Este martes 16 de junio se cumple el 71° aniversario del bombardeo a Plaza de Mayo, una histórica masacre en la Ciudad de Buenos Aires que dio inicio al proceso que culminaría con el golpe de Estado de septiembre de 1955 para derrocar al presidente Juan Domingo Perón. Aquel trágico día de invierno, la Aviación de la Armada y parte de la Fuerza Aérea lanzaron 14 toneladas de bombas sobre la emblemática plaza como parte de una feroz sublevación militar durante el segundo mandato del peronismo. Como consecuencia del ataque, asesinaron a más de 350 personas e hirieron a más de 2000, dejando una profunda herida que, a pesar del brutal número de víctimas, quedó completamente impune.
El asalto comenzó alrededor de las 12:40 en un jueves nublado y frío, mientras una multitud contemplaba un desfile militar. El jefe aviador golpista, capitán Néstor Noriega, se negó a posponer las acciones a pesar de las condiciones climáticas desfavorables y ordenó un ataque continuo con una línea de 40 aviones de combate que se reabastecían en Ezeiza y Aeroparque. Las aeronaves llevaban pintada en su fuselaje la insignia “Cristo Vence”. En la primera oleada, una de las bombas impactó de lleno contra un trolebús repleto de trabajadores, provocando una matanza inmediata. El objetivo principal de los rebeldes era matar al General Perón —quien logró salvar su vida al refugiarse en los subsuelos del Ministerio de Ejército— e infundir terror en la población en su lugar de manifestación predilecto.
En medio de la destrucción masiva, emergió la figura del joven teniente de la Fuerza Aérea, Ernesto «Muñeco» Adradas, quien se convirtió en héroe al salvar miles de vidas en lo que constituyó el primer combate aéreo con aviones a reacción en Sudamérica. Tras recibir la orden del brigadier Juan Fabri de derribar cualquier aeronave enemiga, Adradas despegó de la base de Morón en medio de una escuadrilla plagada de sospechas por pilotos traidores. Con gran destreza, persiguió a los atacantes y logró dañar gravemente a uno de ellos tras disparar en diez oportunidades, forzando al piloto golpista a eyectarse en paracaídas. Meses después, tras consolidarse el golpe de septiembre, Adradas volvió a combatir defendiendo la destilería de YPF en La Plata, pero fue arrestado, juzgado y forzado al retiro en 1956. Más tarde trabajaría como remisero y fumigador hasta ingresar a Aerolíneas Argentinas, participando activamente en la resistencia peronista y siendo elegido por el propio Perón para integrar la tripulación del vuelo que lo trajo de regreso del exilio en 1973.
El trasfondo político y el rol clave de la Iglesia Católica
La antesala de la masacre estuvo marcada por una creciente puja social y económica. Aunque el peronismo venía de imponerse en las elecciones con el 62,54% de los votos para cubrir la vacante del fallecido Hortensio Quijano, la oposición de la Sociedad Rural, sectores militares de la Marina y la Iglesia Católica se había movilizado de manera extrema. El detonante clave que sirvió de excusa para los golpistas fue el fuerte enfrentamiento del Gobierno con la institución eclesiástica, desatado tras la aprobación de la ley de divorcio en 1954, la eliminación de la enseñanza religiosa en las escuelas y la posterior convocatoria a una Convención Constituyente para declarar un Estado laico.