Más de 20.000 pymes cerradas en dos años y el anuncio del cierre de Fate reavivan una frase que se repite como justificación del ajuste. Cuando el costo se mide en empleo, la discusión deja de ser técnica y se vuelve profundamente social.
Más de 20.000 pymes cerradas en dos años y el anuncio del cierre de Fate reavivan una frase que se repite como justificación del ajuste. Cuando el costo se mide en empleo, la discusión deja de ser técnica y se vuelve profundamente social.

“Alguien tenía que hacerlo.”
La frase se repite en sobremesas, en redes sociales, en estudios de televisión. Es la defensa más frecuente frente al ajuste, frente al cierre de empresas, frente a los despidos. Es el argumento que resume una idea: el costo era inevitable.
En dos años cerraron más de 20.000 pymes en la Argentina. No son números fríos. Son persianas bajas en barrios, parques industriales vaciados, familias que pasaron de la estabilidad a la incertidumbre. Son trabajadores que no aparecen en conferencias de prensa pero sienten en carne propia el impacto de las decisiones macroeconómicas.
Hoy el anuncio del cierre de Fate vuelve a poner el tema en el centro. Una empresa emblemática, con historia industrial, que no logra sostener su funcionamiento. Y entonces la frase vuelve: “alguien tenía que hacerlo”.
Los defensores del presidente Javier Milei sostienen que el ordenamiento era impostergable. Que el déficit era insostenible. Que la inflación era la verdadera fábrica de pobreza. Que durante años se evitaron decisiones de fondo. Y que, finalmente, alguien decidió asumir el costo político.
La discusión no es ingenua. Argentina arrastra décadas de desequilibrios estructurales. El gasto descontrolado, la emisión crónica, la falta de competitividad y la presión impositiva no nacieron ayer. Pero la pregunta incómoda persiste: ¿“hacerlo” implica aceptar que miles de argentinos pierdan su trabajo como parte del proceso? ¿El saneamiento económico requiere necesariamente la contracción del entramado productivo?
Toda transformación profunda tiene costos. La cuestión es quién los paga y cuánto tiempo duran. Si el sacrificio es transitorio y conduce a un crecimiento sólido, el argumento encuentra sustento. Si el cierre de pymes y empresas se vuelve una constante sin horizonte claro de recuperación, la frase empieza a sonar menos a decisión valiente y más a resignación.
“Alguien tenía que hacerlo” también puede leerse como una admisión de fracaso colectivo. De una dirigencia que durante años evitó reformas estructurales. De una sociedad que toleró parches. De un sistema que acumuló distorsiones hasta que el ajuste se volvió inevitable.
Pero convertir el ajuste en consigna no lo vuelve menos doloroso ni más justo.
Porque cuando “hacerlo” implica más de 20.000 pymes cerradas, cuando implica empresas históricas como Fate bajando la persiana, cuando implica miles de argentinos quedándose sin trabajo, la frase deja de ser valentía política y empieza a parecer indiferencia social.
Y en ese punto, el costo ya no es solamente económico. Es social. Y es profundamente humano.
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