La gramática del agravio: el “insultómetro” de Milei bajo la lupa

Un relevamiento estadístico analizó el discurso digital del presidente Javier Milei, revelando un uso sistemático de descalificaciones hacia opositores y críticos. Con términos como “kukas”, “mandriles” y “degenerados” a la cabeza.

Javier Milei. Foto NA

El estilo disruptivo que llevó a Javier Milei a la Casa Rosada no se moderó con el ejercicio del poder; por el contrario, parece haber encontrado en las redes sociales un ecosistema de validación constante. Un reciente análisis cuantitativo sobre las expresiones del mandatario —bautizado coloquialmente como “insultómetro”— arrojó cifras que sorprenden por su volumen y recurrencia. Según el informe, el presidente ha utilizado el término “kukas” en 2.286 ocasiones, seguido por 931 menciones a “mandriles” y 507 alusiones a “degenerados”, categorías que utiliza para encuadrar a quienes cuestionan su programa económico o ideológico.

Para el analista político contemporáneo, estas cifras no son simples anécdotas de color, sino que representan la arquitectura del discurso oficial. La elección de palabras no es azarosa: busca la deshumanización del adversario y la construcción de un “otro” antagónico que aglutine el descontento de su base electoral. Al etiquetar sistemáticamente a la oposición o a sectores de la cultura y la prensa, el discurso presidencial logra desplazar el eje del debate técnico hacia una confrontación emocional y moral, donde la reflexión cede terreno ante la polarización extrema.

El impacto de esta retórica en la cultura política de los adultos mayores de 30 años —una generación que ha transitado diversos ciclos de confrontación en el país— genera una mezcla de desconcierto y preocupación por la calidad institucional. El uso de conceptos como “degenerados fiscales” para referirse a legisladores o gobernadores no solo tensa los puentes del diálogo parlamentario, sino que redefine los límites de lo que se considera aceptable en la comunicación pública de un jefe de Estado. La violencia simbólica se convierte así en un insumo cotidiano que baja desde la cúspide del poder hacia la conversación de calle.

Desde la sociología del lenguaje, se advierte que esta acumulación de agravios produce un efecto de saturación en la audiencia. Lo que en un principio podía leerse como una transgresión refrescante frente a la “casta”, hoy corre el riesgo de transformarse en un ruido blanco que impide discutir los problemas de fondo de la Argentina, como la pobreza o la falta de crecimiento. El “insultómetro” revela que la gestión no solo se mide en puntos de inflación o superávit, sino también en una contabilidad del conflicto que parece no tener techo.

En última instancia, el relevamiento de estos miles de epítetos invita a pensar en la herencia discursiva que quedará tras este mandato. Mientras el Gobierno celebra estas intervenciones como una muestra de autenticidad y cercanía con “la gente”, los críticos advierten sobre un debilitamiento de las formas democráticas. En la Argentina de 2026, la política parece haber reemplazado el intercambio de ideas por una competencia de etiquetas, donde el número de caracteres dedicados al insulto compite palmo a palmo con el dedicado a la gestión.

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