Un reciente informe internacional expuso la profunda fragilidad que atraviesa el mercado crediticio nacional. Según un relevamiento exhaustivo que abarcó a 16 países, el sistema bancario de la Argentina registra el mayor nivel de morosidad de América Latina, con un alarmante 7,3% de su cartera de préstamos al sector privado en situación irregular. Esta cifra no solo lidera el ranking, sino que más que duplica el promedio regional, que se ubica en un 2,78%.
Los datos, correspondientes al primer trimestre de 2026, fueron publicados por la Federación Latinoamericana de Bancos (Felaban), una entidad que agrupa a 540 instituciones financieras de todo el continente. El escenario argentino contrasta fuertemente con el de las economías vecinas. Mientras que detrás de Argentina se ubican Brasil (4,3%) y Colombia (3,7%) con índices manejables, en el otro extremo de la tabla destacan países con una cultura de pago y estabilidad sumamente sólida, como República Dominicana (1,1%), El Salvador (1,4%) y Uruguay (1,7%).
El volumen del problema doméstico adquiere una dimensión colosal al observar las cifras absolutas. En la Argentina, la deuda en situación irregular asciende a la impactante suma de $14 billones. De este total, el sistema bancario tradicional concentra casi dos tercios de los compromisos impagos. Sin embargo, el problema se derrama hacia otros sectores de la economía: el tercio restante corresponde a las fintech y a proveedores de crédito no bancario, un ecosistema que incluye desde tarjetas emitidas por cadenas de supermercados y electrodomésticos, hasta préstamos otorgados por cooperativas y mutuales, donde los sectores de menores ingresos suelen buscar financiamiento ante las puertas cerradas de la banca tradicional.
La paradoja del crédito y el impacto de la crisis
La estadística revela una contradicción estructural del modelo financiero local. Pese a tener el récord de incobrabilidad, Argentina se ubica en el último puesto regional en cuanto a la profundidad de su sistema financiero, exhibiendo un ratio de crédito sobre el Producto Bruto Interno (PBI) de apenas 14,3%. Para tomar verdadera dimensión del atraso, basta observar que el promedio de América Latina alcanza un volumen del 47,3%.
Históricamente, esta preocupante falta de financiamiento funcionaba, paradójicamente, como un escudo protector: al prestar poco volumen de dinero, el riesgo de un colapso sistémico era prácticamente nulo, y los niveles de morosidad solían mantenerse alineados o incluso por debajo de la media continental. Sin embargo, la alta inflación crónica destruyó los incentivos tanto para los bancos, que preferían no arriesgar su capital productivo, como para las familias y empresas, que evitaban endeudarse a tasas insostenibles. En el análisis regional de Felaban —que excluyó a Venezuela—, Argentina es la única economía que aún convive con una inflación de dos dígitos anuales, luego de que Bolivia lograra reducir su índice del 20,4% registrado en 2025.
El escenario actual es el resultado de un efecto rebote. Durante los últimos dos años, de la mano de una incipiente desaceleración inflacionaria, la estabilidad cambiaria y la menor absorción de fondos por parte del Banco Central mediante títulos remunerados, el financiamiento al sector privado experimentó un fuerte avance. Esta inyección de crédito en la calle fue uno de los motores fundamentales que explicó la recuperación en “V” de la economía tras la profunda recesión post-devaluación.
No obstante, ese rápido crecimiento del crédito trajo consigo una dolorosa resaca financiera: un pico de irregularidad que hoy afecta a cerca de 7 millones de argentinos que no logran ponerse al día con sus deudas. Esta crisis de mora ha desatado un intenso debate político. Mientras que desde el Gobierno nacional mantienen una postura de no intervención, argumentando que las deudas son “un asunto exclusivo entre privados”, múltiples analistas económicos y referentes de la oposición exigen que el Banco Central tome cartas en el asunto y diseñe herramientas de auxilio financiero para evitar la asfixia de los hogares.
A nivel continental, la cartera vencida total trepó a los USD 104.621 millones, un 44% más que el año anterior. Frente a este riesgo, los bancos suelen inmovilizar fondos como “previsión” ante impagos. El promedio de cobertura regional es de un holgado 164%, con picos excepcionales en República Dominicana (316%) y Uruguay (226%). Sin embargo, la fragilidad argentina vuelve a quedar expuesta: nuestro país y Panamá son los únicos de la región con provisiones inferiores al 100% de su cartera vencida, ostentando coberturas de apenas 84% y 93%, respectivamente, dejando a las entidades locales con un estrecho margen de maniobra frente a la creciente ola de deudores.