Los días posteriores a la derrota de Argentina ante España en la final de la Copa del Mundo siguen padeciendo la locura de no entender por qué Messi no pudo coronar nuevamente. Se siguen repitiendo en loop como un rulo interminable las imágenes de Molina empujando a Williams, de Simeone acomodándose las medias y soltando la marca de Ferran, de Senesi a punto de hacer un gol que no pudo ser y sobre todo el llanto del 10 como el de Maradona en Italia 90.
Todos intentando hacer volver el imposible tiempo atrás para cambiarlo y que no pase eso que sucedió, que España fue un justo ganador. Lo que no se entiende se rechaza, lo que no se razona se expulsa, pasa en la vida y pasa en el fútbol. Tomarse el esforzado trabajo de comprender no es una costumbre de estos años que nos toca vivir. Es mucho más cómodo y confortable enojarse, patalear y, cuando eso sucede, nada mejor que una buena teoría conspirativa.
Hija no reconocida de las redes sociales, la impunidad del desvarío caga a patadas a la realidad. Basta un video de una decena de segundos y una frase sin contexto como la de Messi al salir del vestuario cuando dijo “olvidémonos de todo” para soltar a los perros hambrientos de la insensatez por las rutas de internet y que se devoren todo a su paso.
Que bajó Infantino al vestuario y les dijo a los líderes que no iban a ganar, que una bandera de Las Malvinas fue la culpable, que Romero y Martínez salieron dudosamente y no saludaron a Donald Trump, que Messi dijo que no llegamos a fin de mes y Milei se enojó y llamó a Estados Unidos, que le tocaba a España por Europa y una ensalada de otras razones imposibles de explicar con medio dedo de frente.
Finalmente, si no quieren creer que Argentina perdió porque los otros fueron mejores, porque no pateó al arco en una hora, porque el rival tiene un invicto de 38 partidos y ya le había ganado dos veces a Francia, porque tiene una camada de jugadores campeones en los mejores equipos de las grandes ligas, porque Argentina llegó estropeada desde lo físico y porque jugó con uno menos en todo el suplementario, entre algunas razones evidentes, no hay nada que hacer. Sería discutir o argumentarle a una pared sin revoque.
Es todo un signo de la actualidad: el razonamiento de una acelga. De qué vale advertir dónde andarían hoy todas esas teorías conspirativas si Gio Simeone le acertaba al arco y el partido iba a los penales. O qué hubiera sucedido si el centro de Messi lo hubiera metido en contra de su arco Cubarsí. Es fútbol, suele pasar y se entiende, en general en algún lugar hay que poner las derrotas inesperadas.
De todos modos, lo grave es que sucede en casi todos los ámbitos del mundo: la reflexión y el proceso de entendimiento siguen siendo una pelota pinchada y descosida que hace rato abandonaron en la bolsa de los residuos. La derrota pasará, pero quedará la facilidad con la que una sociedad empieza a preferir cualquier mentira antes que una explicación que no tiene ganas de escuchar.