Hoy, 3 de junio, miles de personas vuelven a salir a las calles. Los números siguen siendo devastadores. El hartazgo, también. Y una pregunta para los varones que ya no admite evasión.
Hoy, 3 de junio, miles de personas vuelven a salir a las calles. Los números siguen siendo devastadores. El hartazgo, también. Y una pregunta para los varones que ya no admite evasión.

Había algo en ese primer 3 de junio de 2015 que no era solo furia. Era también una forma nueva de nombrarse: juntas, en la calle, visibles. Doscientas mil personas en Buenos Aires y réplicas en todo el país inventaron ese día una gramática política que Argentina no tenía antes. Un antes y un después inscripto en el asfalto, en la garganta, en los carteles hechos a mano que repetían lo que parecía imposible de callar: ni una menos.
Hace tres días, tres madres fueron comunicadas sobre el asesinato de sus hijas. Un asesinato tan cruento y atroz, que no hay palabras para poder definirlo. Las mujeres se han vuelto cosas, restos por ocultar, una pierna por un lado, un brazo por el otro, putrefactos, agusanados. Para ellos, basura. Este 3 de Junio, la madre de Agostina, la madre de Dulce, y la madre de Noelia, se colgaran del cuello un cartel con las fotos sonrientes de sus hijas, otras tres mujeres que nos arrebato la violencia machista que lidera este país. Once años después, 3205 femicidios y transfemicidios se suman en los carteles de mujeres, amigas, sobrinas, hermanas, madres, hijas. ¿Cómo se frena un exterminio?

Pero, ¿quienes son los femicidas?, ¿dónde se esconde un monstruo?. Hay un relato cómodo que ubica la violencia en la figura del monstruo, del desconocido, del caso excepcional. Sin embargo, el femicida, no esta escondido, no esta metido dentro de una caverna, un femicida peude ser tu novio, tu papá , tu vecino, tu tio, tu hermanastro, tu compañero de laburo, tu primo.
Los datos lo desmienten con persistencia. El 85% de los femicidas pertenecía al círculo íntimo o era conocido de la víctima. El 63% de los ataques ocurrió en la vivienda de la mujer o en la que compartía con su agresor. Es decir, la mayoría de las mujeres, mueren en sus casas, asesinadas por sus parejas. ¿Y entonces? ¿van a culpar también a las mujeres por no haber elegido un “buen chabón”?
Las niñas no están a salvo de esa lógica. El 76% de las víctimas menores de edad tenían menos de 15 años. Y en el caso de esa franja, el 34,6% de las veces el agresor fue un familiar. Son datos que incomodan, —es decir, si no te incomodan puede ser que seas parte de ellos— porque obligan a preguntarse dónde se construye esa violencia, quién la habilita, quién mira para otro lado.
Las adultas mayores tampoco escapan: entre las mujeres asesinadas mayores de 60 años, el 25,4% de los femicidas fueron hijos, nietos o bisnietos. La violencia tiene historia familiar. Se aprende, se repite, se hereda si nadie la interrumpe. Por eso es estructural, por las mujeres somos victimas de violencia machista desde que tomamos la valiente decisión de salir de nuestras casas a laburar, hasta que volvemos a ella. Las que tenemos suerte.
A las mujeres nos enseñan desde chicas a tener miedo, a no caminar solas, avisar cada paso que damos, a comunicar cuando llegamos, cuando salimos, a tener gas pimienta en la cartera, o las llaves entre los dedos. A no perder un segundo, porque un segundo nos puede costar la vida.

