La profe que convirtió la vieja pulpería en un aula

En Empalme San Carlos, Santa Fe, Claudia Chamudis abrió su casa, una vieja pulpería, para dar apoyo escolar gratuito a los chicos del pueblo. La escuela cumplió 110 años, los chicos la pasaron a buscar en bici y el video se viralizó.

El video dura poco y alcanza. Una fila de bicicletas cruza Empalme San Carlos, un pueblo santafesino de unos 400 habitantes con el distrito rural, para celebrar los 110 años de la Escuela N.º 312. Pasan por la comuna, la comisaría y el dispensario, dan la vuelta a la plaza y frenan en una casa. Ahí espera Claudia, a quien los chicos llaman “la seño”.

Pero Claudia Chamudis no es maestra de la escuela. Es profesora de Letras, trabaja en un profesorado de la ciudad de Santa Fe y hace siete años se mudó definitivamente al pueblo, donde tenía casa desde hacía dos décadas. “A mí que me pongan el título de «seño», ¿viste?, que además yo soy profe, no soy seño, porque mi título no me habilita a ser seño, pero acá tengo ese permitido”, dice. Y aclara enseguida: “Yo hago de apoyo, ¿me entendés? Las que hacen el laburo grueso son las maestras”.

Un plurigrado en la vieja pulpería

Todo empezó con pedidos sueltos de los vecinos: que ayudara a leer a una nena tímida, que repasara lengua o inglés con otra. “Si acá sos profesora, sos todóloga”, resume. El boca a boca hizo el resto, y hace tres años pusieron días fijos: los martes van los más grandes, de sexto grado a quinto año del secundario, y los miércoles los más chicos, de preescolar a quinto grado. Cada turno reúne entre 12 y 15 chicos durante unas dos horas.

Ella lo llama “plurigrado en casa”, por la didáctica de las escuelas rurales, donde conviven varios grados en una misma aula. La casa era la vieja pulpería del pueblo, y Claudia compró mesas y sillas como de bar para que cada grupo tenga la suya. Pasa por cada mesita, revisa y explica, mientras los chicos aprenden a ayudarse entre ellos y a esperar su turno.

Lo primero siempre es la tarea. Después aparece la excusa para otra cosa: leer cuentos, pintar con las acuarelas y las resmas que regaló la comuna, cuidar la huerta, cocinar tortas fritas o bizcochuelo con los más grandes, jugar al ajedrez o al truco. “Estoy enojada porque me están aprendiendo a ganar ya”, se queja entre risas.

“Una cosa es la lucha sindical”

La merienda y los materiales salen de su bolsillo, aunque a veces una vecina cae con huevos o los chicos traen sobres de jugo para el tereré. Ella le quita peso: medio kilo de yerba, un par de kilos de azúcar. Pero cuando el video circuló, en los comentarios apareció la comparación con los docentes que paran, y Claudia la corta en seco.

“Yo también hago paro, aunque me descuenten. Una cosa es la lucha sindical por mi trabajo y otra cosa es lo que yo hago con mi tiempo libre”, aclara. Y agrega: “Por ahí está esa confusión de que como yo hago esto a mi tiempo libre gratis, todos los maestros deberían trabajar gratis… ¡No! No tiene nada que ver”.

Su lógica viene de lejos: durante 14 años gestionó una radio comunitaria y un centro cultural en barrio Roma, en el oeste santafesino. Y se alimenta del intercambio del pueblo, donde los vecinos la ayudan con sus ponis y ella les enseña inglés a sus hijos. “Yo cargo DirecTV y me traen huevos, ¿me entendés?”, grafica. “Nadie se salva solo. Sigue siendo lo comunitario en lo que vamos a zafar”.

Una bicicleteada en una semana triste

El video llegó a Sembrar Memoria, que le pidió compartirlo, en la misma semana del femicidio de Nancy Godoy. Nancy era una docente rural de 52 años, desaparecida desde el 7 de octubre cuando iba a trabajar, y la encontraron muerta en un predio rural de Esquina, Corrientes. El crimen derivó en una jornada nacional de duelo con paro y movilizaciones convocada por la Confederación de Trabajadores de la Educación de la República Argentina (CTERA). Claudia había pasado el día anterior “re triste”: conoce a muchas maestras rurales, vive en el campo, es docente y es mujer.

Hace más de veinte años participó del primer congreso de escuelas rurales de Santa Fe, que reunió a más de 1.200 maestros, y trabajó capacitando docentes rurales y filmando videos en toda la provincia. Desde ahí habla: “La maestra o el maestro es un lugar de presencia del Estado y un garante de derechos”. Muchas veces, explica, la escuela es el único lugar donde los chicos tocan un libro, una tijera o una computadora.

También señala quiénes ocupan esas aulas: “Los pibes que van a las escuelas rurales, plurigrado, en general no son los hijos de los grandes propietarios de la tierra, son los hijos de los puesteros, de los empleados, de los peones rurales”. Según su cuenta, de 830 escuelas rurales que tenía la provincia quedaron unos 130 núcleos rurales con secundario. En el resto, los chicos terminan séptimo grado y tienen que viajar lejos para seguir estudiando.

El corazón del pueblo

Para Claudia, ese trabajo cotidiano casi no se ve. En aquel congreso, recuerda, muchos maestros contaban su experiencia por primera vez. “Creo que la ruralidad está muy invisibilizada, ese laburo que se hace todos los días y que los maestros sostienen en esos lugares”, plantea. Y apunta a un argumento que se repite cada vez que se discute el cierre de una escuela por falta de matrícula: “Y que a veces incluso se discute: «No, pero tenía cuatro alumnos, por cuatro pibes…». Bueno, ¡dale! El Estado es garante de derechos”.

En Empalme San Carlos, la escuela no es solo un edificio. “La escuela rural es como un corazón muy fuerte en las comunidades chicas”, dice Claudia. Ella va a todos los actos que puede, porque siempre alguno de sus vecinitos actúa o sale de abanderado, y porque va todo el pueblo. “Los actos, las colaciones marcan la agenda del pueblo, ¿viste? Y por eso digo que es importante cuidarlas, cuidar a los maestros, cuidar a las instituciones”. La bicicleteada lo mostró: “Todo el pueblo está pendiente de la bicicleteada, ¿viste?”.

También señala quiénes ocupan esas aulas: “Los pibes que van a las escuelas rurales, plurigrado, en general no son los hijos de los grandes propietarios de la tierra, son los hijos de los puesteros, de los empleados, de los peones rurales”. Según su cuenta, de 830 escuelas rurales que tenía la provincia quedaron unos 130 núcleos rurales con secundario. En el resto, los chicos terminan séptimo grado y tienen que viajar lejos para seguir estudiando. “No están midiendo lo que implica para una familia que un pibe de 12 años tenga que trasladarse a 20, 30, 40 kilómetros. Y a veces se va toda la familia”.

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