La reciente y agitada jornada electoral en Israel dejó un escenario político sin una resolución inmediata, sumiendo al país en un profundo compás de espera. Si bien Benjamín Netanyahu logró posicionar a su partido como la fuerza individual con mayor cantidad de escaños en el Parlamento (la Knesset, compuesta por 120 bancas), el oficialismo sufrió un desgaste significativo y no alcanzó los votos necesarios para asegurar una mayoría parlamentaria propia. Este resultado de virtual empate obliga al país a iniciar un complejo y tenso periodo de negociaciones, clave para definir la conformación del próximo gabinete.
Con una participación ciudadana masiva que rozó el 78% del padrón electoral, el mapa político israelí quedó notoriamente fragmentado. Estos comicios estuvieron ineludiblemente marcados por el trauma de la masacre perpetrada por Hamás el 7 de octubre de 2023 y la consecuente guerra en curso. En este contexto de crisis nacional, gran parte de la sociedad israelí acudió a las urnas entendiendo que se trataba de las elecciones más decisivas en la historia moderna del Estado.
El análisis de las urnas: retroceso del Likud y mayoría opositora
Para comprender la verdadera dimensión de los resultados, Gustavo Efrón, director del periódico Nueva Sión, analizó el impacto del desgaste oficialista. Según Efrón, el aparente triunfo del gobierno debe leerse con cautela frente a la pérdida real de poder en la cámara. “Es relativo porque en realidad el Likud, el partido de Netanyahu, saca menos escaños de los que tenía antes”, advirtió el especialista.
La caída en el caudal de apoyo hacia la figura del actual primer ministro es uno de los datos más resonantes de la jornada. Efrón subrayó que “la representación de los escaños respecto de lo que tenía de las elecciones del 2022 bajó bastante”. En términos numéricos, el director de Nueva Sión precisó que el Likud “va a tener veintipico ahora y antes tuvo 32”, lo que implica que la fuerza gobernante “va a bajar mínimo ocho escaños respecto de lo que tenía”.
A pesar de este duro revés electoral, el peso político del actual mandatario sigue siendo el eje central del sistema. “Aunque obviamente está claro que el primer lugar lo sigue teniendo Netanyahu”, aclaró Efrón, reconociendo su vigencia como la minoría mayoritaria. No obstante, el enorme desafío para el oficialismo radica en la vereda de enfrente: “Si vos sumás toda la oposición, tiene más escaños”, sentenció el analista, dejando en claro que los números globales no favorecen al bloque conservador tradicional.
El dilema de la oposición y el rol de Isaac Herzog
En efecto, la oposición en su conjunto podría sumar cerca de 66 bancas, superando el umbral de los 61 escaños necesarios para gobernar. Diversos analistas coinciden en que el voto anti-Netanyahu demostró ser más grande que el voto pro-Netanyahu. Sin embargo, esta amplitud numérica no garantiza en absoluto una coalición de gobierno viable. El frente opositor es un mosaico sumamente heterogéneo que agrupa desde partidos de centroizquierda y formaciones árabes hasta facciones de extrema derecha disidentes del oficialismo; se trata de sectores con prioridades estructuralmente divergentes y, en muchos casos, irreconciliables.
Ante este laberinto parlamentario, la decisión sobre quién intentará formar gobierno recae ahora de manera exclusiva en el presidente del Estado, Isaac Herzog. El mandatario deberá iniciar rondas de consultas formales con todas las fuerzas políticas para evaluar qué dirigente cuenta con las mayores probabilidades reales de reunir los respaldos necesarios. Este arduo proceso de construcción de alianzas podría extenderse hasta seis semanas, un periodo de extrema sensibilidad durante el cual Netanyahu permanecerá al frente del Ejecutivo en funciones.
Tensiones sociales y una campaña polarizada
El camino hacia estas elecciones estuvo atravesado por fuertes cuestionamientos internos. La sociedad israelí exigió respuestas por las fallas de inteligencia previas al 7 de octubre y reclamó la conformación de una comisión estatal de investigación, algo que el gobierno postergó repetidamente.
Asimismo, la histórica alianza del oficialismo con los partidos ultraortodoxos generó profundas fricciones sociales. Las exenciones del servicio militar para este sector se han vuelto un tema irritante para la población laica y nacionalista que asume la carga del combate y las tareas de reserva. Para contrarrestar el descontento y las presiones internacionales por el conflicto, Netanyahu optó por polarizar al máximo su discurso electoral bajo la consigna “Es la derecha o Palestina”, buscando cohesionar a su núcleo duro frente al temor de un gobierno alternativo.
Mientras los líderes diseñan estrategias de coalición a puertas cerradas, Israel se enfrenta al desafío de construir gobernabilidad en medio de una de las crisis existenciales más severas de su historia.