El Kremlin alcanzó un sombrío hito temporal en Ucrania

La ofensiva rusa en Ucrania cumplió 1.418 días, igualando la duración de su lucha contra el nazismo, pero con resultados inciertos. Pese a las masivas bajas y el estancamiento en el Donbás, Putin sostiene una guerra de desgaste con altos costos.

Vladimir Putin. Foto NA

La actual ofensiva rusa en territorio ucraniano ha superado este lunes los 1.418 días, igualando la duración total del enfrentamiento de la Unión Soviética contra la Alemania nazi. Sin embargo, a diferencia de aquella victoria histórica, el conflicto actual se presenta como una guerra de desgaste estancada en el Donbás, donde las ganancias territoriales se miden en metros y el costo humano escala a niveles alarmantes. Mientras la propaganda oficial intentó vender una intervención fugaz, la realidad muestra un frente de trincheras que evoca más la parálisis de 1914 que la movilidad de 1945.

A pesar de los incentivos económicos que multiplican los ingresos de los soldados contratados, el cansancio social comienza a fisurar el hermetismo del país. Las estimaciones de bajas rusas, que ya superan los 240.000 fallecidos según observadores independientes, contrastan con los modestos avances estratégicos de 2025, centrados en recuperar zonas de Kursk y presionar sin éxito total sobre Pokrovsk. Este escenario de parálisis militar ha reavivado las críticas internas, especialmente tras la reciente y veloz operación de Estados Unidos en Venezuela, que ha dejado en evidencia ante los nacionalistas rusos las deficiencias de inteligencia y coordinación del alto mando moscovita.

El paralelismo histórico genera inquietud en los círculos de poder, donde se recuerda que los conflictos prolongados en el pasado, como Afganistán o la Gran Guerra, precipitaron colapsos institucionales. Con un presupuesto hipotecado y una economía bajo presión, Rusia enfrenta el dilema de sostener una ocupación que no logra la capitulación de Kiev ni el quiebre de la resistencia ciudadana. La cúpula liderada por Putin, tras purgar ministerios y servicios secretos, se aferra a una estrategia de resistencia a largo plazo, mientras la sociedad, aunque silenciada por la represión, observa con incertidumbre cómo la “operación especial” se transforma en una hipoteca de tiempo y vidas sin un desenlace claro a la vista.

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