CONICET. Según ese inventario, Argentina cuenta con 16.968 cuerpos de hielo en 8.484 kilómetros cuadrados, una superficie equivalente a 41 veces la Ciudad de Buenos Aires. La inmensa mayoría se ubica en la Cordillera de los Andes. Estudios científicos registraron en la última década retrocesos significativos: en el noroeste argentino, por ejemplo, el hielo descubierto se redujo un 17% y los manchones de nieve perenne se contrajeron un 23%, con el cambio climático como principal factor.