Decir que el contexto político es adverso sería una gentileza. En el último año y medio, el gobierno de Javier Milei desmanteló sistemáticamente las herramientas que el Estado había construido para responder a la violencia de género. Se recortó la Línea 144, se eliminó el programa Acompañar y se disolvió el Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidades. No son recortes neutros: son decisiones que dejan a mujeres en situación de violencia sin recursos, sin asistencia, sin números a los que llamar en medio de la noche.
Y hay algo más: la disputa semántica que no es solo semántica. En Davos, Milei cuestionó la figura legal del femicidio. Y hoy, cuando el país todavía procesa el crimen de Agostina Vega, la ministra de Seguridad insistió en llamarlo “homicidio”. Nombrar mal no es un error: es una política.
Esta es la Argentina en la que salimos a marchar hoy. Un país donde el Estado no solo no protege, sino que activamente desmonta las herramientas de protección mientras niega la categoría que nombra el problema. El hartazgo no es una emoción. Es una respuesta racional a once años de pedir lo mismo mientras los números no bajan y los recursos desaparecen.
Estamos frente a un Estado negacionista, bruto, negligente, pero sobre todo violento y machista. No nos olvidemos que de acá salen personajes como Agustín Laje, quien en una evento de la organización #VaronesUnidos dijo: “Sigan adelante con esta cruzada que no es común, contra la ideología de género”. De esa agrupación nefasta es de donde salió Pablo Rodríguez Laurta , el asesino Luna Giardina (24), y de la madre de ella, Mariel Zamudio (54), en su vivienda de la provincia de Córdoba. Esos son los tipos que promueve este gobierno, esa es la masculinidad para ellos.
Once años de marchas. Once años de mujeres cargando este peso en la calle, en los medios, en las asambleas, en las redes, en sus propias casas. Once años explicando, documentando, llorando, organizándose. Y todavía, en 2026, hay que argumentar por qué esto también es un problema masculino.
No lo es “también”. Lo es fundamentalmente. Los que miran para otro lado cuando un amigo habla de su pareja como si fuera su propiedad son, en su mayoría, varones. La violencia de género no emerge de la nada: se construye en vínculos, en silencios cómplices, en chistes que no se cortan, en preguntas que no se hacen.
Entonces sí: los varones tienen algo concreto que hacer hoy. Pueden no, deben ir a la marcha. Pueden no, deben escucharnos, reflexionar. Pueden no, deben revisar sus propios vínculos, sus propias conductas, los lugares donde miran para otro lado. Pueden no, deben hablar con sus amigos, sus hermanos, sus hijos. Si no es así, si esto no te conmueve, si esto no te moviliza, es urgente que te mires al espejo con cuidado, por qué podes ser uno de ellos. No deben esperar que una mujer les explique, por enésima vez, por qué esto importa.
Pero hay algo que no pueden ni deben hacer: esperar un aplauso por eso. Salir hoy a la marcha no es un gesto heroico ni una demostración de progresismo que merece reconocimiento público. Es simplemente lo que corresponde si uno tiene valores que incluye no querer que asesinen mujeres. La vara es baja. El piso mínimo de decencia humana no necesita medalla. Y las mujeres que llevan once años organizando esta lucha —con los recursos recortados, con el Estado en contra, con el dolor fresco de Agostina, de Dulce, de Noelia— no tienen energía disponible para felicitar a nadie por hacer lo correcto.
Dejen de esperar una medalla por hacer lo que mínimamente se espera de una persona de bien.
El hartazgo tiene muchas capas. Una de ellas es esta: la de tener que agradecer cuando un varón se pronuncia. La de tener que celebrar la empatía básica como si fuera un logro extraordinario. Ya no. No esta vez.
Once años. 3.205 muertes. Un Estado que desmonta herramientas de protección mientras niega el nombre del problema. Y miles de personas que, a pesar de todo eso—o exactamente
por eso—, vuelven a salir a la calle.
La pregunta no es si el movimiento tiene fuerzas para seguir. La pregunta es si el resto de la sociedad está dispuesto a hacer su parte. Sin esperar medalla.
La concentración central es hoy a las 17 frente al Congreso de la Nación. Hay convocatorias en todo el país. Nos encontramos en las calles.
El lunes feriado alterará los servicios en el AMBA: trenes, subtes y colectivos circularán con cronogramas de domingo. La recolección de residuos nocturna funcionará normal en CABA, mientras que los hospitales mantendrán activas solo sus guardias de emergencia y el SAME.
La Legislatura porteña debate un endurecimiento del Código Contravencional contra los cuidacoches, elevando las multas y los días de arresto. El proyecto penaliza la intimidación, las mafias organizadas y el accionar en eventos masivos, generando cruces con la oposición.
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El fiscal Ramiro González imputó a la cúpula actual y anterior del ORSNA por presunto enriquecimiento ilícito y cobro de coimas del 10% en obras aeroportuarias. La investigación judicial comenzó tras una denuncia presentada por la diputada Marcela Pagano.
El exsenador Esteban Bullrich calificó de “corrupto” al jefe de Gabinete, Manuel Adorni, tras admitir que ocultó medio millón de dólares en criptomonedas. Bullrich usó las redes para distanciarse del oficialismo y criticar la justificación patrimonial del funcionario.
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Domingo Cavallo elogió la flexibilización burocrática del mercado de capitales presentada por Federico Sturzenegger, pero le reclamó eliminar por completo el cepo cambiario. El exministro advirtió que liberar los capitales es indispensable para consolidar el sistema bimonetario y evitar devaluaciones.
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