Un brazo robótico autónomo desarrollado por Sony AI derrotó a élite y profesionales del tenis de mesa en partidos oficiales, con latencia de reacción de 20 milisegundos y avances en sensores y aprendizaje por refuerzo.
Un brazo robótico autónomo desarrollado por Sony AI derrotó a élite y profesionales del tenis de mesa en partidos oficiales, con latencia de reacción de 20 milisegundos y avances en sensores y aprendizaje por refuerzo.

La inteligencia artificial conquistó hitos históricos en entornos digitales, como el ajedrez con Deep Blue o el Go con AlphaGo. Sin embargo, el mundo físico representaba una frontera compleja debido a la necesidad de coordinar percepción y movimiento en milisegundos.
El proyecto Ace, dirigido por Peter Dürr en Zúrich, Suiza, rompió esta barrera al trasladar el aprendizaje por refuerzo de los videojuegos a un brazo robótico con ocho articulaciones.
Sin embargo, el sistema de Sony AI no utiliza un modelo preestablecido de juego, sino que aprendió mediante simulaciones equivalentes a miles de horas de experiencia. Para interactuar en la cancha, la máquina emplea sensores basados en eventos que detectan cambios mínimos de brillo y movimiento, junto a nueve cámaras de alta velocidad. Mientras un atleta promedio requiere 230 milisegundos para reaccionar, la latencia total de este sistema es de tan solo 20 milisegundos.
Los primeros experimentos enfrentaron al robot contra cinco jugadores de nivel élite y dos profesionales. En esa etapa inicial, Ace ganó tres de sus cinco partidos ante los aficionados avanzados, aunque no logró superar a los profesionales en los encuentros completos.
No obstante, la evolución tecnológica durante 2025 y el primer trimestre de 2026 modificó el panorama competitivo de forma definitiva.
En diciembre de 2025, el robot registró su primera victoria frente a un profesional. Tres meses después, en marzo de 2026, la máquina venció a tres figuras del circuito internacional: la jugadora Miyuu Kihara, ubicada entre las 25 mejores del mundo, y los profesionales masculinos Tonin Ryuzaki y Fumiya Igarashi. Estos resultados sugieren que la precisión mecánica comenzó a cerrar la brecha con la intuición humana.
La ausencia de lenguaje corporal en Ace presentó un desafío psicológico para sus oponentes. Los deportistas señalaron que la incapacidad de leer el rostro del rival dificultaba la anticipación del juego.
Paralelamente, el robot demostró habilidades no entrenadas, como la resolución de rebotes inesperados en la red, una capacidad que el equipo de Sony AI calificó como “surgida” de forma autónoma durante la práctica.
El impacto de este avance trasciende el ámbito deportivo. Kinjiro Nakamura, ex olímpico, observó que ciertas técnicas ejecutadas por Ace eran consideradas imposibles para un humano hasta que las vio en acción.
Este fenómeno sugiere que la inteligencia artificial no solo compite contra el hombre, sino que funciona como un catalizador para expandir los límites del rendimiento físico.
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