Muchos comportamientos atribuidos a los argentinos —bimonetarismo, elusión, informalidad— son, en realidad, respuestas racionales a un entorno institucional fallido.
Muchos comportamientos atribuidos a los argentinos —bimonetarismo, elusión, informalidad— son, en realidad, respuestas racionales a un entorno institucional fallido.

Por Sergio Candelo, Co-Founder de Snoop Consulting
Durante décadas repetimos una idea como una verdad establecida: que los argentinos somos “vivos”, que desconfiamos por naturaleza, que buscamos la ventaja incluso cuando perjudica al conjunto. Ese estereotipo —tan instalado en la conversación pública como en el imaginario internacional— supone que nuestro problema es moral, casi genético. Pero ¿y si estuviéramos leyendo todo al revés?
Lo que solemos llamar “viveza criolla” no es un rasgo cultural ni un desvío ético. Es una respuesta racional, eficiente y casi inevitable frente a un entorno institucional que lleva más de un siglo fallando. A lo largo de 124 de los últimos 133 años, Argentina vivió en déficit fiscal.
No se trata de episodios aislados ni de accidentes históricos: es nuestro estado natural. Y en un ecosistema de inestabilidad permanente, la sociedad hizo lo que cualquier organismo hace ante una amenaza crónica: adaptarse para sobrevivir.
La primera adaptación fue el bimonetarismo. No nació de la ideología, sino de la experiencia repetida. Tras décadas de inflación, defaults y devaluaciones, el peso dejó de ser un refugio confiable. El dólar se convirtió, de hecho, en el instrumento básico de protección patrimonial.
Ahorrar en moneda local no solo fue riesgoso: fue irracional. Por eso la economía argentina funciona en dos niveles: pesos para vivir, dólares para conservar valor. No es una preferencia cultural caprichosa; es memoria institucional acumulada.
La segunda adaptación fue la elusión como mecanismo de defensa. Cuando el Estado respondió a esa fuga hacia el dólar con controles y restricciones, los ciudadanos encontraron caminos alternativos para no perder poder adquisitivo.
En un sistema donde cumplir cada regla puede equivaler a empobrecerse, la transgresión deja de ser inmoral. Se convierte en una estrategia de supervivencia. Así, las leyes pierden capacidad de coordinar la conducta social: nadie puede seguir una norma que le exige sacrificar su bienestar básico.
La tercera adaptación fue la expansión de la informalidad. Con una presión tributaria efectiva que puede rondar el 50% para quienes cumplen todo y costos laborales que superan el 70%, muchas actividades se vuelven inviables si operan formalmente.
Por eso cerca del 40% de la economía funciona en la informalidad. Comercios, profesionales y empresas no “eligen” evadir: evitan un marco regulatorio que, aplicado de manera literal, los llevaría a cerrar. La consecuencia es un ecosistema fragmentado, sin crédito, sin escala y sin capacidad de competir globalmente.
Sumadas, estas adaptaciones generan un fenómeno complejo: un equilibrio perverso, un Nash trágico donde cada individuo toma decisiones racionales para protegerse, pero la suma de esas decisiones produce un fracaso colectivo. Menos recaudación profundiza el déficit; el déficit alimenta la inflación; la inflación refuerza el bimonetarismo; el bimonetarismo erosiona la moneda; y el ciclo vuelve a empezar. La lógica individual, perfecta en cada paso, falla al agruparse.
Por eso es fundamental cambiar el enfoque. Los argentinos no actuamos así porque seamos indisciplinados o moralmente defectuosos. Actuamos así porque el sistema castiga la previsibilidad y premia la supervivencia. Somos el resultado de 133 años de inestabilidad institucional, no su causa.
Entender esto no significa justificar cada atajo, sino comprender por qué ocurre. Si la conducta responde a los incentivos, entonces el único camino para transformar la conducta es transformar esos incentivos. No se trata de “corregir al argentino”, sino de reconstruir un marco donde cumplir las reglas vuelva a ser viable —y racional.
La buena noticia detrás del diagnóstico es esta: si no somos el problema, podemos ser parte de la solución.
Y comprender el verdadero origen de la “viveza criolla” es el primer paso para dejarla atrás.
Durante una nueva serie de ataques aéreos en el norte de Ucrania, bombas guiadas lanzadas por Rusia destruyeron una escuela y varias viviendas en la ciudad de Sumy, provocando dos muertes y la evacuación de 100 personas refugiadas.
Tras una serie de enfrentamientos mediáticos y judiciales, Ricardo Diotto solicitará ante los tribunales de familia la tenencia de su hija Giovanna, acusando a María Fernanda Callejón de mal desempeño materno e influencias negativas sobre la menor.
Agentes de investigaciones detuvieron en Lehmann, Santa Fe, al actor Maximiliano Ghione tras la denuncia de un hombre que afirmó haber sido retenido durante cinco horas en su propiedad y amenazado con armas de fuego por un reclamo económico.
Buenos Aires albergará la primera sede internacional del festival Meat & Fire del 10 al 12 de octubre en el Hipódromo de Palermo. La convocatoria reunirá a 30 referentes gastronómicos globales con actividades continuas y degustaciones a la parrilla.
Luego de superar tres semanas de internación por un accidente doméstico, Soledad Silveyra recibió el alta médica en el Sanatorio Otamendi. La actriz evoluciona favorablemente de una fractura de pelvis y fisura de sacro.
Entre Ríos presentó en la Feria Internacional de Turismo una estrategia integral para integrar más de 500 servicios y garantizar alojamientos, traslados y asistencia a quienes viajan acompañados por sus animales.
Por un fraude superior a dos millones de dólares cometido mediante falsas gestiones, el fiscal Cosme Sebastián Iribarren, solicitó este martes en San Isidro el juicio oral contra Nicolás Payarola, exabogado de Wanda Nara, acusado de 13 delitos.
En el marco de la causa por portación de armamento ilegal en Tigre, la Justicia ordenó la prisión preventiva del músico Callejero Fino al considerar la existencia de riesgo de fuga y condenas previas.