Las organizaciones invirtieron en digitalización, pero muchas todavía no lograron construir experiencias de colaboración que generen los resultados esperados.
Las organizaciones invirtieron en digitalización, pero muchas todavía no lograron construir experiencias de colaboración que generen los resultados esperados.

Rodrigo Lopez, Director Comercial Ricoh Argentina
Las organizaciones lograron resolver gran parte del desafío del trabajo híbrido: incorporaron herramientas digitales, flexibilizaron esquemas laborales y aceleraron procesos de transformación.
Sin embargo, persiste una fricción silenciosa que impacta directamente en la productividad, la toma de decisiones y la experiencia de los equipos: las reuniones.
Aunque las plataformas de videocolaboración evolucionaron a gran velocidad desde la pandemia, la experiencia real de participación sigue siendo desigual. El problema ya no es únicamente conectarse, sino sentirse parte. Y ahí aparece una de las grandes deudas pendientes de la nueva dinámica laboral.
Los datos muestran que se trata de un fenómeno extendido. Según un estudio global de Jabra, el 80% de las reuniones ya combina participantes presenciales y remotos o se desarrolla completamente en entornos virtuales, pero al mismo tiempo el 37% de los empleados afirma sentirse excluido durante estos encuentros y el 56% considera que los participantes remotos tienen menos oportunidades de contribuir a las conversaciones. La paradoja es evidente: las organizaciones invirtieron en digitalización, pero muchas todavía no lograron construir experiencias de colaboración verdaderamente inclusivas.
Lo que antes era percibido como un inconveniente operativo hoy comienza a ser entendido como un desafío organizacional. Cuando una parte del equipo participa en desventaja, las empresas no solo enfrentan problemas de comunicación: también pueden perder calidad en la toma de decisiones, velocidad de ejecución y capacidad de innovación.
La situación se repite en compañías de todos los tamaños: participantes que no escuchan correctamente, cámaras que no capturan a todos los asistentes, dificultades para compartir contenidos o conversaciones que terminan concentrándose en quienes están físicamente presentes. El resultado suele traducirse en menor participación, fatiga digital y pérdida de eficiencia.
La relevancia del tema también se refleja en la evolución del mercado. De acuerdo con datos recopilados por The Network Installers, más del 90% de las organizaciones utiliza actualmente herramientas de videoconferencia como parte habitual de sus operaciones, consolidando a las reuniones virtuales e híbridas como uno de los principales espacios de interacción y toma de decisiones dentro de las empresas.
La realidad argentina acompaña esta transformación. Según el informe HR Trends 2025 de Bonda, cerca del 78% de las empresas del país ya opera bajo esquemas flexibles de presencialidad y trabajo remoto, confirmando que la flexibilidad dejó de ser una excepción para convertirse en parte de la organización cotidiana del trabajo. Sin embargo, a medida que estos modelos se consolidan, también crece la necesidad de garantizar experiencias de colaboración consistentes entre quienes participan desde la oficina y quienes lo hacen a distancia.
Por eso empieza a consolidarse una nueva tendencia en el mundo corporativo: gestionar la experiencia de reunión como una dimensión estratégica del entorno de trabajo digital. Así como las organizaciones miden clima, compromiso o bienestar, cada vez más compañías comienzan a revisar cómo ocurre la colaboración cotidiana y qué obstáculos impiden una participación equitativa.
La tecnología cumple un rol clave en esa transformación. Las nuevas generaciones de salas inteligentes incorporan inteligencia artificial, automatización de audio y video, subtítulos en tiempo real, seguimiento automático de participantes y herramientas diseñadas para equilibrar la participación entre quienes están presentes físicamente y quienes se conectan en remoto.
Además, diversos estudios coinciden en que la calidad tecnológica impacta directamente en la percepción de inclusión. Los empleados que cuentan con soluciones profesionales de audio y video reportan menos problemas de comunicación y una experiencia de colaboración significativamente más satisfactoria.
En paralelo, la inteligencia artificial está acelerando una nueva generación de experiencias colaborativas. Funciones como resúmenes automáticos, transcripción inteligente, traducción en tiempo real, asistentes virtuales y seguimiento dinámico de participantes permiten reducir tareas administrativas y mejorar la calidad de las interacciones, devolviendo valor al tiempo compartido.
Pero el desafío no es únicamente tecnológico. La colaboración distribuida exige repensar dinámicas, espacios y hábitos de trabajo. Ya no alcanza con conectar personas: el objetivo es garantizar que todos puedan aportar valor en igualdad de condiciones, independientemente del lugar desde el que participen.
Durante años, las empresas discutieron dónde debían trabajar las personas. Hoy la conversación está cambiando: la verdadera ventaja competitiva ya no depende de dónde trabajan las personas, sino de qué tan bien logran colaborar.
En un entorno donde el trabajo puede realizarse desde cualquier lugar, las reuniones dejaron de ser una actividad operativa para convertirse en un factor estratégico que impacta directamente en productividad, compromiso, innovación y cultura organizacional.
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