Guardianes del archivo: Valeria Pedelhez y la resistencia de la memoria en Avellaneda

Frente a la histórica falta de una Cinemateca Nacional y los desafíos del naufragio digital, el Centro de Experimentación Audiovisual cobija los tesoros de grandes cineastas y los recuerdos en cajas de zapatos de los vecinos. Una de las figuras que mantiene esta política, es Pedelhez.

En la archivística tradicional existía la convicción de que los documentos debían custodiarse como reliquias en templos medievales: bajo llave, lejos del polvo, protegidos de los ojos profanos. El archivero era, por definición, un guardián del silencio. Sin embargo, en los depósitos climatizados del innovador Centro de Experimentación Audiovisual (CEA) de Avellaneda, esa concepción estática de la historia se desarma apenas se cruza la puerta. Allí, entre rollos de película de nitrato y acetato, cintas magnéticas de video, libretas personales y fotografías familiares, la Coordinadora del archivo audiovisual de la ciudad, Valeria Pedelhez, trabaja bajo un axioma completamente opuesto:

“El archivo siempre fue y es poder. El que maneja el archivo maneja un poder. Pero hoy ese paradigma ha cambiado. El archivo es acceso. Si el archivo no es acceso, no sirve para nada”.

El CEA no nació como un capricho burocrático, sino como una respuesta de emergencia ante un vacío institucional histórico en la Argentina: la ausencia de una Cinemateca Nacional. Mientras el patrimonio fílmico del país padecía —y padece— la falta de políticas centralizadas de preservación a gran escala, el municipio de Avellaneda, bajo la decisión política del intendente Jorge Ferraresi de declarar al distrito como ciudad audiovisual, se convirtió inesperadamente en una trinchera de resguardo.

Lo que comenzó como el acopio lógico de la memoria institucional de una gestión, rápidamente mutó en una cinemateca de hecho, impulsada por la confianza de la propia comunidad cultural. Figuras como Liliana Mazure decidieron trasladar allí valiosos materiales de archivo —como el acervo recopilado para su película de 1974, Un grito de corazón—, al tiempo que se celebraban convenios con entidades del sector para la guarda de películas antiguas.

La excelencia técnica de los depósitos de Avellaneda terminó por consolidar este refugio. Mientras otras instituciones nacionales o provinciales enfrentan carencias edilicias crónicas, o el propio Museo del Cine de la Ciudad de Buenos Aires padece las consecuencias de haber sufrido variadas mudanzas a lo largo de su historia —un verdadero cataclismo para la fragilidad del archivo—, las bóvedas de Avellaneda garantizan condiciones óptimas de temperatura y humedad que no encuentran parangón en el sector público actual.

El peligro del olvido en la era del hiperconsumo

Paradójicamente, la mayor preocupación de Pedelhez no reside únicamente en los necesarios fantasmas del pasado y el deterioro químico de las viejas cintas, sino en el presente continuo y volátil de la era digital y un futuro desesperanzador. Vivimos en una época de hiperproducción visual donde la humanidad jamás había registrado tantas imágenes por segundo como ahora. La humanidad de Avellaneda, muy particular dentro de la heterodoxia social del Conurbano, es bien conocida por Valeria ya que vivió toda su vida dentro de los confines de “la capital mundial del fútbol”.

Sin embargo, ese torrente de datos corre el riesgo de convertirse en un desierto arqueológico. Los teléfonos celulares registran infancias, carnavales, protestas y geografías urbanas que, a la primera caída del sistema o pérdida de un dispositivo, desaparecen para siempre. Sobre el uso de las nuevas tecnologías: “Hacen cosas preciosas que no va a ver nunca nadie porque no las saben archivar”, advierte Valeria en un agudo diagnóstico técnico. 

La ilusión de la nube y la eternidad digital es, para los archivistas, una trampa de obsolescencia programada. Para salvar un archivo analógico bastaba con guardarlo en condiciones físicas adecuadas; para salvar lo nativo digital, el desafío es infinitamente más complejo y costoso. Ya no alcanza con conservar el archivo de datos; hay que preservar también el software obsoleto y el hardware específico que permita leerlo en el futuro. Si no se guardan las caseteras de VHS, los reproductores de Super VHS o los sistemas operativos de finales del siglo pasado, los soportes se vuelven mudos, cajas negras imposibles de descifrar.

Frente a este “naufragio digital”, el archivo de Avellaneda propone una dialéctica constante entre lo analógico y lo virtual. Un ejemplo doméstico pero desgarrador ilustra esta fragilidad: un disco rígido que se cae y borra por completo las fotos de la infancia de un joven; las únicas imágenes que sobreviven son aquellas que la abuela, con sabiduría analógica, mandó a imprimir para colgar en un portarretratos. El papel, tantas veces tildado de obsoleto, termina operando como el último bote de salvavidas.

La costura de la memoria popular: el proyecto “Nuestra Historia”

Para evitar que el patrimonio se convierta en un catálogo exclusivo de grandes directores y especialistas, el CEA despliega sus brazos hacia el tejido social de la ciudad a través del proyecto Nuestra Historia. El archivo se divide en tres dimensiones complementarias: la institucional, la cinemateca de directores consagrados y la pata vecinal e intermedia. Esta última es el corazón latente de la construcción comunitaria.

