Túneles, cisternas, conventos y objetos coloniales permanecen intactos bajo las calles de Buenos Aires y revelan una historia que todavía sigue siendo excavada.
Túneles, cisternas, conventos y objetos coloniales permanecen intactos bajo las calles de Buenos Aires y revelan una historia que todavía sigue siendo excavada.

Miles de personas caminan cada día por las peatonales Florida, Reconquista, Perú o Defensa sin imaginar que, a pocos metros bajo sus pies, sobrevive una Buenos Aires que nunca desapareció. Restos de casas coloniales, túneles jesuíticos, antiguas cisternas, vajilla del siglo XVIII, cimientos de conventos y hasta fósiles de animales prehistóricos permanecen ocultos bajo el Microcentro, conformando una verdadera ciudad subterránea que la arqueología continúa descubriendo.
Mientras la Ciudad impulsa un plan para revitalizar el Casco Histórico con nuevas viviendas, comercios y espacios públicos, arqueólogos trabajan paralelamente para rescatar los vestigios materiales de la Buenos Aires colonial, una tarea que permite reconstruir cómo vivían los primeros habitantes de la ciudad.
“Cuando excavamos no buscamos tesoros. Buscamos historias“, resume Horacio Padula, subgerente de Gestión Patrimonial y Arqueología de la Dirección General de Patrimonio, Museos y Casco Histórico porteña.
Uno de los trabajos más recientes se desarrolla en la histórica Casa Blaquier, sobre la calle Defensa. Allí, especialistas excavan cuidadosamente utilizando cucharines, espátulas y pinceles para analizar cada centímetro del terreno.
La arqueología urbana trabaja con la llamada estratigrafía, una técnica que permite leer las distintas capas del suelo como si fueran páginas de un libro. Cada nivel corresponde a un período histórico diferente.
Hasta el momento ya aparecieron objetos fechados entre 1820 y 1830, aunque los especialistas esperan encontrar evidencias aún más antiguas a medida que avancen las excavaciones.
Botellas, cerámicas, huesos de animales, fragmentos de vajilla, botones y restos de antiguas construcciones permiten reconstruir aspectos cotidianos de la vida porteña durante los siglos XVII, XVIII y XIX.

Mas ande otro criollo pasa Martín Fierro ha de pasar, Nada la hace recular Ni las fantasmas lo espantan; Y dende que todos cantan Yo también quiero cantar.

“Sabemos que esta zona tiene muchísimo potencial arqueológico. Incluso pueden aparecer evidencias vinculadas con la presencia jesuítica”, explica Padula.
Para la periodista e investigadora urbana Mariela Blanco, Buenos Aires conserva mucho más patrimonio del que habitualmente se imagina.
“La ciudad fue creciendo sobre sí misma. Muchas construcciones desaparecieron en la superficie, pero permanecieron enterradas. Gracias a la arqueología urbana hoy podemos recuperar parte de esa historia”, sostiene.
Esa superposición de épocas convierte al Casco Histórico en una especie de rompecabezas donde conviven edificios modernos con estructuras construidas hace más de tres siglos.
El mejor ejemplo es la Manzana de las Luces, uno de los conjuntos históricos más importantes del país. Allí todavía pueden recorrerse patios coloniales, galerías y antiguos túneles construidos por los jesuitas durante el período colonial.
Durante décadas circularon historias sobre una gigantesca red de pasadizos que uniría iglesias, conventos y edificios públicos de la antigua Buenos Aires. Sin embargo, los especialistas descartan esa idea. El arquitecto e investigador Eduardo Sprovieri explica que en la ciudad existen tres grandes tipos de túneles: los coloniales, los del subterráneo y los antiguos arroyos entubados.
“No existe evidencia de una enorme red subterránea que conecte toda Buenos Aires“, aclara.
Entre los más conocidos figuran los de la Iglesia de San Ignacio, la Manzana de las Luces, el Zanjón de Granados y algunos pasadizos vinculados con la iglesia de Santa Felicitas. Cada uno fue construido con técnicas diferentes y habría tenido funciones específicas, principalmente vinculadas al almacenamiento, circulación interna o conducción de agua.
Uno de los hallazgos arqueológicos más importantes de los últimos años apareció casi por casualidad. Durante una obra privada realizada en Moreno 550, en pleno Casco Histórico, los obreros encontraron una gigantesca cisterna enterrada con capacidad cercana a los 300.000 litros de agua. El descubrimiento modificó completamente el proyecto inmobiliario y dio origen al actual Paseo de la Cisterna, un museo de sitio que conserva tanto la estructura original como miles de objetos recuperados durante las excavaciones.

En total, los arqueólogos rescataron más de 15.000 piezas, muchas de ellas pertenecientes al período en que la propiedad fue residencia de Juan Manuel de Rosas y Encarnación Ezcurra. Entre los elementos más llamativos aparecen platos de loza inglesa con inscripciones federales como “Viva la Santa Federación” y “Federación o muerte”, encargados especialmente durante el gobierno rosista.
Otro de los espacios más emblemáticos es el Zanjón de Granados, en San Telmo. Allí, un proyecto de restauración iniciado en la década de 1980 permitió recuperar antiguos conductos, aljibes, cisternas y cimientos que recorren más de cuatro siglos de historia porteña.
Además de restos coloniales, los especialistas también encontraron placas fósiles de gliptodontes, animales que habitaron la región pampeana hace más de 10.000 años, demostrando que el subsuelo porteño conserva testimonios de épocas mucho anteriores a la fundación de Buenos Aires. Mientras el Gobierno porteño impulsa la recuperación del Microcentro para atraer nuevos vecinos y revitalizar la actividad comercial, cada nueva obra representa también una oportunidad para descubrir nuevas páginas de la historia de la ciudad.
Los arqueólogos explican que muchas veces los hallazgos no son espectaculares: un botón, una botella rota o un plato pueden parecer objetos insignificantes. Sin embargo, cada uno aporta información sobre cómo vivían, qué consumían y cómo era la vida cotidiana de los porteños hace más de dos siglos. Porque debajo del ritmo frenético del Microcentro, Buenos Aires todavía guarda una ciudad entera esperando ser descubierta.
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