El agua resulta indispensable para el correcto funcionamiento del sistema nervioso central. Facilita la transmisión de impulsos eléctricos neuronales, distribuye nutrientes esenciales y permite la eliminación de toxinas durante el descanso nocturno.
Sin embargo, investigaciones recientes han comenzado a medir con precisión cómo la pérdida de líquidos afecta la arquitectura del pensamiento y la capacidad de resolver problemas cotidianos.
Un experimento desarrollado por los investigadores Nicolas Patsalos y Volkan Thoma evaluó el rendimiento cognitivo de adultos expuestos a 12 horas de ayuno hídrico. Tras consumir 500 mililitros de agua, los participantes mostraron mejoras significativas en la Prueba de Reflexión Cognitiva.
Este examen mide la habilidad para suprimir respuestas automáticas e intuitivas —el denominado Sistema 1 de procesamiento mental— y activar el Sistema 2, orientado a un pensamiento analítico y normativamente correcto.
Mecanismos cerebrales ante la falta de líquido
La deshidratación induce un descenso en la irrigación sanguínea hacia la corteza cingulada anterior, región involucrada en los procesos de inhibición y control atencional.
Asimismo, la restricción de líquidos incrementa la liberación de cortisol, hormona del estrés que interfiere en las funciones ejecutivas. Experimentos liderados por Matthew Kempton en el King’s College de Londres confirmaron mediante resonancia magnética que, ante la falta de agua, la red frontoparietal del cerebro registra una hiperactivación para completar tareas de atención sostenida. Este fenómeno implica un consumo energético superior, similar al de un vehículo que requiere más combustible para recorrer la misma distancia.
Los efectos se acentúan a partir de una pérdida del 2% de la masa corporal. Experimentos previos realizados por investigadores como Sharma y Gopinathan demostraron que este nivel de deshidratación afecta el cálculo matemático, la memoria de trabajo y la coordinación psicomotora.
La vulnerabilidad cambia significativamente con la edad: en adultos mayores, la deshidratación prolongada empeora los síntomas de la demencia al dificultar la eliminación de proteínas mal plegadas en el cerebro.