Leonardo Favio en fílmico
Leonardo Favio en fílmico

Pedelhez trabaja cuerpo a cuerpo con las fuerzas vivas de Avellaneda: bomberos voluntarios, clubes de barrio, centros culturales e iglesias de diversos cultos vinculados a la inmigración. El objetivo no es expropiar el material ni acumular de forma centralizada rollos y carpetas, lo cual sería logísticamente inviable, sino democratizar la técnica. El archivo capacita a las instituciones, les provee bases de datos normalizadas y les enseña pautas básicas de cuidado para que cada actor social sea el soberano de su propio pasado.

  • Instituciones Intermedias: Se realiza un muestreo de entre 20 y 30 fotografías históricas por entidad, digitalizándolas y creando links de acceso mutuo para que los catálogos dialoguen entre sí en red.
  • El Archivo Vecinal: Vecinos comunes se acercan al centro portando “cajas de zapatos con tesoros adentro”. Fotografías de carnavales antiguos, juegos de agua callejeros, murgas y comparsas familiares ingresan al circuito de preservación pública.

Esta metodología genera un documento híbrido de altísimo valor historiográfico. En la denominada “nota de archivero”, el personal técnico vuelca la rigurosidad dura de la catalogación, pero el espacio central se le cede a la voz del vecino. “La parte técnica la hacemos nosotros; el vecino escribe su propia narrativa. Y eso es lo más valioso”, puntualiza la coordinadora. Mientras el especialista anota datos cromáticos o posicionales, el donante cuenta un cuento, relata una vivencia, explica quién era el pibe que sostenía la pelota en la canchita de tierra de hace cincuenta años. La historia social se escribe así, con la tinta de la memoria afectiva.

 

Los tesoros ocultos de la gran pantalla

En la otra gran ala del archivo descansa el patrimonio cinematográfico de directores que definieron la identidad cultural de la nación. El CEA custodia materiales de valor incalculable de Leonardo Favio y Fernando “Pino” Solanas. No se trata únicamente de copias de proyección, sino de los andamiajes ocultos de sus creaciones.

Valeria Pedelhez, importante figura también a la hora de mantener la obra de Pino Solanas
Valeria Pedelhez, importante figura también a la hora de mantener la obra de Pino Solanas

Allí se encuentra el archivo personal de trabajo que Favio armó durante la monumental investigación para su obra Perón, sinfonía de un sentimiento. En su momento, gracias al financiamiento de la gobernación de la provincia de Buenos Aires a cargo de Eduardo Duhalde, el director pudo realizar internegativos de materiales que originalmente se daban por perdidos o irrecuperables, logrando salvarlos del olvido. El CEA atesora también el internegativo original de El Dependiente, una pieza crítica dado que la mayoría de las copias en circulación comercial sufren de un severo deterioro en sus pistas de sonido.


Del mismo modo, el archivo permite espiar el reverso del genio de Pino Solanas: sus cartas manuscritas cruzadas con Octavio Getino para la planificación de La Hora de los Hornos, o sus libretas de apuntes repletas de palabras sueltas que años después se transformarían en secuencias icónicas de nuestro cine. El acervo documental de su filme Pueblo fumigado conserva toda la cruda investigación científica y médica sobre los efectos del glifosato en las escuelas rurales del interior, un testimonio político que excede las fronteras de la propia pantalla. Incluso el cine de género y popular encuentra su espacio tras la reciente donación realizada por Ernesto Spitz, hijo de un prolífico productor, Emilio Spitz que aportó seis películas inéditas protagonizadas por Sandro, con títulos clásicos del cine de acción y terror de la época.

Frente a la crisis económica y el desfinanciamiento presupuestario que jaquea a los organismos culturales, la dirección del archivo sostiene una postura realista y pragmática: la prioridad absoluta es la conservación por sobre la restauración. La restauración profunda de una película es un proceso artesanal y tecnológico cuyos costos en dólares resultan prohibitivos para las arcas municipales en el contexto actual.

“Hoy preservar es más importante que restaurar”, define Pedelhez. El esfuerzo diario se concentra en realizar diagnósticos precisos, estabilizar el material, detener el avance de los hongos y evitar la descomposición química. Un ejemplo de esta ingeniería de urgencia es el trabajo que realizan con el registro fílmico del bombardeo a la Plaza de Mayo de 1955. La copia del CEA está completa pero sumamente deteriorada, por lo que mediante el diálogo constante con el Archivo General de la Nación (AGN) y Canal 7 —donde los registros están incompletos— se avanza en un mapeo colaborativo para reconstruir colectivamente la obra, una suerte de “Frankenstein” documental que salve la memoria histórica de la violencia estatal.

Sandro
Sandro

Para Valeria Pedelhez, el futuro del patrimonio nacional no debe depender de una gran estructura centralizada en Buenos Aires o en La Plata que termine asfixiada por los vaivenes políticos de los gobiernos de turno. Su militancia archivística apuesta fuertemente a la federalización y la descentralización del cuidado. Su sueño es que cada intendencia y cada municipio del país asuma de forma autónoma y amorosa la responsabilidad de resguardar sus propias imágenes, unidas en una gran red nacional de estándares compartidos.

La utopía de la memoria colectiva no se construye desde la nostalgia paralizante, sino obligando a las nuevas generaciones a ingresar a la sala oscura, a cerrar la puerta y a experimentar la cadencia física de la luz proyectada sobre una pantalla. Es una batalla cultural contra la inmediatez efímera del algoritmo de las redes sociales. Como concluye la archivista al apagar las luces de las bóvedas de Avellaneda, sintetizando un faro para los tiempos que corren:

“La salida es colectiva”.

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