al cielo sin límites: la historia de la primera argentina que piloteó un avión en sudamérica

Un 1ro de octubre pero de 1914, Amalia Celia Figueredo obtenía su ‘brevet’ internacional en el Aero Club Argentino. Impulsada por Jorge Newbery, superó el machismo imperante y un accidentado primer examen para convertirse, en 1914, en la pionera absoluta de la aviación femenina nacional.

El incipiente aeródromo de Villa Lugano, una precaria pista de tierra alisada inaugurada el 23 de marzo de 1910, se había convertido en el epicentro de los festejos por el Centenario de la Revolución de Mayo. En aquellas largas gradas de madera, una joven rosarina que aún no había cumplido los veinte años se sentaba horas y horas a contemplar un verdadero milagro de la ingeniería moderna: el hombre volando. Aquellas máquinas voladoras, construidas rudimentariamente con maderas, telas y alambres, surcaban el cielo porteño a la asombrosa velocidad de sesenta kilómetros por hora. Los pilotos, verdaderos temerarios de los aires, realizaban piruetas y vuelos invertidos que dejaban al público sin aliento. Entre esa multitud fascinada se encontraba Amalia Celia Figueredo, una mujer cuyo destino no estaría en las gradas, sino en lo más alto del cielo.

Nacida en la ciudad de Rosario el 18 de febrero de 1895, Amalia se mudó de muy pequeña a Buenos Aires junto a su familia, instalándose cerca del incipiente barrio de Lugano. Desde su juventud, demostró ser una mujer adelantada a las estrictas convenciones sociales de principios del siglo XX. Tras obtener su título de maestra, decidió inscribirse en la carrera de Obstetricia en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA). En aquellos tiempos, la presencia femenina en los pasillos universitarios era una rareza absoluta. Amalia debió soportar no solo el ninguneo constante de algunos profesores conservadores, sino también las burlas y el machismo explícito de sus compañeros varones. Lejos de amedrentarse, combinó su vocación científica con el arte, estudiando en el prestigioso conservatorio de Música que los hermanos españoles Fontova habían fundado en la ciudad en 1896.

Sin embargo, su verdadera pasión aguardaba a pocos metros del suelo. De tanto frecuentar el aeródromo de Lugano, su entusiasmo captó la atención del mítico Jorge Newbery, el gran precursor de la aeronáutica argentina. Fue el propio Newbery quien, maravillado por la curiosidad de la joven, la invitó a volar por primera vez. Esa experiencia sensorial transformó su vida para siempre. En una época en la que las mujeres recién comenzaban a aprender a conducir automóviles en medio de grandes controversias, Newbery la alentó a romper todas las barreras y a inscribirse en el curso de piloto aviador.

El camino hacia la cabina no fue sencillo. En el aeródromo de Villa Lugano, las clases prácticas eran imposibles de realizar porque las máquinas disponibles eran exclusivamente monoplanos, diseñados para un solo ocupante. Esto obligó a Amalia a conformarse temporalmente con la instrucción teórica. Determinada a no quedarse en tierra, en mayo de 1914 se anotó en la escuela de aviación de San Fernando, un proyecto fundado por los pilotos Teodoro Fels y Marcel Paillette. Allí contaban con un biplano Farman, una aeronave que permitía el vuelo de dos personas, posibilitando finalmente el entrenamiento de doble comando.

El primer gran desafío llegó el 6 de septiembre de ese mismo año, fecha fijada para su examen oficial. Sin embargo, la prueba casi termina en tragedia. Cuando Amalia se encontraba piloteando a unos sesenta metros de altura, notó una peligrosa falla mecánica: los tensores del aparato estaban completamente flojos. Demostrando una frialdad y una pericia asombrosas para una novata, logró estabilizar la frágil aeronave y realizar un aterrizaje de emergencia impecable. Aunque salvó su vida y la máquina, la mesa examinadora no le otorgó la aprobación. Hasta el día de hoy, los historiadores debaten si el fallo técnico fue un accidente fortuito o un sabotaje deliberado para evitar que una mujer se graduara.

Lejos de rendirse, Amalia solicitó una nueva fecha y volvió a rendir el 1 de octubre de 1914. La mesa examinadora del Aeroclub Argentino estaba compuesta por dos figuras legendarias: el ingeniero alemán Carlos Irmscher (quien años atrás se había estrellado en su primer intento de vuelo y fracturado una pierna) y el chileno Carlos Borcosque, pionero de la fotografía aérea. El examen era de una exigencia extrema. Amalia debía realizar precisas series de “ochos” esquivando postes ubicados a quince metros de distancia, ejecutar una pasada rasante sobre el jurado, elevarse a gran altura, apagar el motor en pleno vuelo y aterrizar planeando. Una vez en tierra, el protocolo exigía repetir toda la secuencia sin margen de error.

La joven rosarina ejecutó cada maniobra de forma sobresaliente. Ante los aplausos ensordecedores de la multitud que se había congregado desde la madrugada para presenciar el evento histórico, Amalia Figueredo obtuvo el ansiado brevet nº 58, coronándose como la primera mujer aviadora de la Argentina y de Sudamérica.

Convertida en una verdadera celebridad nacional, comenzó a ser invitada a brindar exhibiciones públicas en escenarios de gran prestigio. Surcó los cielos del Hipódromo Nacional de Belgrano (terrenos donde hoy se erige el estadio de River Plate), deslumbró a la alta sociedad en la Sociedad Sportiva de Palermo y, como cierre de un ciclo poético, volvió a volar en Villa Lugano, el mismo lugar donde había comenzado a soñar. Sus alas la llevaron también hacia el interior del país, regresando triunfal a su Rosario natal y a diversas localidades santafesinas.

En 1915, su vida tomó un nuevo rumbo al contraer matrimonio con Alejandro Carlos Pietra, momento en el que decidió retirarse de la aviación activa. Quedó viuda de forma prematura en 1928 y, al cuidado de sus dos hijos, consiguió un empleo en la sede del Registro Civil de Belgrano, donde trabajó incansablemente durante tres décadas hasta su jubilación. Recién en marzo de 1934, el Estado nacional reconoció formalmente su aporte histórico y le otorgó una pensión graciable de 80 pesos mensuales.

El destino le tendría reservada una última e impactante anécdota con la aviación. El 23 de noviembre de 1941, tras participar de una recepción para un grupo de aviadoras uruguayas, Amalia abordó una aeronave piloteada por Carola Lorenzini, la célebre “paloma gaucha”. Al aterrizar en la base de Morón, Figueredo decidió bajarse del avión argumentando un profundo cansancio. Minutos después, a Lorenzini le pidieron que realizara su clásica acrobacia de “looping invertido” para despedir a las visitas. Por un trágico error de cálculo, la nave se estrelló contra el suelo, costándole la vida a Lorenzini. Aquella repentina fatiga le había salvado la vida a Amalia.

Condecorada en múltiples ocasiones, homenajeada en el extranjero y designada presidenta del Aeroclub Femenino de Argentina, el Senado de la Nación la nombró precursora oficial de la aeronáutica nacional. 

Jorge Newbery era para la época, el héroe nacional
Jorge Newbery era para la época, el héroe nacional

Amalia Celia Figueredo falleció el 8 de octubre de 1985, a los 90 años, dejando tras de sí un legado imborrable en la historia argentina y demostrando que, para quienes tienen la valentía de intentarlo, el cielo nunca es un límite.

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