un millón de repartidores ¿refugio laboral o precarización récord?

Transporte y delivery digital se consolidan ante la falta de empleo formal

En el Buenos Aires de 2026, la postal urbana es inconfundible: un enjambre de mochilas térmicas y autos particulares con el soporte del celular en el parabrisas. Lo que comenzó como una alternativa para generar “ingresos extra” se ha consolidado como la columna vertebral de la economía doméstica para 1.100.000 argentinos. Según relevamientos de cámaras del sector y sindicatos como SiTraRepA, la red se distribuye hoy en una masa crítica de 900.000 conductores y 200.000 repartidores, reflejando una dependencia estructural de la tecnología frente a la parálisis del empleo privado tradicional.

El mapa de las plataformas: ¿Quién manda en la calle?

El mercado está atomizado, pero con líderes claros que dictan las reglas del juego diario. En el segmento del transporte de pasajeros, Uber mantiene su hegemonía por volumen, aunque DiDi ha ganado terreno agresivamente en el Gran Buenos Aires mediante esquemas de incentivos y comisiones más bajas para el chofer. Por su parte, Cabify se posiciona como la opción predilecta para el segmento corporativo y usuarios que buscan mayor previsibilidad legal, registrando un crecimiento del 38% en su base de conductores durante el último año.

En el mundo del delivery, la batalla es bicefálica. PedidosYa domina la capilaridad territorial, extendiéndose con fuerza hacia el interior del país y el conurbano, mientras que Rappi sostiene su fortaleza en los centros urbanos de alta densidad (CABA, Córdoba, Rosario) apostando a su programa de suscripciones y servicios premium. En paralelo, apps de servicios como Zolvers (limpieza y mantenimiento) empiezan a asomar con números crecientes, aunque todavía lejos del volumen masivo del transporte.

La matemática de la supervivencia

La realidad detrás del algoritmo es una carrera de resistencia. Para que un repartidor logre cubrir la Canasta Básica Total y los costos operativos (monotributo, datos móviles, mantenimiento de la bicicleta o moto), debe completar al menos 454 pedidos mensuales. Con entregas que promedian entre $1.200 y $3.033, las jornadas se han estirado de forma alarmante: hoy el estándar es de 10 a 12 horas diarias, seis días a la semana.

El ingreso bruto mensual ronda los $1,3 millones, una cifra que a simple vista compite con salarios de comercio o industria, pero que se desmorona al descontar los gastos que el trabajador asume íntegramente. Un chofer de app, por ejemplo, percibe unos $750.000 semanales, pero debe afrontar el aumento del combustible, el seguro contra terceros y la amortización de un vehículo que se desgasta a un ritmo tres veces superior al uso particular.

Un nuevo perfil: El profesional del algoritmo

El estereotipo del joven repartidor ha quedado obsoleto. La edad promedio hoy es de 36 años para delivery y 42 años para transporte. Lo más llamativo es el nivel de formación: el 25% de los trabajadores cuenta con estudios superiores completos. Abogados, docentes y técnicos administrativos hoy “pedalean” o “manejan” ante la falta de vacantes en sus áreas de origen.

Además, la brecha de género está cediendo: el 30% de la fuerza laboral ya son mujeres, quienes encuentran en la flexibilidad horaria una herramienta —muchas veces precaria— para conciliar la crianza con la generación de ingresos en hogares donde el salario único ya no alcanza.

El dilema de 2026

El auge de estas apps refleja una tensión que la legislación argentina aún no resuelve. La Reforma Laboral y los fallos recientes sobre la actualización de deudas (como el caso del juez Ojeda) ponen en duda si este modelo de “socio-repartidor” es sostenible sin una red de protección social mínima. Mientras el Estado y las empresas discuten la letra chica, más de un millón de argentinos siguen encendiendo la aplicación cada mañana, sabiendo que su jefe es un código y su oficina, la calle.

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