Cada vez más empresas pagan el congelamiento de óvulos de sus empleadas. Para algunas mujeres es una forma de ganar tiempo y autonomía; para otras, una manera silenciosa de pedir que la maternidad espere. Qué dicen especialistas y trabajadoras.
Cada vez más empresas pagan el congelamiento de óvulos de sus empleadas. Para algunas mujeres es una forma de ganar tiempo y autonomía; para otras, una manera silenciosa de pedir que la maternidad espere. Qué dicen especialistas y trabajadoras.

En la lista de beneficios de algunas empresas, al lado de la prepaga, el gimnasio y los días de home office, aparece uno que hace unos años hubiera sonado a ciencia ficción: la empresa paga el congelamiento de óvulos de sus empleadas. Empezó en Estados Unidos, llegó a la Argentina y abre una discusión que va mucho más allá del consultorio.
El contexto ayuda a entender por qué. En el país, unas 4.000 mujeres por año congelan sus óvulos, y la práctica crece a un ritmo del 20% anual, según la Sociedad Argentina de Medicina Reproductiva (Samer). Pero no es barato: el tratamiento cuesta entre US$2.500 y US$3.000, a lo que se suman unos US$2.500 en medicación y un mantenimiento anual de US$400 a US$500.
La Ley 26.862 de reproducción médicamente asistida obliga a obras sociales y prepagas a cubrir la segunda etapa: la fecundación y la implantación de óvulos ya congelados. El congelamiento en sí no está cubierto, salvo en casos puntuales, como el de pacientes con cáncer, que pueden perder la fertilidad por el tratamiento.
Es decir: una mujer que decide congelar por motivos sociales (porque todavía no quiere o no puede ser madre) paga todo de su bolsillo. Ahí aparece el beneficio corporativo, que cubre un hueco que la ley deja abierto.
La pionera fue Facebook, en 2014. Después se sumaron Apple, Google, Netflix, Spotify e Intel, entre otras. En la Argentina, Mercado Libre lo incorporó en 2018, y más tarde lo hicieron Globant y Salesforce.
En general, la cobertura es alta pero parcial: se paga un porcentaje del costo, con requisitos de edad y antigüedad, y casi nunca incluye el mantenimiento anual. Suele venir dentro de un paquete más amplio, con tratamientos de fertilidad, licencias extendidas y acompañamiento psicológico.
El debate tiene dos caras. De un lado, la autonomía: poder decidir cuándo ser madre sin perder capacidad reproductiva. La socióloga Lucía Ariza, investigadora del Conicet, lo resumió así ante La Nación: congelar “es una buena respuesta para muchas mujeres que no pueden ahora, pero sí el año que viene“.
Del otro lado, la sospecha. Que una empresa financie la postergación de la maternidad puede leerse como un mensaje: primero la carrera, después los hijos. En ámbitos donde un embarazo todavía significa perder un ascenso o quedar afuera de un proyecto, el congelamiento puede terminar siendo la única opción compatible con el trabajo.
Y hay una pregunta que suele quedar afuera: si el objetivo fuera acompañar la maternidad, ¿por qué no ampliar las licencias por paternidad, para que el cuidado no recaiga solo en las mujeres?
Los especialistas coinciden en algo: el congelamiento no es una garantía. La calidad de los óvulos baja con la edad, y por eso recomiendan evaluar la reserva ovárica antes de los 35. La franja ideal para congelar está entre los 30 y los 34 años.
La práctica ya va en esa dirección. En 2016, una de cada cuatro mujeres que congelaba por motivos sociales tenía más de 40 años. En 2026, son apenas el 9%, y la edad promedio de consulta bajó a 33 años.
También falta información. La ginecóloga Romina Pesce, del Hospital Italiano, citó un estudio según el cual el 44% de las trabajadoras de distintas empresas no sabía que tenía este beneficio. Por eso insiste en que el asesoramiento médico es clave.
Hay otra explicación que gana terreno. La antropóloga estadounidense Marcia Inhorn entrevistó a 150 mujeres que congelaron sus óvulos para su libro Motherhood on Ice. Encontró que la mayoría no lo hacía por la carrera, sino por algo más difícil de planificar: no tener una pareja con quien formar una familia.
Congelar, entonces, no siempre es elegir el trabajo por sobre la maternidad. A veces es ganar tiempo en un mundo donde ni el mercado laboral ni los vínculos acompañan los tiempos del cuerpo.
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